Ligia Minaya
Ligia Minaya
20181013 https://www.diariolibre.com

La muerte, y su aguijón, siempre quiebran. Aún cuando las circunstancias te adviertan de lo posible, cuando llega, la muerte termina lacerándote. Se caen las alas y las velas como decía Rafael Alberti. El mismo poeta que enseñó que para “tragar la muerte de la vida” hay que “tapar la vida de la muerte”.

¿Cómo puede recordarse la partida de una mujer que estuvo presente en mi vida desde mi infancia hasta sus últimos días? ¿Escribir una elegía, construir una oda a su lenta muerte, hacer el encomio de los buenos tiempos vividos o el epílogo de sus días cansados y tristes que terminaron venciéndola? Nada es válido ya. Sólo el recuerdo, la risa sonora, el estrépito de sus andanzas, el coloquio mudo de sus añoranzas perdidas. Y sus letras. Mi homenaje es un repaso a sus cartas, donde podemos encontrar las fuentes de sus apremios, de sus aflicciones, de sus venturas, de sus sueños. No tengo hoy otra forma de recordarla.

A José Rafael Lantigua

“Ahora leo mucho. Tengo tiempo de sobra, en especial en invierno cuando el frío, la nieve, la oscuridad que aparece a media tarde me lleva a refugiarme en los libros. Dicen que no hay mal que por bien no venga, y el invierno es una buena estación para tirarme en el sofá y leer y leer hasta que los ojos aguanten”.

A Freddy Ginebra

“Por mucho tiempo me sentí abandonada. ¿Cómo era posible que una madre dejara sola a su hija tan pequeña para irse al cielo a buscarle una muñeca? Pero el tiempo que todo lo cura me hizo descubrir que esa ida había sido producto de una septicemia, una enfermedad difícil, para la que no había medicamentos suficientes en ese tiempo. Moca era una aldea y por más que los médicos pusieron de su parte, su destino era irse, y antes de hacerlo pidió que su niña se quedara a vivir en manos de los abuelos paternos. Por mucho tiempo, esa decisión enfrentó a las dos familias. Si faltaba la madre, lo lógico es que yo quedara con la familia materna, los Belliard. Pero esa familia, en especial la abuela materna, se oponía al matrimonio. A tanto llegó la cosa que la abuela Chea, la maldijo, diciéndole que la prefería muerta antes que casada con mi padre. Y se cumplió la maldición. A los once meses de casada mi madre murió”.

A Rocío López

“Mi querida Rocío de la mañana. Hoy pienso que la vida se me ha ido por delante y no tengo fuerzas ni tiempo para alcanzarla. Si bien es cierto que nadie nos quita lo bailao, hay danzas, merengues, sones, bachatas, boleros y hasta hip-hop, que se nos quedan sin bailar...Estoy entre dos aguas que amenazan ahogarme. Parece que mi alma no se compagina con mi cuerpo”.

A Abilio Estévez

“Me ha llegado la green card, que no es verde. Es de un rosado luminoso o algo así. Y desde ese momento, con la convicción de una nueva vida, he comenzado a ver a Estados Unidos con otra mirada. Ya no soy una turista. Ya no soy la que viene y se queda unas semanas, va de compras, a museos, se alegra con la nieve y el paisaje, y se vuelve tan fresquita a su país. No. Hay días que estoy en una nube. De repente me asalta la inquietud y, dentro de esa inquietud, la certeza de saber que este viaje es sin regreso. Entonces me lleno de terror”.

A mi padre

“Yo era tu preferida, tu joya favorita, y como las joyas no necesitan de cariño, tú sólo te ocupabas de lucirme, de decir ante todos que estabas orgulloso de tu hija. Un orgullo envuelto en papel de regalo. Un regalo al que nunca contribuiste. ¡Ay, papá, si hubiéramos podido hablar de esas cosas que ahora te cuento, que diferente hubiera sido mi vida! Pero no hubo oportunidad. Tu ausencia no lo permitió y yo no tenía edad para poner en palabras lo que pasaba por mi mente y por mi cuerpo. Ahora quisiera que la vida (o la muerte) nos diera la ocasión de volver a ser padre e hija. Así daríamos solución a ese karma”.

