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La vacuidad del recuerdo imperecedero

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La vacuidad del recuerdo imperecedero
Los años, si bien aprovechados, aumentan la sabiduría, ralentizan las pasiones y conceden un sentido de urgencia sano que induce a aprovechar al máximo lo que resta de existencia. Merman, en cambio, otras capacidades; y ese trajinar de células hacia el agotamiento e ineficiencia obliga con más frecuencia de la deseada a buscar remedios para una vida física que más temprano o tarde se apagará inevitablemente.

Los centros sanitarios de países desarrollados, sobre todo las más famosas clínicas norteamericanas, mezclan la medicina y la hospitalidad en un maridaje perfecto: limpieza impoluta, salas aireadas e iluminadas con esmero, rostros sonrientes y amabilidad al derroche. Como centros de enseñanza e investigación, con tecnología de punta y a la búsqueda de los mejores talentos en las distintas áreas de la Medicina en que se destacan, son verdaderos templos donde se rinde culto a la vida, corrijo, a la calidad de vida. Mejor aún, a la salud.

Hay otro ayuntamiento, el del comercio y el respeto a la dignidad del paciente, que convive en equilibrio adecuado. Sin que allí don dinero deje de ser poderoso caballero y antes de ver al facultativo haya que mostrar un seguro o una tarjeta de crédito financieramente bien atrincherada, sorprende el elevado número de benefactores que han aportado recursos respetables para nuevas instalaciones tanto para la investigación como para tratamientos.

Pero mientras me desnudo verbalmente de toda la historia clínica de ancestros y de la mía propia antes del chequeo obligado, me pregunto si el bautizo de todas las salas con nombres y apellidos, más otros que en largas listas estampadas en bronce adornan las paredes, no necesitan de atención médica. Pero no la de mi gastroenterólogo, sino la de un especialista en la conducta humana.

La pasión por la rememoración inútil, por una figuración pública que no se advierte desde la tumba, por la perpetuación de un nombre que a nadie ya importa, siempre me ha resultado chocante. ¿De qué vale en el más allá que la sala X del hospital X en la ciudad X tenga el nombre de alguien que allí fue médicamente bien tratado y, en agradecimiento, envió un cheque de muchos dígitos o legó la fortuna que ya no necesitaba?

Es un mal para el que no hay medicinas ni hospitales y que al parecer encontró hogar definitivo en lo más profundo de nosotros mismos. Tal es nuestra vanidad, codificada en el ADN, que nos da escalofríos de placer pensar que, ya cenizas, alguien leerá nuestro nombre y se preguntará quién fue y por qué se le menciona. O que -paroxismo de ego difunto- sabrá la historia noble que escribió en vida con sus actos la nominación esculpida en esos caracteres en tipografía pesada que identifican un pabellón clínico. Un consumo moderado de neuronas y habrá que concluir sucintamente que el tiempo peor empleado es aquel dedicado a preocuparnos del qué dirán de nosotros una vez la biología se imponga.

Habrá quienes arguyan que sí, que cuenta el orgullo de los sobrevivientes, que es de obligación familiar dejar un nombre tan virtuoso que merezca colgarse en paredes. Para la rememoración. Desconocía que las culpas o glorias propias eran atribuibles a segundas partes. Sobre todo si en verdad las segundas partes nunca son buenas.

Apenas se adentra el hombre en la aventura del saber y malamente domina las letras cuando trata de demostrarlo con la grafía de su nombre en el pupitre escolar. Las bestias marcan su territorio con excretas o con el olor que su anatomía viva genera a raudales para animar el estro de la hembra. Analfabetas, no necesitan agredir el entorno con la estampa de un nombre para determinar que les pertenece.

Si hay un parque, reparo de la rutina urbana y espacio natural de solaz, estoy siempre presto a recorrerlo. Los bancos donde se remedia la energía gastada en el caminar apresurado a propósito, o en el que nos sentamos para cavilar desbordados por el paisaje u observar a los demás homínidos en rituales que intentamos descifrar con curiosidad disimulada, llevan nombres. Hasta las luces que iluminan el sendero o la fuente para apagar la sed están señaladas con tarjas que cuantas veces por allí pasemos nos dirán quién las patrocinó.

En frondas o en bosques apartados que quizás anteceden al invento individualizador del nombre propio, es posible encontrar inscripciones, algunas testigos de cargo contra el desaprensivo que osó marcar una corteza que los siglos habían respetado. Camino a nuestro Pico Duarte, por ejemplo, hay iniciales que revelan la insania egocéntrica que llevamos dentro. Habría que haber nacido con el don de la adivinación para saber a quiénes representan esas iniciales impresas a filo de cuchilla o con quién aparejar el nombre del común mortal que subió hasta lo más alto de nuestra geografía insular, y así lo sentenció con una caligrafía basta. El espacio dedicado al centenario de Joaquín Balaguer en el Parque Mirador del Sur acusa a los torpes que allí han colocado sus nombres.

