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La realeza de los elefantes, la irrealidad de la monarquía

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La realeza de los elefantes, la irrealidad de la monarquía

José Saramago no figura entre mis autores favoritos, pese a que su Ensayo sobre la ceguera se inscribe entre las obras angustiosas que te obligan a mirar el entorno social de manera diferente, con recelo, con ánimo crítico, y entender que la desorientación y sentido de pérdida que acarrea la invidencia epidémica es el común denominador en nuestros tiempos. La ceguera no solo afecta a los ojos.

En estos días, sin embargo, me bailotea en la sesera otra de sus ficciones, valorada tanto por la ironía discreta que se cuela entrelíneas como por los asomos de humanidad a lo largo de la descripción del viaje fabuloso del elefante Salomón por la geografía europea. No pudo ser más disparatado el regalo de Juan III a Maximiliano de Austria. La realeza sale mal parada del texto cargado de arsénico que el escritor portugués, y comunista hasta el último día de su vida, compuso.

El viaje del elefante se parece a otra jornada más reciente, en la africana Botsuana. Por primera vez un paquidermo muerto le hizo ver hasta el último colmillo a una de las instituciones europeas más enraizada en la historia. La visión no era de marfil, sino de una brecha profunda entre el pueblo llano y la monarquía española encarnada por Juan Carlos. Cazador cazado por un imprevisto: el monarca se rompió la cadera y hubo que trasladarlo en un vuelo especial a Madrid para recibir allí las atenciones médicas correspondientes. No tropezó con su ego, sino con un escalón del campamento donde se alojaba con sus compañeros de aventura.

La parranda deportiva se había mantenido adrede en secreto. La economía española anda alicaída desde hace tiempo, y a los súbditos no les harían gracia las ocupaciones reales con la caza mayor -poco importa que el pagador no sea el contribuyente ibérico sino un árabe multimillonario-, en momentos en que al plebeyo lo acosan la desgracia del paro y la incertidumbre.

Acababa de llegar con mi pareja de entonces a Londolozi, una de las reservas en el gigantesco Parque Transfronterizo del Gran Limpopo, en el este de Sudáfrica y oeste de Mozambique. Seis millones de acres conforman esta inmensidad de fauna y flora bien preservadas y que comprende el famoso Parque Nacional Kruger. La tarde apenas se insinuaba y la planicie africana parecía una siesta. Acomodado el equipaje, nos dispusimos a despachar el copioso almuerzo que con esmero un mayordomo había ordenado en el balcón desde el que se apreciaba el cauce vacío de una de las ramificaciones del río Arena en el área conocida por Sabi Sands. De repente, el ruido de un terremoto animal conmocionó el ambiente. Una manada de elefantes devastaba los arbustos a un tiro de piedra del alojamiento. La primera reacción fue ponernos a recaudo en el interior de la villa. Vencido el miedo inicial tras comprobar la imposibilidad de que traspusieran la barrera natural que las separaba de nosotros, volvimos al balcón a contemplar aquellas criaturas gigantescas mientras en continuo movimiento consumían el banquete vegetal.

Luego, en uno de los paseos por la reserva apreciamos más cerca de lo que creía prudente una manada más numerosa, entretenida en un gran estanque lanzándose chorros de agua mientras la contemplaba una hembra enorme, de seguro orgullosa de su creación. Se veían majestuosos en procesión ordenada en la búsqueda de comida para saciar la necesidad que viene con la corpulencia. A su paso dejaban un río de destrucción, de árboles derribados, corteza levantada y arbustos pisoteados en la sabana bañada de sol.

Atila africano o asiático, el elefante, el animal terrestre más grande, consume entre 300 y 400 libras de vegetales cada día. Su silueta recostada contra el horizonte crepuscular africano es un clásico en las fotografías de la actividad protectora de ese acorazado, contra quien solo el hombre y la biología se atreven. Es el hombre, sin embargo, el que ha causado los mayores daños en el afán por las ganancias que genera el comercio ilegal del marfil. Es un crimen imperdonable abatir para despojarla de los colmillos a una de esas bestias magníficas que se organizan en vida familiar de acuerdo a una estructura jerárquica bien definida.

Con la revolución en las ideas políticas que impulsó John Locke con su Segundo Tratado de Gobierno Civil al demostrar de manera concluyente que el origen del poder no es divino ni místico, pudo pensarse que los días de la monarquía estaban contados. No fue así, y pese a que esa pieza magistral del liberalismo clásico publicada en 1690 influyó notablemente a los fundadores de los Estados Unidos y el fortalecimiento del republicanismo que tal fenómeno histórico provocó, las casas reales aún se enseñorean en buena parte de Europa Occidental y algunos países del África y Asia.

No se trata ya del absolutismo sentenciado en los cataclismos sociales que sacudieron el establecimiento político de la monarquía europea más vieja en los últimos sesenta años del siglo XVII, incluyendo la decapitación del rey inglés Carlos I en 1649, sino de una institución "light" y hasta con variantes populistas. El secreto de la supervivencia de un sistema de gobierno que a los pobladores de un Caribe emancipado parece arcaico es el mismo de la república: la legitimidad que emana del consenso. Por ese trecho, por ejemplo, se orienta la caída de Luis Felipe, la testa coronada contra la que Carlos Marx esgrimió sus mejores credenciales de analista político en El XVIII Brumario de Luis Bonaparte. Con la abdicación del monarca se marchó el último rey de Francia.

