La realeza de las cosas reales

Don Martín Garata, habitante de la imaginación fecunda del decimero Juan Antonio Alix, no es el único personaje de alto rango al que le gusta el mango. También otros, muy reales --el Príncipe de Gales, heredero del trono británico, y su esposa, la Duquesa de Cornualles--, están convencidos de que es una fruta grata, y hasta compraron recientemente unos cuantos ejemplares, dominicanos por más seña, en una muy publicitada visita a un mercado del Londres al sur del imperturbable río Támesis.
Los encontraron bajitos, sin dudas, colocados al alcance de cualquier mano compradora en el puesto de Derek Chong en el Brixton Village. ¿Relación calidad-precio buena? Parece que sí, porque Camilla no titubeó cuando a su pregunta de qué le sugería, el frutero le señaló unos "mangos agradables, de la República Dominicana ", y el tacto real, pero también de ama de casa veterana, comprobó prontamente la excelencia y madurez.
Brixton y su mercado tienen historia. Por ejemplo, la calle donde se sitúan los comercios fue la primera en disfrutar de alumbrado con una novedosa energía, en la segunda mitad del siglo XVIII, y aún conserva un nombre alusivo: Avenida Eléctrica. Más de mil años atrás, ya había gente viviendo allí, en las orillas de dos caminos romanos. Con la construcción de nuevos puentes para vencer la barrera fluvial, Brixton vio mejores tiempos y atrajo de residentes a empleados de los teatros londinenses, quienes imprimieron un sello artístico a esos bloques de residencias convertidas en apartamentos por la especulación. Ya quedan pocos de los muchos cines que allí se instalaron para la diversión de los vecinos.
Gran parte de las edificaciones fue destruida por los bombardeos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, y, con el posterior influjo de inmigrantes caribeños de las antiguas colonias, se convirtió en una zona poblada mayormente por gente de color, con estadísticas de violencia alarmantes. Otro Harlem, esta vez en un rincón de la gran capital del otrora imperio donde no se ponía el sol.
Al igual que en otras áreas urbanas deprimidas, hay un esfuerzo concertado de residentes y autoridades municipales para revitalizar la economía local, mejorar la infraestructura y detener el deterioro de años de abandono e indiferencia. Por eso la visita real. A esos empeños se suman los pequeños comerciantes, preocupados porque sus negocios y el espíritu de comunidad forjado en torno a ellos se desvanecen apresuradamente ante el empuje de las cadenas de supermercados que venden de todo con una eficiencia tan impresionante como anónimos son los empleados y gerentes. El carnicero de años, el distribuidor parlanchín de periódicos y revistas, el tendero que conoce los gustos y preferencias de cada cliente, el ferretero y el florista tradicionales con superávit de tiempo para hablar sobre el clima con la octogenaria, tienen ya poco espacio en Brixton, el barrio aledaño de Herne Hill y el más exclusivo Dulwich Village; y en tantas otras barriadas similares de un Londres que se desparrama en geografía urbana por centenares y centenares de kilómetros cuadrados.
El Príncipe Carlos no visitaba Brixton desde 1996, cuando acompañó a Nelson Mandela, en todo su esplendor como el primer Presidente negro de la Sudáfrica que recién se había sacudido el yugo del apartheid. De seguro que aún no había mangos dominicanos en los tramos y cajas abiertas del Brixton Village, entonces prácticamente en quiebra y con sólo unos cuantos comerciantes persistentes. "Cool Britannia" no estaba aún en boga.
De las frutas tropicales, el mango sobresale por la frescura de sus jugos, por ese aroma que se adelanta al placer de morder la masa tierna y sorber la humedad desparramada por la boca en una inundación de sabores cálidos, apasionados, dulces, aterciopelados. Error divino, debió de ser la fruta del Paraíso, me acotan. Puede que Camilla no comprara los mangos al azar, apercibida de las credenciales verdes de su consorte. Se llevó a palacio un alimento antioxidante, muy rico en vitamina A y ácido ascórbico, bueno para la digestión, para reducir el colesterol, la tensión arterial y evitar alergias. Todo un vademécum debajo de una cobertura multicolor que cede fácilmente lo que guarda al mínimo mordisco o a la hincadura superficial de un metal ligeramente afilado.