Quizás sí, quizás no, sea un hospital el mejor lugar para leer "Memorias póstumas de Brás Cubas", una obra maestra de acuerdo a Susan Sontag, escrita por un ignorado autor brasileño del siglo XIX llamado Machado de Assis. Pura coincidencia que esa novela, con el humor que hace reír a las calaveras, y cito a Salman Rushdie, el de los "Versos satánicos", sea junto a los instrumentos monetarios mi mejor acompañante a la cita médica. Y ahí leo, para enriquecer mis devaneos psicológicos, esta perla que vale citar en traducción libre, no importa la extensión:

"Quizás el lector se asombre de la franqueza con que expongo y enfatizo mi mediocridad; le recuerdo que la franqueza es la virtud más apropiada para un difunto. En vida, el ojo avizor de la opinión pública, el conflicto de intereses, la lucha de la avaricia contra la avaricia obligan al hombre a esconder sus harapos viejos, a ocultar los rasgones y parches, a retener para sí las revelaciones que hace a su conciencia; y la recompensa mayor se origina cuando el hombre al engañar a otros se engaña a sí mismo, porque en tal caso se ahorra la vergüenza, que es una experiencia dolorosa, y la hipocresía, un vicio odioso. Pero una vez muerto, ¡qué diferente! ¡Qué alivio! ¡Qué libertad! ¡Cuán glorioso resulta despojarse del manto, arrojar las lentejuelas al hoyo, abrirse a sí mismo, librarse de toda pintura y ornamentos, confesar simplemente lo que fuiste y lo que no pudiste ser! Porque después de todo, no tienes vecinos, ni amigos ni enemigos, ni conocidos ni extraños, ni audiencia alguna. El ojo agudo y judicial de la opinión pública pierde su poder tan pronto se entra en el territorio de la muerte. No niego que algunas veces echa un vistazo y nos examina y juzga, pero a nosotros los muertos no nos importan sus juicios. A ustedes que todavía viven, créanme, no hay nada en el mundo tan exageradamente inmenso como nuestra indiferencia".

Sabias conclusiones las de Machado de Assis, expuestas con el desparpajo de quien sabe que junto con la muerte también llega la indiferencia, ambas igualmente eternas. Cualidad inexistente para quienes la vacuidad del recuerdo imperecedero se ha convertido en una meta cuya consecución es imposible de confirmar.

Adviene con prontitud otro argumento, y es que el recuerdo de figuras señeras contribuye a que las generaciones siguientes emulen esas virtudes y a que la sociedad las colectivice como parte de su código de normas y las añada a su desiderátum. Algo de cierto hay en ese discurrir, que en modo alguno invalida los presupuestos anteriormente señalados. Cuando la sociedad concede categoría sin otra sujeción que el consenso colectivo alcanzado libremente, realiza un acto de justicia. Un acto espontáneo en el que no intervienen con anterioridad las ínfulas de un fulano en cuestión, convencido de méritos que existen solo en su imaginación o que no alcanzan el estadio de virtudes dignas de reproducción colectiva.

Antonio Machado, ese poeta glorioso de versos que no se borran del colectivo de la sensibilidad, planteó la verdadera grandeza con erudición y belleza inconfundibles: "Nunca perseguí la gloria / ni dejar en la memoria / de los hombres mi canción; / yo amo los mundos sutiles, / ingrávidos y gentiles / como pompas de jabón. / Me gusta verlos pintarse / de sol y grana, volar / bajo el cielo azul, temblar / súbitamente y quebrarse".

Sin perseguir la gloria ni la memoria de los hombres, lo logró con creces. Sin proponérselo, alcanza el signo anhelado de todo poeta, dejar sus versos como herencia permanente, ignorante del tiempo y de las necedades humanas. Mora en el parnaso eterno y su poesía se repite en recopilaciones y hasta canciones como inspiración interminable, como fuente inagotable de placer estético.

Lástima que nunca sepa cuán equivocado estuvo. Para satisfacción exclusiva de mortales. Y sin necesidad de escribir el nombre.

Un consumo moderado de neuronas y habrá

que concluir sucintamente que el tiempo peor

empleado es aquel dedicado a preocuparnos del qué

dirán de nosotros una vez la biología se imponga.

"Nunca perseguí la gloria

ni dejar en la memoria

de los hombres mi canción;

yo amo los mundos sutiles,

ingrávidos y gentiles

como pompas de jabón.

Me gusta verlos pintarse

de sol y grana, volar

bajo el cielo azul, temblar

súbitamente y quebrarse".