La querella letrada

Juan Ramón Jiménez vivió en la órbita febril de la polémica. Era poeta y era vago, que aunque algunos pregonen lo contrario no son vocablos sinónimos.

La miseria humana es casi parte del motor de la historia. Se asienta en todos los estamentos sociales y se manifiesta desde distintas esferas y con diferentes propósitos de modo desigual, pero siempre afirmando una malicia que socava al ser, desmitifica nombradías y expande ruindades.

El escritor no escapa a esta realidad sino que la amplifica. No todos, obviamente. Pero, cuando el crédito obtenido en buena –o mala– liza, se traduce en soberbia; cuando la actitud de superioridad que se cree poseer hace que los egos revienten; cuando la envidia literaria se transforma en malestar íntimo, hasta corpóreo, al escritor le sale a flote la máquina de horrores que muchos hubiesen querido creer que era sólo instrumento de otras guaridas humanas, la estenosis de otras arenas. Mas, no es así. Los relatos de las mezquindades entre escritores superan todas las posibilidades. En ocasiones, han llegado hasta el asesinato, como el caso del poeta José Santos Chocano, admirador del dictador peruano Augusto Leguía, actitud que provocó un artículo de José Vasconcelos titulado “Poetas y bufones” y una contrarréplica de Chocano bajo el título “Apóstoles y farsantes”, que originó una carta pública de escritores y periodistas respaldando a Vasconcelos. Entre los firmantes estaba Edwin Elmore, un joven crítico que agregó al comunicado un artículo donde la emprendía contra Santos Chocano. Ambos se encontraron en la sede del diario limeño El Comercio y allí se enfrascaron en discusión. Elmore golpeó a Santos Chocano, ignorando que debajo de su chaqueta este llevaba, como Pedro Navaja, una Smith & Wesson del especial con la cual el poeta disparó a su contendor matándolo en el acto. El poeta Juan Ramón Jiménez escribió un artículo frente a esta desgracia llamando a Chocano “poetastro, matón, cursi, farsante, canalla y chulo”.

Y de Juan Ramón Jiménez quiero hablar. Como Chocano, a quien le tenía ojeriza (odiaba a todos cuantos él pensaba que pudiesen hacerle sombra), Juan Ramón vivió en la órbita febril de la polémica. Era poeta y era vago, que aunque algunos pregonen lo contrario no son vocablos sinónimos. Lo mantenía su mujer, pues el autor de “Platero y yo” nunca supo gestionar su vida ni en los aspectos más nimios. Pero, para una buena bronca tenía capacidad gerencial envidiable. El poeta y crítico malagueño José Moreno Villa escribió que Juan Ramón “se sintió pontífice supremo, infalible como el papa y único poseedor del secreto poético”. Esta actitud llevó a muchos a odiarle, lo que lo enfurecía, a un nivel de que Rafael Alberti afirmaba que uno de los atractivos de visitar su casa era “escuchar sus maldades”. Juan Ramón llamó a los miembros de la generación del 98 “montón estético-social-náufrago”. A Ramón Gómez de la Serna le espetaba ser un “cursi sublime”. Pero, sus tres grandes desamores fueron Azorín, Eugenio D’Ors y José Ortega y Gasset. Sus acometidas iban directo a lo personal, y de ahí a lo literario para dejar socavada la moral del sujeto de sus fobias. De Azorín escribió que vivía “en una de esas casas madrileñas que huelen a cocido y pis de gato. Duerme en el fondo de una cama con mosquitero y colgaduras encintadas de rosa, y sobre la mesilla de noche tiene, como objeto que él seguramente considera de gusto refinado, un negrito de escayola pintada de esos que anuncian el café torrefacto marca La Estrella...A un escritor, por muy modesta que sea su vida, se le conoce por la casa”. Algo similar le pasó con el poeta y novelista madrileño Ramón Pérez de Ayala, a quien dejó de hablarle al visitarle en su casa y encontrar que del techo de una de las habitaciones colgaban chorizos y longanizas. Aunque Azorín intentó suavizar el diferendo dedicándole artículos elogiosos a su obra, Juan Ramón nunca le hizo caso. “Lo que hace usted hoy, teatro, cuento, es una desagradable sopa vieja enredada con la pasta rancia del majadero de Pirandello... Tiene usted nombres tapaderas para cubrir los vacíos de su ignorancia, de su chocheza, de su provincianismo, de su mentecatez”.

Al ensayista y crítico catalán Eugenio D’Ors, célebre en su época, también le salió la suya con Juan Ramón. Y todo por un artículo que el poeta entendió que le desfavorecía. Entonces le llamó “gandul, perezoso farsante de la obra mal hecha... parece usted uno de esos tristes cómicos viejos que van de tablado en tablado adulando desvergonzadamente a quien les paga... Yo soy un poeta de deleite y usted un periodista de mercado”. En el caso de Ortega y Gasset, Juan Ramón le mantuvo cierto respeto, aunque criticaba su estilo. Le llamó “maestro”, pero cuando La Revista de Occidente, que dirigía Ortega, comenzó a celebrar a los jóvenes del 27, que Juan Ramón detestaba, la emprendió contra el filósofo y ensayista llamándole mediocre, buscador de elogios, que anunciaba por dinero cualquier libro en su Revista de Desoriente, como la llamó burlonamente. Dicen que jamás volvieron a verse.