Muy probable que los antepasados de Carlos y Camilla conocieran las excelencias de un buen mango primero que nosotros, dado que la procedencia original es la zona donde se asentaron las colonias británicas más importantes: el subcontinente asiático. De ahí la raíz tamil y el nombre científico, mangifera indica. Dicen que Buda se sentaba a la sombra de árboles de mango, cuya madera alimenta las piras en la cremación propia de la religión hindú. No sé cuándo la variedad asiática fue introducida a la isla de la Hispaniola , pero unas pocas décadas posteriores al Descubrimiento ya se había registrado la primera mención del mango en una lengua europea, en italiano, y en el siglo XIV los portugueses lo trasplantaron a África.
Vuelta atrás varias veces al calendario, y la República Dominicana era una gran desconocida en el Reino Unido. El comercio, el turismo y la globalización han modificado parcialmente un panorama que nos privaba de un mercado de gran potencial y que apenas comienza a ser explotado. Ese intercambio provoca sorpresas. Como la conferencia -literalmente- de un atildado conductor de un "black cab" sobre el porqué los turistas británicos a veces tienen problemas con la comida que ingieren en República Dominicana.
Y sí que son buenos esos mangos que junto a otras exportaciones nuestras sirven la nacionalidad en las mesas británicas y despiertan interés por un país que ya muchos conocen: 200 mil súbditos de Su Majestad visitan anualmente la tierra que más amó Colón. Los nuestros superan en sabor, textura y aroma a los brasileños, a los indios y a las variedades africanas que se obtienen en las fruterías londinenses.
Para muchos una fruta, para nosotros material de ensalada o plato acompañante, el aguacate tiene encanto en cualquiera de las acepciones del gusto personal. Al Reino Unido llegan mayormente las versiones africanas e israelí, pequeñas, muy perecederas, de cáscara rugosa y masa blanda. Prospecto poco atractivo, hasta que alguien descubrió en un mercado del Londres refinado un aguacate de verdad, de ésos que, en singular, permiten disfrutar a varios comensales. Era dominicano, y una caja repleta de esa invitación a la gula hecha llegar a la Embajada confirmó que nuestros aguacates ya cruzaban el Atlántico.
Guineos dominicanos, orgánicos, los hay por todas partes, sobrevivientes exitosos de la competencia incrementada por la apertura del mercado europeo a las variedades provenientes de la llamada zona dólar del mercado del banano, hasta hace poco en desventaja por las preferencias arancelarias acordadas a los países con los que la Unión Europea tiene una relación especial, República Dominicana incluida.
En los mercados y comercios de los barrios con alta concentración de inmigrantes caribeños y africanos, no faltan la yuca ni la batata dominicanas. Hay un nicho de mercado, pequeño pero muy selecto, para un café de altura, creo que de Polo, Barahona, distribuido en grano o molido a voluntad del cliente bajo la marca de Pico Duarte, una verdadera joya del sabor que deja una huella impactante en el paladar del consumidor cultivado. A juzgar por el comentario elogioso de quienes he visto probarlo, la calidad de esa selección hace honor a su nombre: uno de los puntos más elevados en las Antillas.
Ignoro dónde reside el atractivo del chocolate negro, cuyo amargo sin remedio enturbia, para mí, la riqueza sutilmente azucarada que debe caracterizar un postre. Impedido de ser racista por convencimiento y color propio, se entenderá que otras razones rigen mi preferencia por el chocolate blanco. No piensan así los consumidores de las tabletas y bombones elaborados con cacao orgánico dominicano y que se distribuyen en las cadenas de los supermercados más populares.
La realeza del cacao dominicano es cierta. La redescubrí en el Palacio de Buckingham cuando el mismo Príncipe Carlos, en saludos oficiales, me comentó que compraba el grano criollo, orgánico, para los chocolates que produce una institución caritativa suya. Conocía la información, y me limité a las gracias protocolares antes de que el heredero, ataviado con un kilt, pasara a saludar a otros diplomáticos.
No le picó mosca alguna, porque no creo las haya en la sede de la monarquía británica, pero se devolvió para decirme: "¡Y es bastante caro!". Tan dominicana como el cacao que compra su empresa sin fines de lucro y que financia programas sociales, uno de ellos en Brixton, fue mi repuesta: "Lo bueno siempre es caro".
