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Como un torrente de notas escapadas de instrumentos inarmónicos, ha llegado la noticia de que los estudios Abbey Road, inmortalizados en la historia de la música contemporánea por el album homónimo de los Beatles, están en venta. El propietario, el grupo Electric and Musical Industries Ltd mejor conocido por sus siglas, EMI, camina a la quiebra, ahogado por deudas que montan millones, como las copias de discos que ha vendido, en todos los formatos, desde que naciera en Alemania con el gramófono mismo, en el siglo XVIII.
A su vez, EMI es propiedad de Terra Firma Capital Partners, cuyas finanzas, contrario al nombre, se tambalean: 1500 millones de libras esterlinas (unos 78 mil millones de pesos) en pérdidas al iniciarse febrero. Ya para esta misma fecha, el año pasado, sus pasivos superaban los activos por algo más de 400 millones de libras esterlinas. No hay música que brote de esos pentagramas financieros tan maltrechos.
Reacción insospechada, expuesta en miles de mensajes de todo el mundo: hay que salvar ese pedazo de la geografía urbana de Londres. Y más que eso, tantos recuerdos, tantos éxitos musicales, tanta nostalgia por un pasado que se confunde con el presente, no pueden ser obliterados por el mercado. Allí, cuando la reina Isabel II asumía la corona, se grabó la música de la ceremonia llevada a cabo en la abadía de Westminster, salvada la distancia de varias millas con una línea alámbrica especial. No eran tiempos de "wireless", ni de satélites u otras de las maravillas que han revolucionado el mundo del sonido y la imagen.
También allí, dentro de ese recinto del londinense barrio de St John's Woods, de edificios serenos, de mediana altura y fachadas nobles, se registraban los programas radiales con que los aliados bombardeaban a los alemanes. Glenn Miller, el mago del swing y mayor del Ejército norteamericano, produjo en los Abbey Road Studios su última grabación antes de que el avión que lo transportara desapareciera para siempre en las aguas del Atlántico. El 30 de noviembre de 1944, fue producido el sexto de unos espacios musicales intercalados con mensajes en alemán dirigidos al enemigo nazi. El no menos legendario Louis Armstrong corría con los solos de trompeta.
"In the mood for love" y "Stardust" deben aún reverberar en el infinito musical de un mundo que asumió la perpetuidad, y del que John Lennon y Miller son moléculas: "And now the purple dusk of twilight time/ Steals across the meadows of my heart/High up in the sky the little stars climb/Always reminding me that we're apart..." (Y ahora que el color púrpura del crepúsculo /invade las praderas de mi corazón/, en lo alto del cielo las pequeñas estrellas suben/ recordándome siempre que estamos lejos...).
Pink Floyd también tocó historia en Abbey Rd Studios. "Dark side of the moon" (Lado oscuro de la luna), grabado en 1972, estuvo 391 semanas consecutivas entre los más vendidos de acuerdo al "Billboard". Las mejores partituras cinematográficas han sido grabadas en esos estudios: Harry Potter, El señor de los anillos, Braveheart, Los cazadores del arca perdida...
Como escribía hace dos años, Abbey Road es trayecto habitual en mi ruta hacia el pan con el sudor de la frente secado con diplomacia. Casi frente al santuario de la música, el asfalto de la calle se convierte a todo lo ancho y a un escaso metro de largo en el famoso cruce de peatones, llamado en el Reino Unido de cebras por las rayas blancas y negras que rompen la monotonía vial, donde a los fabulosos cuatro les tomaron la foto de la portada de su disco legendario.
A diario, los turistas ralentizan el tránsito porque, en rememoración de los Beatles, también quieren una instantánea en el cruce. El código británico de conducir establece que tan pronto alguien pone un pie o la humanidad en un cruce de cebras, hay que detener la máquina.
En la pared del edificio que pertenece a la EMI desde 1929, hay una placa, en bronce, dedicada a un compositor inmortal y que, en 1931, grabó allí una de las piezas claves del repertorio británico de música culta, "Land of Hope and Glory" (Tierra de gloria y esperanza), acompañado de la Orquesta Sinfónica de Londres: Sir Edward Elgar. La otra placa, invisible y de un metal desconocido, perdura en la mente de millones de bípedos para quienes la música salida de los Abbey Road Studios será hoy y mañana una avenida al deleite.