Otra carta a Abilio Estévez

“Después de tres meses en la isla, arreglando asuntos personales, cerrando situaciones que no podía dejar abiertas, he regresado con cuarenta cajas de libros y mis cuadros. Al bajar las escaleras sentí que la tierra se movía bajo mis pies. Un vértigo se apoderó de mí. Me despedí de mis ventanas cubiertas de trinitarias y de orquídeas, del mar que cada día me saludaba con ese tono azul-verde de cada mañana y de azul intenso por las tardes, como sólo lo tiene el Caribe. Mientras me despedía, los almendros que rodean la casa, relucían, sus hojas verdes de un lado y color naranja por encima, parecían decirme adiós. He llorado. Mis lágrimas decían cuánto los he querido. Los seguiré queriendo, ahora desde aquí, tan lejos. Lo peor ha sido dejar atrás a mis amigas. Mi vida ha cerrado un círculo que en su cierre me duele, me atemoriza y sangra”.

A Martha Beato

“¿Sabes que los médicos de Estados Unidos hasta para un dolor de muelas te recetan antidepresivos? A los norteamericanos les hace falta la alegría de un abrazo jamaquiao, de una visita sin aviso previo, de escuchar música alegre desde el radio de la vecina, en el autobús, en el Banco y el supermercado y encontrarse con gente que sin conocerle le ponga conversación...Te cuento lo de las pastillas antidepresivas porque en EUA la depresión no se admite. Como tampoco admiten el llanto como desahogo, la ira ante una situación injusta, ni una mala palabra para liberar la tensión. Todo tiene que ser políticamente correcto”.

A Rafael Chaljub Mejía

“A pesar de todo, de tanto esfuerzo, de tanta sangre derramada parece que hoy día han triunfado los hipócritas, los mentirosos, la crápula política y los ladrones. Yo te pregunto, ¿ha valido la pena tanto dolor, tanta muerte, tanta cárcel, tanta tortura, tantas lágrimas y tanto exilio? Te lo pregunto porque aún teniendo mi propia respuesta no me atrevo a contestarme. Ahora sólo queda la añoranza de lo que pudo ser y no fue”.

A Adriano Miguel Tejada

“Uno de los graves problemas de los dominicanos es que, de los diez millones que habitan el territorio nacional, la mayoría se cree apto para dirigir el país. Pienso que esto nos viene de ver que, por la colina de la Moisés García, han pasando tantos ineptos que cualquier chinero de la esquina siente que tiene igual o más capacidad de gobernar que cualquiera de ellos. ¡Ay, amigo, “que desencanto tan hondo, que desconsuelo brutal...!”

A Agripino Núñez Collado

“Padre Agripino, le dejo dicho que no creo en el infierno. Puede ser que en otra vida sí. En una que haya tiempo para pensar y reflexionar de lo que hemos hecho mal en ésta. Pero aún así, tengo mis dudas. Nadie ha vuelto para darnos constancia de lo que hay en el Más Allá. Mientras tanto, sigo llevando a Dios dentro de mí, tratando de vivir en paz con mi conciencia y llevándome lo mejor que pueda con quienes me rodean”.

www.jrlantigua.com

Libros
Cartas desde Denver
Cartas desde Denver

Ligia Minaya (Ediciones Librería La Trinitaria, 2010. 151 págs.)

Por cerca de veinte años, la autora se estableció en Denver, Colorado, junto a su hijo Otto Van Troi Perozo Minaya. Estas cartas las dirigió en distintos momentos a sus amigos y amigas en Santo Domingo y, entre otros, a un destacado escritor cubano radicado en Barcelona.

Cartas a mi nieto
Cartas a mi nieto

Ligia Minaya (Editorial Santuario, 2013. 62 págs.)

La autora escribe a su único nieto para mostrarle los caminos de la vida y apremiarle a vivir bajo un sistema de valores. Ligia quiso con este libro que otras abuelas y abuelos escribiesen a sus descendientes para construir hombres y mujeres correctos.

El callejón de las flores
El callejón de las flores

Ligia Minaya (Cocolo Editorial, 1999. 89 págs.)

Conjunto de relatos que le merecieron a la autora el premio Nacional de Cuento. Indiscutiblemente, su mejor libro. Ángela Hernández dijo del mismo que “a muchos asombrará la prosa fluida, viva y provocante de Ligia Minaya. Nadie quedará impávido ante la misma”.

Palabras de mujer
Palabras de mujer

Ligia Minaya (Editora de Colores, 1997. 212 págs.)

Primer libro publicado por la autora, hace veintiún años. En el mismo se recogen los artículos que publicaba entonces en el extinto diario Última Hora, donde inició su carrera de escritora y de columnista aguda, libre, madura y vertical.

Si cayese la ausencia
Si cayese la ausencia

Ligia Minaya (Editorial Santuario, 2011. 131 págs.)

Su último libro que alcanzó luego, como con otros de sus libros, una segunda edición. Una novela sobre el temor que se siente ante la soledad. La trama plantea el dolor que causa cuando, después de una vida próspera y feliz, se originan cambios que taladran el corazón.

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