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La matriz transnacional dominico haitiana (III)

Hace apenas veinte años los estudios de migración estaban dominados todavía por unas teorías básicas que se concentraban en los llamados procesos de atracción y expulsión de migrantes, tanto de parte de las sociedades receptoras como de las sociedades emisoras.

Estas teorías empezaron a cambiar con los estudios de las migraciones caribeña, mexicana y centroamericana a los Estados Unidos en los años 80 del siglo pasado.

En esas investigaciones algunos académicos descubrieron que a diferencia de otros procesos migratorios, cuyos sujetos salían de sus países para no retornar jamás, o hacerlo una sola vez en la vida, los nuevos migrantes caribeños y mesoamericanos se mantenían regresando a sus países favorecidos por la disponibilidad de medios de transporte rápido y barato.

Recuerdo que fue Virginia Domínguez, en su libro From Neighbor to Stranger: The Dilemma of Caribbean Peoples in the United States, publicado en 1975, una de las primeras académicas en señalar la existencia de un proceso nuevo, que ella llamó "migración circular" para diferenciarla de la "migración de retorno" ya conocida y estudiada en otras épocas y circunstancias.

Decía Domínguez que gracias a la disponibilidad del transporte aéreo en aviones jet los emigrantes dominicanos, caribeños y centroamericanos estaban gozando entonces de una oportunidad desconocida para los millones de emigrantes europeos que cruzaron el Océano Atlántico en barcos y que, por la distancia y los costos, no pudieron regresar a sus países de origen.

Las antiguas limitaciones del transporte favorecieron la asimilación de aquellos migrantes en las sociedades receptoras pues emigrar entonces significaba dejar atrás tal vez para siempre la posibilidad de regresar.

Muchos, sin embargo, lograban retornar, y por ello los que se quedaban mantenían la esperanza del regreso, algo muy estudiado en la literatura sobre migraciones.

Pero no fue hasta la aparición de la aviación comercial en aviones jets que la posibilidad de retornar frecuentemente al país de origen se hizo posible. En el Caribe y Centroamérica, particularmente, esta posibilidad fue favorecida por la relativa cercanía de los países de estas dos zonas con los Estados Unidos, y ello dio lugar, como decíamos, a un nuevo proceso, desconocido hasta entonces, que Domínguez llamó migración circular o circulatoria.

Doce años después de Domínguez, la antropóloga Eugenia Georges aprovechó la incipiente formulación del concepto de "transnacionalidad", elaborado por primera vez por Nina Glick-Schiller, Linda Basch y Cristiana Blanc-Szanton en Towards a Transnatioal Perspective of Migration: Race, Class, ethnicity, and nationalism Reconsdiered (1992), y lo aplicó a su estudio de la emigración de dominicanos de la Sierra, particularmente de El Rubio y San José de las Matas a la ciudad de Nueva York.

El estudio de Georges fue publicado por la Universidad de Columbia en 1990 con el título The Making of a Transnational Community: Migration, Development, and Cultural Change in the Dominican Republic. Que yo sepa, esta fue la primera vez que alguien utilizó el concepto de transnacionalidad para designar algún aspecto de la migración de dominicanos hacia los Estados Unidos.

A partir de entonces se suceden los estudios bajo este marco teórico, como el trabajo de Luis Guarnizo, publicado en 1998 con el título The Locations of Transnationalism, recogido en su libro Transnationalism from Below, en el cual corrige su óptica anterior pues cuatro años antes había publicado un trabajo titulado The Dominicanyorks: The Making of a Binational Society.

En la década de los 90 del siglo pasado, el tema de la transnacionalización se puso de moda en los estudios de migración tanto de los países caribeños y centroamericanos, como asiáticos y africanos, extendiéndose tanto a la migración norte-sur, como este-oeste.

Algunos han querido relacionar la transnacionalización de los procesos migratorios con el fenómeno de la globalización y, en cierto sentido, tienen razón pues una condición necesaria para la formación de sociedades transnacionales es la disponibilidad abundante de buenas comunicaciones, factor éste sobre el que descansa en gran medida la globalización del mundo actual.

Un excelente ejemplo de estos nuevos enfoques para entender los procesos migratorios en el Caribe y, en particular, el de los dominicanos a Estados Unidos, es Jorge Duany, Quisqueya on the Hudson: The Transnational Identity of Dominicans in Washington Heights, publicado inicialmente en 1994, y reeditado en edición ampliada por el CUNY Dominican Studies Institute, de Nueva York, en el año 2006. Duany también ha realizados estudios similares sobre los migrantes dominicanos a Puerto Rico.

Aparte de los anteriores, uno de los libros más ilustrativos de lo que significan los modernos procesos de migración en la región del Caribe, es Ruben Gowricharn, Caribbean Transnationalism: Migration, Pluralization, and Social Cohesion, publicada en el 2006.

Según los estudios mencionados, los modernos procesos migratorios están produciendo la conformación de sociedades transnacionales tanto en los países emisores como en los receptores.

¿Qué son estas sociedades transnacionales? ¿Qué significa el transnacionalismo migratorio?

La respuesta es sencilla, y simplificándola un poco, podemos decir que en estos últimos años los migrantes y sus descendientes ya no desean ni necesitan asimilarse rápidamente a las sociedades receptoras, como ocurría antes, pues la amplia disponibilidad de comunicaciones les permite ahora residir en un país distinto al suyo sin tener que "desnacionalizarse" como era la tradición en los Estados Unidos en donde los inmigrantes se integraban rápidamente al llamado "melting pot" norteamericano.

Ahora, debido al transporte aéreo fácil y rápido, y a los teléfonos, faxes, videos, televisión por satélite, celulares, internet, etc., los inmigrantes se mantienen en contacto físico, cultural, económico y político con sus sociedades de origen.