Los talleres donde el grupo inglés produjo las composiciones con las que tomó al mundo por los oídos siguen activos, pese a las penurias económicas. La pared blanca que separa Abbey Road Studios de los turistas y la calle se te mete sin permiso en el cerebro, cerebelo y bulbo raquídeo: mural de nombres, graffitis y recuerdos impresos con vocación de permanencia, como las melodías inolvidables de esos jovenzuelos del Liverpool marginal.
Está en juego una
tradición que remonta
centurias. También
el orgullo de un país
que ha producido
los conjuntos musicales
más extraordinarios
del siglo pasado.
Pues no. Cuando la pared es una mácula en todos sus centímetros, pulgadas y sistema métrico decimal, la blanquean totalmente para blanco total de otros que también se creerán estampados per saecula saeculorum en el Londres de los Beatles. Pocos días transcurren, y el muro es toda una babel de letras; y se repite la historia cromática como las canciones sin edad de John, George, Paul y Ringo en el gusto de un mundo en el que sí cuentan, cuestan y constan los años. Y también las deudas.
Es frecuente ver camiones enormes en el parqueo frontal de los estudios, portadores de los instrumentos de las grandes orquestas que aún graban allí. Con tres estudios de grabación, es de los pocos establecimientos en el mundo con espacio suficiente para acomodar, por ejemplo, a la Sinfónica o la Filarmónica de Londres.
Si "Enigma variations", también de Elgar y grabadas innúmeras veces en Abbey Road, abren todo un abanico de especulaciones musicales, las razones para la quiebra de EMI vienen claramente en notas tecnológicas. El abaratamiento de los costes de grabación y las posibilidades abiertas por los nuevos avances tecnológicos han convertido en irrelevantes a las grandes instalaciones. Sin pérdida de calidad, en cualquier rincón de una casa o un sótano puede grabarse una composición con un mínimo de equipos.
Un amigo dominicano vino el año pasado a Londres para "masterizar" la grabación de un grupo rock al que pertenece su hijo. Comparó precios, y un pequeño estudio, desconocido para mí, le hizo el trabajo a un precio muy por debajo del que le ofrecía Abbey Road. La calidad final era excelente, a juzgar por la copia que me remitió luego.
Los Abbey Road Studios son víctimas de la inexorabilidad del tiempo, que los condena a la historia. Por siglos, EMI y las compañías que le antecedieron con otros nombres, estuvieron a la vanguardia, prácticamente sin competencia. El abaratamiento de las nuevas tecnologías, al alcance de muchos en cualquier parte del mundo, los ha sacado del mercado.
Pero hay consideraciones que no caben en las columnas de ingresos y egresos de la contabilidad empresarial o en los planes de negocios. Por eso la avalancha de opiniones a favor de que se preserve ese trozo de historia ahora en venta. Porque el riesgo no es que el estudio sea cerrado o se instale allí una empresa, sino que el edificio sea derribado para dar paso a un complejo habitacional. La tierra donde están las instalaciones valen más que éstas, en un Londres donde cada palmo de terreno equivale a una pequeña fortuna. Sobre todo en barrios de solera, como St John's Woods.
Sir Paul McCartney, de los Beatles originales aún con vida, se ha interesado en el tema. Se habla, incluso, de una colecta pública para el Heritage Fund, el equivalente a nuestra Oficina de Patrimonio Cultural, adquiera los estudios e instale allí un museo de la música.
Tal vez la salvación venga de las manos de otro genio de la música y el teatro contemporáneo británicos: Andrew Lloyd Webber, el creador de la música de "Evita" ("Don't cry for me, Argentina"), "El fantasma de la ópera" y otros éxitos de factura mundial. "Abbey Road es vital para el futuro de la industria de la música en el Reino Unido", ha dicho.
Lloyd Webber, junto a Tim Rice, no sólo rescató de la ruina un género que cedía espacio aceleradamente al Broadway norteamericano, sino también varios teatros, a los que compró quebrados y transformó en operaciones rentables. Su compañía de inversiones tiene un nombre que revela el genio de su fundador y principal accionista: The Really Useful Group (el grupo realmente práctico).
Está en juego una tradición que remonta centurias. También el orgullo de un país que ha producido los conjuntos musicales más extraordinarios del siglo pasado. En la tierra de los Beatles, el espectáculo debe continuar. Los Abbey Road Studios han sido decretados imprescindibles a unanimidad. Y puede que las letras de Stardust, unidas a la música de Glenn Miller no se esfumen en el "polvo de estrellas" de los recuerdos:
"You wander down the lane and far away/Leaving me a song that will not die/Love is now the stardust of yesterday/The music of the years gone by" (deambulas por la calle, y lejos, /y me dejas una canción que no morirá/el amor ahora es un polvo de estrellas del pasado/la música de los años que se fueron).