Los encontraron bajitos, sin dudas, colocados al alcance de cualquier mano compradora en el puesto de Derek Chong en el Brixton Village. ¿Relación calidad-precio buena? Parece que sí, porque Camilla no titubeó cuando a su pregunta de qué le sugería, el frutero le señaló unos "mangos agradables, de la República Dominicana ", y el tacto real, pero también de ama de casa veterana, comprobó prontamente la excelencia y madurez.
Brixton y su mercado tienen historia. Por ejemplo, la calle donde se sitúan los comercios fue la primera en disfrutar de alumbrado con una novedosa energía, en la segunda mitad del siglo XVIII, y aún conserva un nombre alusivo: Avenida Eléctrica. Más de mil años atrás, ya había gente viviendo allí, en las orillas de dos caminos romanos. Con la construcción de nuevos puentes para vencer la barrera fluvial, Brixton vio mejores tiempos y atrajo de residentes a empleados de los teatros londinenses, quienes imprimieron un sello artístico a esos bloques de residencias convertidas en apartamentos por la especulación. Ya quedan pocos de los muchos cines que allí se instalaron para la diversión de los vecinos.
Gran parte de las edificaciones fue destruida por los bombardeos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, y, con el posterior influjo de inmigrantes caribeños de las antiguas colonias, se convirtió en una zona poblada mayormente por gente de color, con estadísticas de violencia alarmantes. Otro Harlem, esta vez en un rincón de la gran capital del otrora imperio donde no se ponía el sol.
Al igual que en otras áreas urbanas deprimidas, hay un esfuerzo concertado de residentes y autoridades municipales para revitalizar la economía local, mejorar la infraestructura y detener el deterioro de años de abandono e indiferencia. Por eso la visita real. A esos empeños se suman los pequeños comerciantes, preocupados porque sus negocios y el espíritu de comunidad forjado en torno a ellos se desvanecen apresuradamente ante el empuje de las cadenas de supermercados que venden de todo con una eficiencia tan impresionante como anónimos son los empleados y gerentes. El carnicero de años, el distribuidor parlanchín de periódicos y revistas, el tendero que conoce los gustos y preferencias de cada cliente, el ferretero y el florista tradicionales con superávit de tiempo para hablar sobre el clima con la octogenaria, tienen ya poco espacio en Brixton, el barrio aledaño de Herne Hill y el más exclusivo Dulwich Village; y en tantas otras barriadas similares de un Londres que se desparrama en geografía urbana por centenares y centenares de kilómetros cuadrados.
El Príncipe Carlos no visitaba Brixton desde 1996, cuando acompañó a Nelson Mandela, en todo su esplendor como el primer Presidente negro de la Sudáfrica que recién se había sacudido el yugo del apartheid. De seguro que aún no había mangos dominicanos en los tramos y cajas abiertas del Brixton Village, entonces prácticamente en quiebra y con sólo unos cuantos comerciantes persistentes. "Cool Britannia" no estaba aún en boga.
De las frutas tropicales, el mango sobresale por la frescura de sus jugos, por ese aroma que se adelanta al placer de morder la masa tierna y sorber la humedad desparramada por la boca en una inundación de sabores cálidos, apasionados, dulces, aterciopelados. Error divino, debió de ser la fruta del Paraíso, me acotan. Puede que Camilla no comprara los mangos al azar, apercibida de las credenciales verdes de su consorte. Se llevó a palacio un alimento antioxidante, muy rico en vitamina A y ácido ascórbico, bueno para la digestión, para reducir el colesterol, la tensión arterial y evitar alergias. Todo un vademécum debajo de una cobertura multicolor que cede fácilmente lo que guarda al mínimo mordisco o a la hincadura superficial de un metal ligeramente afilado.
Muy probable que los antepasados de Carlos y Camilla conocieran las excelencias de un buen mango primero que nosotros, dado que la procedencia original es la zona donde se asentaron las colonias británicas más importantes: el subcontinente asiático. De ahí la raíz tamil y el nombre científico, mangifera indica. Dicen que Buda se sentaba a la sombra de árboles de mango, cuya madera alimenta las piras en la cremación propia de la religión hindú. No sé cuándo la variedad asiática fue introducida a la isla de la Hispaniola , pero unas pocas décadas posteriores al Descubrimiento ya se había registrado la primera mención del mango en una lengua europea, en italiano, y en el siglo XIV los portugueses lo trasplantaron a África.
