Los años del arcoíris

La música y sus intérpretes se nos han acercado, se han colado en la intimidad del hogar y han devenido manifestaciones estéticas y artistas personales.
$!Los años del arcoíris

Rumiaba el director de este diario significados de vida apenas rota su barrera de los 70 años, y compartía la alegría de testimoniar, a horcajadas entre dos siglos, avances tecnológicos inimaginables décadas atrás. De un mundo en blanco y negro hemos transitado a “a uno a todo color y de las largas conversaciones de amigos a los grandes silencios que impone la tecnología de las comunicaciones”.

Lo del color es una metáfora poderosa que evoca diversidad de opiniones e interpretaciones de la realidad potenciadas por las posibilidades múltiples de expresarlas. Se ha ensanchado el campo de las libertades, y con el estirón ha explosionado la creatividad. Abiertas nuevas avenidas al arte, el espíritu humano ha remontado alturas. En fin, sentenciaba Adriano Miguel Tejada, hemos vivido tiempos excitantes. Yo, que le piso los talones en vueltas al calendario, secundo plenamente sus apreciaciones. Si de tonalidades se trata, nos han tocado los años del arcoíris.

Habría material para elucubraciones filosóficas capaces de ocupar todo el fin de semana. Me quedo en terrenos que hollo con frecuencia y en los que la tecnología ha hecho florecer verdades con una lozanía que, con la licencia de la edad, se me antojan ya eternas. La música y sus intérpretes se nos han acercado, se han colado en la intimidad del hogar y han devenido manifestaciones estéticas y artistas personales. Existen exclusivamente para nosotros ya sea en un cotorro, en un home theatre espectacular o en cualquier espacio donde podamos desplegar la tableta uncida a unos cascos que dejarían sin voz a Frank Sinatra o a John Lennon.

Antes de que este 2018 caduque, guardó entre sus fechas la muerte de dos figuras relevantes de la música popular: Luis Enrique Gatica Silva y Shahnour Vaghinag Aznavourian. Lucho Gatica y Charles Aznavour, por más señas. En conjunto, abarcaron más de medio siglo de popularidad y sus interpretaciones forjaron estilos que aún prevalecen. El chileno Gatica asentó el bolero como género romántico por excelencia, mientras que Aznavour quebró récords de venta de discos y grabó en más idiomas que en los que el papa da la bendición urbi et orbe. Hasta poco antes del primero de octubre cuando cesó su voz a los 94 años, andaba de gira. Es más, me aprestaba a comprar boletos para uno de sus conciertos en Europa.

Cómo olvidar cuando en mis años de estudiante, en la prehistoria, asistí a uno de los espectáculos en directo de Aznavour. Fue en el London Palladium, y la ligereza de mis bolsillos sumada al precio pesado de los buenos asientos, me depararon unas gradas a las que llegué escalando. Desconocía la fobia a las alturas, pero la habría superado cuando la grandeza de su arte se apropió del proscenio, minúsculo él tanto por su estatura como por lo alto de donde lo veía. Todo de negro bajo el haz de luz que lo perseguía, arrancó un concierto inolvidable. Agotó casi todo el repertorio en inglés y The old fashioned way sirvió de trampolín a sus dotes histriónicas. De espaldas, abrazado a sí mismo, cantaba y bailaba al ritmo de su canción melodiosa, a la imaginación lo que dicen las letras del otro cuerpo derretido en el abrazo.

Mi sueño años atrás fue siempre ver a Aznavour en el Olympia, en París, recorriendo en francés su cancionero y probando lo que de él dijo Jean Cocteau: “Antes de Aznavour, la desesperación era impopular”. La tecnología lo ha hecho posible, con ventaja añadida. Puede verse y oírse al chansonnier con total claridad, mejorado el sonido y recogido el ambiente de la sala de concierto con una fidelidad que jamás anticipé cuando Miñín Soto, en la década de los sesenta, al mediodía y desde Radio Universal, nos introducía a la magia musical del franco-armenio, héroe silencioso que escondió judíos durante la vesania nazi en la Francia ocupada.