A su vez, EMI es propiedad de Terra Firma Capital Partners, cuyas finanzas, contrario al nombre, se tambalean: 1500 millones de libras esterlinas (unos 78 mil millones de pesos) en pérdidas al iniciarse febrero. Ya para esta misma fecha, el año pasado, sus pasivos superaban los activos por algo más de 400 millones de libras esterlinas. No hay música que brote de esos pentagramas financieros tan maltrechos.
Reacción insospechada, expuesta en miles de mensajes de todo el mundo: hay que salvar ese pedazo de la geografía urbana de Londres. Y más que eso, tantos recuerdos, tantos éxitos musicales, tanta nostalgia por un pasado que se confunde con el presente, no pueden ser obliterados por el mercado. Allí, cuando la reina Isabel II asumía la corona, se grabó la música de la ceremonia llevada a cabo en la abadía de Westminster, salvada la distancia de varias millas con una línea alámbrica especial. No eran tiempos de "wireless", ni de satélites u otras de las maravillas que han revolucionado el mundo del sonido y la imagen.
También allí, dentro de ese recinto del londinense barrio de St John's Woods, de edificios serenos, de mediana altura y fachadas nobles, se registraban los programas radiales con que los aliados bombardeaban a los alemanes. Glenn Miller, el mago del swing y mayor del Ejército norteamericano, produjo en los Abbey Road Studios su última grabación antes de que el avión que lo transportara desapareciera para siempre en las aguas del Atlántico. El 30 de noviembre de 1944, fue producido el sexto de unos espacios musicales intercalados con mensajes en alemán dirigidos al enemigo nazi. El no menos legendario Louis Armstrong corría con los solos de trompeta.
"In the mood for love" y "Stardust" deben aún reverberar en el infinito musical de un mundo que asumió la perpetuidad, y del que John Lennon y Miller son moléculas: "And now the purple dusk of twilight time/ Steals across the meadows of my heart/High up in the sky the little stars climb/Always reminding me that we're apart..." (Y ahora que el color púrpura del crepúsculo /invade las praderas de mi corazón/, en lo alto del cielo las pequeñas estrellas suben/ recordándome siempre que estamos lejos...).
Pink Floyd también tocó historia en Abbey Rd Studios. "Dark side of the moon" (Lado oscuro de la luna), grabado en 1972, estuvo 391 semanas consecutivas entre los más vendidos de acuerdo al "Billboard". Las mejores partituras cinematográficas han sido grabadas en esos estudios: Harry Potter, El señor de los anillos, Braveheart, Los cazadores del arca perdida...
Como escribía hace dos años, Abbey Road es trayecto habitual en mi ruta hacia el pan con el sudor de la frente secado con diplomacia. Casi frente al santuario de la música, el asfalto de la calle se convierte a todo lo ancho y a un escaso metro de largo en el famoso cruce de peatones, llamado en el Reino Unido de cebras por las rayas blancas y negras que rompen la monotonía vial, donde a los fabulosos cuatro les tomaron la foto de la portada de su disco legendario.
A diario, los turistas ralentizan el tránsito porque, en rememoración de los Beatles, también quieren una instantánea en el cruce. El código británico de conducir establece que tan pronto alguien pone un pie o la humanidad en un cruce de cebras, hay que detener la máquina.
En la pared del edificio que pertenece a la EMI desde 1929, hay una placa, en bronce, dedicada a un compositor inmortal y que, en 1931, grabó allí una de las piezas claves del repertorio británico de música culta, "Land of Hope and Glory" (Tierra de gloria y esperanza), acompañado de la Orquesta Sinfónica de Londres: Sir Edward Elgar. La otra placa, invisible y de un metal desconocido, perdura en la mente de millones de bípedos para quienes la música salida de los Abbey Road Studios será hoy y mañana una avenida al deleite.
Los talleres donde el grupo inglés produjo las composiciones con las que tomó al mundo por los oídos siguen activos, pese a las penurias económicas. La pared blanca que separa Abbey Road Studios de los turistas y la calle se te mete sin permiso en el cerebro, cerebelo y bulbo raquídeo: mural de nombres, graffitis y recuerdos impresos con vocación de permanencia, como las melodías inolvidables de esos jovenzuelos del Liverpool marginal.