Vuelta atrás varias veces al calendario, y la República Dominicana era una gran desconocida en el Reino Unido. El comercio, el turismo y la globalización han modificado parcialmente un panorama que nos privaba de un mercado de gran potencial y que apenas comienza a ser explotado. Ese intercambio provoca sorpresas. Como la conferencia -literalmente- de un atildado conductor de un "black cab" sobre el porqué los turistas británicos a veces tienen problemas con la comida que ingieren en República Dominicana.
Y sí que son buenos esos mangos que junto a otras exportaciones nuestras sirven la nacionalidad en las mesas británicas y despiertan interés por un país que ya muchos conocen: 200 mil súbditos de Su Majestad visitan anualmente la tierra que más amó Colón. Los nuestros superan en sabor, textura y aroma a los brasileños, a los indios y a las variedades africanas que se obtienen en las fruterías londinenses.
Para muchos una fruta, para nosotros material de ensalada o plato acompañante, el aguacate tiene encanto en cualquiera de las acepciones del gusto personal. Al Reino Unido llegan mayormente las versiones africanas e israelí, pequeñas, muy perecederas, de cáscara rugosa y masa blanda. Prospecto poco atractivo, hasta que alguien descubrió en un mercado del Londres refinado un aguacate de verdad, de ésos que, en singular, permiten disfrutar a varios comensales. Era dominicano, y una caja repleta de esa invitación a la gula hecha llegar a la Embajada confirmó que nuestros aguacates ya cruzaban el Atlántico.
Guineos dominicanos, orgánicos, los hay por todas partes, sobrevivientes exitosos de la competencia incrementada por la apertura del mercado europeo a las variedades provenientes de la llamada zona dólar del mercado del banano, hasta hace poco en desventaja por las preferencias arancelarias acordadas a los países con los que la Unión Europea tiene una relación especial, República Dominicana incluida.
En los mercados y comercios de los barrios con alta concentración de inmigrantes caribeños y africanos, no faltan la yuca ni la batata dominicanas. Hay un nicho de mercado, pequeño pero muy selecto, para un café de altura, creo que de Polo, Barahona, distribuido en grano o molido a voluntad del cliente bajo la marca de Pico Duarte, una verdadera joya del sabor que deja una huella impactante en el paladar del consumidor cultivado. A juzgar por el comentario elogioso de quienes he visto probarlo, la calidad de esa selección hace honor a su nombre: uno de los puntos más elevados en las Antillas.
Ignoro dónde reside el atractivo del chocolate negro, cuyo amargo sin remedio enturbia, para mí, la riqueza sutilmente azucarada que debe caracterizar un postre. Impedido de ser racista por convencimiento y color propio, se entenderá que otras razones rigen mi preferencia por el chocolate blanco. No piensan así los consumidores de las tabletas y bombones elaborados con cacao orgánico dominicano y que se distribuyen en las cadenas de los supermercados más populares.
La realeza del cacao dominicano es cierta. La redescubrí en el Palacio de Buckingham cuando el mismo Príncipe Carlos, en saludos oficiales, me comentó que compraba el grano criollo, orgánico, para los chocolates que produce una institución caritativa suya. Conocía la información, y me limité a las gracias protocolares antes de que el heredero, ataviado con un kilt, pasara a saludar a otros diplomáticos.
No le picó mosca alguna, porque no creo las haya en la sede de la monarquía británica, pero se devolvió para decirme: "¡Y es bastante caro!". Tan dominicana como el cacao que compra su empresa sin fines de lucro y que financia programas sociales, uno de ellos en Brixton, fue mi repuesta: "Lo bueno siempre es caro".
Brixton y su mercado
tienen historia.
Más de mil años atrás,
ya había gente viviendo
allí, en las orillas
de dos caminos
romanos.
En los mercados
y comercios de los
barrios con alta
concentración de
inmigrantes caribeños
y africanos, no faltan
la yuca ni la batata
dominicanas.
Hay un nicho de
mercado, pequeño
pero muy selecto,
para un café de altura.
tienen historia.
Más de mil años atrás,
ya había gente viviendo
allí, en las orillas
de dos caminos
romanos.
En los mercados
y comercios de los
barrios con alta
concentración de
inmigrantes caribeños
y africanos, no faltan
la yuca ni la batata
dominicanas.
Hay un nicho de
mercado, pequeño
pero muy selecto,
para un café de altura.
Aníbal de Castro
Aníbal de Castro