Aznavour en el Olympia, Aznavour con Avec, La bohème, Mourir d´aimer, Hier encore, Emmenez moi, Comme ils disent en los labios, están al alcance en YouTube o en colecciones de dvd. En lo que a Lucho Gatica toca, sus mejores interpretaciones fueron ya remasterizadas. Contigo en la distancia suena más cerca y Las muchachas de la Plaza España son muchísimo más bonitas. Todo gracia a procedimientos digitales, reconocido ya hasta por la Real Academia de la Lengua al sancionar el verbo remasterizar.

Mi entusiasmo por asistir a conciertos se ha atemperado. Hay puristas que apuestan por los directos y andan sobrados de razón. Ver a los artistas en el escenario nos devuelve a un mundo real en el que caben las emociones y el contacto humano reprueba la tesis de la automatización futura. Contemplar la introspección de Mitsuko Uchida (cumplió 70 en diciembre del año pasado) al teclado enfrascada en los conciertos para piano 17 y 25 de Mozart mientras dirige la Orquesta de Cleveland, es subir un par de peldaños escalera hacia el paraíso. Mas, tenerla a unos cuantos metros de distancia, extrayendo con la sutileza de sus dedos ágiles cuanto hay de imaginable y secreto en los Nocturnos de Chopin, es ya el paraíso. Porque hay una corriente invisible de emociones que fluye, porque hay notas hasta en las muchas arrugas de su rostro oriental y porque detrás de los párpados que cierran sus ojos está el genio mismo, la chispa inspiradora del compositor polaco.

La cabalgata entre dos siglos, como testigo de los avances tecnológicos que han permitido descubrir nuevos sonidos, suma privilegios. Como, por ejemplo, deleitarse en directo con Mstislav Leopoldovich “Slava” Rostropovich ascendiendo con su chelo hasta las alturas de Bach y luego, al día siguiente, asistir a su majestuosa conducción de la Orquesta Sinfónica de Boston por los contornos de la Novena Sinfonía de Beethoven. Fue el violonchelista del siglo XX, y nos dejó para siempre la riqueza de su talento musical aunque muriese en el 2007. Tanto, que me doy el lujo de visionar algunas de sus grabaciones y, a seguidas, poner en pantalla a otro par suyo que también toca el violonchelo con pasión desbordante: Mischa Maisky.

Para quienes hemos vivido y amado la música en dos siglos, sin importar cómo la adjetiven, la tecnología nos ha servido en este XXI las aplicaciones Met opera on demand y Digital Concert Hall, de la Berliner Philharmoniker. En la solemnidad del hogar y por unas suscripciones más que razonables, se accede a centenares de óperas y conciertos. A mano la posibilidad de deleitarse en directo con las presentaciones de la prestigiosa orquesta alemana, que tuvo de director por 35 años a Herbert Von Karajan. Gustavo Dudamel nos llegó desde Taiwán en noviembre, con obras de Bernstein y el inmenso Mahler. En mi agenda ya, Daniel Barenboim de solista en el concierto para piano número 26 de Mozart. Para despedir en grande el año este 31 de diciembre.

Celebro cuando “bajo” esas óperas y conciertos a mi televisor de pantalla generosa, en un auditorio ocupado solo por mí. Puedo repetir pasajes, eliminar intermedios, distraerme; y llamarme a capítulo por entretener tonterías mentales cuando enfrente tengo imágenes a todo color, salas y montajes que jamás imaginaron ni podrán ver los autores de esas joyas musicales clásicas. El cine, el llamado séptimo arte, ha acusado quizás los mayores impactos tecnológicos. Casi desde su infancia, fue imagen y sonido, contrario a la música de difusión masiva, a la que catapultó el canal de televisión por cable MTV y que la banda británica de rock Dire Straits deifica en su irrepetible Money for nothing. La tercera dimensión, el 3D, llegó a a las casas años ha.

Cada quien es maduro, como la mujer en la canción de Nicola da Bari Los días del arcoíris, en la época justa y en justa medida. Arrogancia ninguna si afirmamos que tanto a la espalda como al frente encontramos el tiempo mejor.

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