Está en juego una
tradición que remonta
centurias. También
el orgullo de un país
que ha producido
los conjuntos musicales
más extraordinarios
del siglo pasado.
Pues no. Cuando la pared es una mácula en todos sus centímetros, pulgadas y sistema métrico decimal, la blanquean totalmente para blanco total de otros que también se creerán estampados per saecula saeculorum en el Londres de los Beatles. Pocos días transcurren, y el muro es toda una babel de letras; y se repite la historia cromática como las canciones sin edad de John, George, Paul y Ringo en el gusto de un mundo en el que sí cuentan, cuestan y constan los años. Y también las deudas.
Es frecuente ver camiones enormes en el parqueo frontal de los estudios, portadores de los instrumentos de las grandes orquestas que aún graban allí. Con tres estudios de grabación, es de los pocos establecimientos en el mundo con espacio suficiente para acomodar, por ejemplo, a la Sinfónica o la Filarmónica de Londres.
Si "Enigma variations", también de Elgar y grabadas innúmeras veces en Abbey Road, abren todo un abanico de especulaciones musicales, las razones para la quiebra de EMI vienen claramente en notas tecnológicas. El abaratamiento de los costes de grabación y las posibilidades abiertas por los nuevos avances tecnológicos han convertido en irrelevantes a las grandes instalaciones. Sin pérdida de calidad, en cualquier rincón de una casa o un sótano puede grabarse una composición con un mínimo de equipos.
Un amigo dominicano vino el año pasado a Londres para "masterizar" la grabación de un grupo rock al que pertenece su hijo. Comparó precios, y un pequeño estudio, desconocido para mí, le hizo el trabajo a un precio muy por debajo del que le ofrecía Abbey Road. La calidad final era excelente, a juzgar por la copia que me remitió luego.
Los Abbey Road Studios son víctimas de la inexorabilidad del tiempo, que los condena a la historia. Por siglos, EMI y las compañías que le antecedieron con otros nombres, estuvieron a la vanguardia, prácticamente sin competencia. El abaratamiento de las nuevas tecnologías, al alcance de muchos en cualquier parte del mundo, los ha sacado del mercado.
Pero hay consideraciones que no caben en las columnas de ingresos y egresos de la contabilidad empresarial o en los planes de negocios. Por eso la avalancha de opiniones a favor de que se preserve ese trozo de historia ahora en venta. Porque el riesgo no es que el estudio sea cerrado o se instale allí una empresa, sino que el edificio sea derribado para dar paso a un complejo habitacional. La tierra donde están las instalaciones valen más que éstas, en un Londres donde cada palmo de terreno equivale a una pequeña fortuna. Sobre todo en barrios de solera, como St John's Woods.
Sir Paul McCartney, de los Beatles originales aún con vida, se ha interesado en el tema. Se habla, incluso, de una colecta pública para el Heritage Fund, el equivalente a nuestra Oficina de Patrimonio Cultural, adquiera los estudios e instale allí un museo de la música.
Tal vez la salvación venga de las manos de otro genio de la música y el teatro contemporáneo británicos: Andrew Lloyd Webber, el creador de la música de "Evita" ("Don't cry for me, Argentina"), "El fantasma de la ópera" y otros éxitos de factura mundial. "Abbey Road es vital para el futuro de la industria de la música en el Reino Unido", ha dicho.
Lloyd Webber, junto a Tim Rice, no sólo rescató de la ruina un género que cedía espacio aceleradamente al Broadway norteamericano, sino también varios teatros, a los que compró quebrados y transformó en operaciones rentables. Su compañía de inversiones tiene un nombre que revela el genio de su fundador y principal accionista: The Really Useful Group (el grupo realmente práctico).
Está en juego una tradición que remonta centurias. También el orgullo de un país que ha producido los conjuntos musicales más extraordinarios del siglo pasado. En la tierra de los Beatles, el espectáculo debe continuar. Los Abbey Road Studios han sido decretados imprescindibles a unanimidad. Y puede que las letras de Stardust, unidas a la música de Glenn Miller no se esfumen en el "polvo de estrellas" de los recuerdos:
"You wander down the lane and far away/Leaving me a song that will not die/Love is now the stardust of yesterday/The music of the years gone by" (deambulas por la calle, y lejos, /y me dejas una canción que no morirá/el amor ahora es un polvo de estrellas del pasado/la música de los años que se fueron).
Diario Libre
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