Y así fue por la vida Juan Ramón Jiménez, denostando, ridiculizando, invalidando a los que escogía como sus contrarios. A Jorge Guillén, a Salinas, los llama “poetas que viven a fuerza de ocultación y andamiaje... No tienen invención ni acento... Se llenan de alarma y hacen antologías para hacer historia literaria antes de tiempo”. De Alberti y García Lorca decían que eran “pollos que se las daban de modernos y no hacen más que copiarme y plagiarme”. Y fue capaz de afirmar –ego al cubo–que en poesía sólo existían él y Machado y “después del modernismo, Rubén y nosotros, no ha surgido nada”. Orientó a los jóvenes del 27, pero luego los empequeñeció. Vicente Aleixandre escribió que “Juan Ramón es muy amigo de los poetas jóvenes con tal que sigan siempre siendo poetas jóvenes”. Y Rafael Alberti se preguntaba en sus memorias: “¿Qué querría Juan Ramón Jiménez? ¿Qué temor era el suyo? ¿Perder acaso la batuta y encontrarse de pronto solo, sin orquesta, trazando signos en el aire de una sala vacía?”.

¿Cómo terminó Juan Ramón? Odiado por casi todos. Solitario. Sufriendo de depresión nerviosa. Alberti que solía visitarle a su casa, dejó de hacerlo al recibir sus ataques desconsiderados. “Mariposuela agreste y metomentodo desorientado”, hubo de llamarle para desquistarse de sus continuas embestidas. Dámaso Alonso le llamó “viejo indigno”. Aleixandre: “Falso apóstol barbudo”. Gerardo Diego, a quien Juan Ramón llamó “loquitonto”, le respondió calificándole de “canalla incomparable”. Y su mejor discípulo, José Bergamín, terminó abandonándolo. Cuando Pablo Neruda llegó a Madrid, en su casa de Argüelles se reunían los poetas para burlarse de Juan Ramón y de su Platero y yo “y de la multitud de malvas, violetas, rosados y amarillos con que rellena acuarelando su poesía”. Juan Ramón había calificado a Neruda de “un gran mal poeta, un gran poeta de la desorganización”. Pero, Neruda –que decía que no respondía las agresiones literarias- nunca le hizo caso. “¿Cuántas promociones de ex amigos lleva usted devoradas”, le escribió Jorge Guillén. Los poetas jóvenes del 27, que lo tuvieron siempre como su mentor, afirman que lo mejor era vivir lejos de su presencia porque “en él habitaba un alma mezquina, envidiosa”. Después de viajar exiliado por Cuba y Estados Unidos, a causa de la guerra civil, se instaló por segunda vez en Puerto Rico, donde dictaba clases en la universidad y en ellas continuó despotricando contra Azorín, Unamumo, Antonio Machado, Aleixandre. Allí recibió, en 1956, la noticia de la concesión del Premio Nobel de Literatura. Moriría en San Juan dos años después. Tanto odió a sus congéneres que hasta de su propia obra renegaba. Al final de sus días, había modificado muchos de sus poemas y algunos de sus libros los repudió. El ego reventado. Nada que no sea usual en la querella letrada de todas las épocas y de todas las geografías.

Libros
  • Escritores a la greña
  • Julián Moreiro
  • Edaf, 2014. 258 págs.
  • Envidias, enemistades y trifulcas literarias. Según Max Aub, el hombre es el único animal que tiene mala leche. Este libro formidable muestra que en el trato con las musas no es oro todo lo que reluce.
  • Platero y yo
  • Juan Ramón Jiménez
  • Editores Mexicanos Unidos, 1985. 157 págs.
  • La obra cumbre de Juan Ramón. El mundo de los humildes habitantes de su nativo pueblo de Moguer, es descrito con tonos suaves y cálidos, mediante una prosa sencilla y muy bien cuidada.
  • Lírica de una Atlántida
  • Juan Ramón Jiménez
  • Galaxia Gutemberg, 1999. 495 págs.
  • La última poesía escrita por Juan Ramón en su exilio antillano. La culminación de una obra poética donde su palabra alcanza la transparencia que en permanente desvelo había perseguida toda su vida.
  • Isla destinada
  • Juan Ramón Jiménez
  • Planeta, 2016. 154 págs.
  • “Mi islita verde”: así llamó Juan Ramón a Puerto Rico, donde pasó los últimos días de su existencia. Textos dedicados a la isla que consideró su destino ineludible y verdadero, su isla destinada.
  • La arboleda perdida
  • Rafael Alberti
  • Seix Barral, 1978. 337 págs.
  • En sus conocidas memorias, el poeta Alberti, miembro de la generación del 27 y uno de los mayores poetas en lengua castellana, comenta sus vivencias con Juan Ramón, nada complacientes.

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