También mantienen vigentes sus redes familiares y sociales, viajando, hablando por teléfono, enviando remesas, llevando y recibiendo regalos, participando en actividades culturales y políticas, votando en elecciones, recibiendo educación, y manteniendo ciudadanías dobles, a veces múltiples.

Los modernos migrantes caribeños son, entonces, migrantes transnacionales. Ya no son siquiera migrantes de retorno, pues aun aquellos que deciden volver a esta- blecerse en sus sociedades de origen, continúan viajando y circulando entre éstas y la anterior sociedad receptora. La transnacionalidad les permite ser miembros y ciudadanos, casi siempre bilingües, de ambas sociedades.

Para algunos académicos, en el caso de la isla Hispaniola (Santo Domingo o Haití, según se quiera decir), estamos encaminándonos hacia la constitución de dos sociedades transnacionales, una haitiana y otra dominicana.

¿Qué significa esto?

Por un lado significa que lo que ha ocurrido en los últimos diez años en materia migratoria es algo que la República Dominicana y Haití no habían experimentado nunca antes, ni siquiera durante la Dominación Haitiana, ni tampoco durante el largo período llamado de las "ocupaciones pacíficas" del último cuarto del siglo XIX y primer cuarto del siglo XX.

La aceleración exponencial de la inmigración haitiana en este país comenzó en el año 2000 con la puesta en ejecución de una "política de desarrollo fronterizo" y la creación de una Oficina de Desarrollo Fronterizo durante el gobierno de Hipólito Mejía.

En virtud de esa política, y a través de esa Oficina, el Estado dominicano concentró e invirtió una enorme cantidad de recursos en las provincias fronterizas para construir caminos vecinales y carreteras, escuelas, casas, clínicas, hospitales, acueductos rurales, centros deportivos, viveros frutales y maderables, y para instalar paneles solares y centros de educación tecnológica.

Observando de cerca el impacto que esas inversiones estaban ejerciendo en las poblaciones de ambos lados de la frontera, advertí en el año 2003 que el desarrollo fronterizo, tal como lo promovía el Estado dominicano entonces, se estaba convirtiendo "en el principal foco de atracción de la población haitiana hacia la línea fronteriza."

"En 1998 eran muy raras las construcciones y viviendas de los haitianos a lo largo de la línea fronteriza. La baja oferta de trabajo, por un lado, y la política represiva dominicana, por el otro, limitaban esa presencia y los haitianos que residían a lo largo de la línea fronteriza evitaban acercarse a la misma por temor a ser castigados."

"Hoy eso ha cambiado totalmente, y los haitianos ahora están construyendo un largo pueblo lineal que comienza en Tilorí y termina frente a Pedro Santana, 53 kilómetros más abajo, siguiendo el cauce del río Artibonito."

"Junto con las construcciones de obras públicas y comunitarias que llevan a cabo el Estado dominicano y varias docenas de organizaciones no gubernamentales a lo largo de toda la línea fronteriza, también se ha ampliado el margen de tolerancia de las autoridades dominicanas, tanto para el establecimiento de los haitianos a lo largo de la línea, en su territorio, a lo cual tienen derecho, como a su penetración y asentamiento en territorio dominicano, muchos kilómetros más adentro.".

"Las Mercedes, en Pedernales, Río Limpio, en Restauración, y Las Matas de Farfán [entre muchas otras] son zonas que hoy exhiben una alta presencia de trabajadores haitianos en fincas rurales..."

"Sorprende más todavía la presencia de grandes núcleos de trabajadores haitianos en zonas donde nunca los hubo, en donde hoy están formando comunidades permanentes de jornaleros rurales, tales como Los Montones, de San José de las Matas, Juncalito, de Jarabacoa; Las Palmas, Arroyo Frío, Tiro y Constanza, en plena Cordillera Central, para sólo mencionar unos cuantos" de esos núcleos.

"Las implicaciones de esa inmigración no regulada son varias, pues la misma ya está dejando de ser estacional y se está convirtiendo en permanente.

"Debido a la atracción que hoy ejercen las inversiones masivas que se realizan en la frontera, la línea fronteriza no es una marca de separación entre los dos países, sino una estación de paso para los trabajadores haitianos que desean ocupar un puesto de trabajo en los conucos de Moca, o en las granjas de vestales y flores de Tiero y Constanza, o en los cafetales de Juncalito y Barahona, o en los arrozales de Jima y Villa Riva."

Dije todo lo anterior en los primeros días de julio del año 2003, y lo hice como advertencia de que la política migratoria dominicana había experimentado un cambio radical en relación con los años anteriores pues el gobierno de Mejía dejó a un lado la política de deportaciones masivas, que caracterizaron la primera administración de Leonel Fernández, entonces endeudada políticamente con los grupos ultranacionalistas.

Terminado el gobierno de Mejía, la actual administración de Leonel Fernández ha continuado la mis-ma política de tolerancia y de construcción de obras en las zonas fronterizas, y el resultado ha sido la acentuación del proceso inmigratorio y la relajación de los controles fronterizos.

De ahí que, en adición a la tremenda fuerza de atracción de las obras de desarrollo fronterizo, la política social dominicana de aceptar en las escuelas a los hijos de los inmigrantes y de brindar servicios médicos a los inmigrantes, particularmente a las mujeres embarazadas, esta política social, repito, han sido factores de atracción para la inmigración haitiana.

Tan poderosa como esas medidas ha sido también la decisión del Estado dominicano de otorgar carnets de identificación a los inmigrantes haitianos, y de garantizarles el paso libre por la frontera cuando vienen a comerciar o cuando necesitan visitar sus familiares o su país.

Por todo ello, hoy, en el año 2010, la presencia haitiana en la República Dominicana es más visible que nunca. (Continuará).