Don Juan Carlos no depredaba la vida silvestre cuando armado de un poderoso rifle cazaba elefantes en Botsuana. Los controles son allí muy estrictos y está determinado de antemano cuáles piezas pueden ser cobradas. Los permisos sirven al principio darwinista de selección de la especie porque se elimina a ejemplares ya viejos, con los molares inútiles e imposibilitados en muy poco tiempo de valerse por sí mismos. Un elefante muda la dentadura unas seis veces. Cuando pasa del medio siglo, los molares se le desgastan y desaparecen. El mamífero anciano se aparta del grupo y busca un lugar tranquilo donde esperar la muerte. Prefiero esa suerte de eutanasia a ver esfumarse la nobleza del paquidermo en un esfuerzo vano por mantenerse en pie, alimentarse o enfrentar a los carniceros y carroñeros advertidos de la incapacidad para montar una defensa.

El safari afrentoso era una muestra evidente de disonancia entre aquel rey, divirtiéndose en una actividad de ocio costosísima -matar un elefante enfermo cuesta hasta 40 mil euros (2.2 millones de pesos dominicanos)-, y su reino de economía postrada, una tasa de desempleo del cincuenta por ciento en la población juvenil, sometido además a medidas draconianas para equilibrar las cuentas públicas y cumplir con los requerimientos de los mercados de capitales y la Unión Europea. A la insensibilidad de Su Majestad habría que añadir el elemento ladino de ocultación. La monarquía en la cumbre, ajena al sufrimiento de los de abajo: la institución deslegitimada y vista en su desnudez como un elefante blanco.

En una canción de letras aleccionadoras escuché que para encontrar el camino a veces hay que perderse. A don Juan Carlos lo afectó la epidemia de ceguera a que alude Saramago, pero encontró una voz autorizada, quizás como la del humilde Subhro en El viaje del elefante, que lo conminó a reencontrarse con la realidad y salvar la monarquía en peligro: pedir perdón públicamente. Se montó la coreografía mediática, y apenas salir de la habitación del hospital en muletas, con rostro pálido y compungido, musitó las palabras mágicas, muy reales: "Lo siento mucho, me he equivocado y no volverá ocurrir". Distante la petición de indulto de aquel "¿Por qué no te callas?" altisonante, espetado certeramente a bocajarro a un Hugo Chávez verboso en la Cumbre Iberoamericana de noviembre del 2007, en Santiago de Chile. Ahí no erró el tiro, sino que dio en la diana; y fue más rey que nunca, esta vez en la cumbre de su popularidad como en aquel 23F de 1981 cuando salvó la aún joven democracia española.

El talante del rey convaleciente era otro, humillado, avergonzado de la mácula que en sí era una burla al dolor de tanta gente castigada por los rigores de una crisis que no da señales de abatimiento. Su deseo, expuesto ante las cámaras, era reintegrarse cuanto antes a sus labores. Hubo realeza en esa petición de perdón que pareció salir de los hondones de un alma atribulada, de alguien demasiado acostumbrado a las alturas y súbitamente en el precipicio. A este Ícaro lo tumbó el sol de África; tan caído como el elefante de la foto, con la trompa recostada contra el árbol en el último capítulo de su mortalidad. Indulgencias plenarias.

Contrario al pueblo español, los elefantes tienen una memoria prodigiosa. A la variedad asiática, elephas maximus, se la encuentra en Sri Lanka, Indonesia y la India. Es inteligente y puede ser entrenada para desempeñar múltiples tareas, no así la africana, nacida para ser libre. En Tailandia y Sri Lanka se les ve acarrear pesados troncos madereros o servir de atractivo turístico, como aquella vez en que remonté la colina que lleva al Palacio del Ámbar, en Jaipur, India, en el lomo de un elefante bellamente enjaezado.

Alguien me dijo una vez no muy lejos de Colombo, la capital de Sri Lanka, que en el pasado se usaban los elefantes como verdugos, para aplastar con una de las patas delanteras la cabeza del condenado a muerte colocada sobre un tronco grueso. Nada se compara con el Perahera, el festival budista en la ciudad esrilanquesa de Kandy y donde desfilan decenas de elefantes bellamente decorados con tejidos fastuosos y luces. Es un espectáculo excepcional y en el que la máquina animal juega papel protagónico.

De la España meridional, entonces Hispania, provincia romana en manos de los cartagineses, salieron los elefantes del general Aníbal con los que cruzó los Alpes en ruta hacia la Ciudad Eterna. Cuentan que las bien amaestradas bestias de guerra sembraban el terror en las tropas enemigas. De no ser por su molicie en las delicias de Capua, el llamado padre de la estrategia pudo haber cambiado la historia y aniquilar a los romanos. Esta vez otro elefante, en versión también africana, estuvo a punto de descarrilar la monarquía española. Es toda una historia.

Hubo realeza en esa petición de perdón que pareció

salir de los hondones de un alma atribulada,

de alguien demasiado acostumbrado a las alturas

y súbitamente en el precipicio. A este Ícaro lo tumbó

el sol de África; tan caído como el elefante de la foto,

con la trompa recostada contra el árbol en el último

capítulo de su mortalidad.