Los campos, los pueblos y los caminos en 1900

Numerosos testigos cuentan que antes y después del año 1900 tomaba tres días y dos noches viajar de Santo Domingo a Santiago. Como no había carreteras, el viaje se hacía a caballo y los jinetes pasaban grandes trabajos cruzando los pantanos, serranías y ríos que entorpecían sus pasos entre la capital y Bonao.
Siete horas necesitaban los viajeros para trasladarse de Bonao a La Vega; otras tres horas consumía el viaje entre La Vega y Santiago. De esta ciudad a Puerto Plata el viaje se hacía más fácil por el ferrocarril que cruzaba la cordillera en seis horas y media, en tanto que un viaje en tren de La Vega a Sánchez, en la Bahía de Samaná, tomaba más de seis horas.
Trasladarse de Santo Domingo a los pueblos del este era más fácil gracias a la llanura de esta zona, pero los viajeros también tenían que montar a caballo pues tampoco existían las carreteras en esa región. La ruta hacia Higüey, el pueblo más oriental de la isla, se hacía por la vía de Los Llanos, Hato Mayor y el Seibo.
Por el oeste la ruta llevaba a San Cristóbal, Baní y Azua por senderos estrechos, cabalgando por pantanos y despeñaderos, sabanas y montes. A partir de Baní, el viajero enfrentaba desiertos espinosos que se hacían cada vez más inhóspitos cuanto más se adentraba hacia occidente hasta llegar al Valle de San Juan o al oasis de Neiba.
De Santiago a Montecristi, el desierto apenas había sido clareado por los cosecheros de tabaco de las aldeas de Quinigua, Navarrete, Mao y Guayubín, y por los cortadores de madera en los alrededores de Montecristi. Este territorio tenía tan poca gente que era llamado entonces "el Despoblado de Santiago". Comprendía toda la cuenca baja del río Yaque del Norte, la cual estaba casi enteramente cubierta de cactus y árboles de campeche, cambrón, y otros árboles de madera dura propios del bosque seco y espinoso.
El país tenía entonces grandes espacios sin explotar. Las cordilleras estaban despobladas y cubiertas de bosques, y apenas habían sido penetradas por unos pocos colonos asentados en sus valles intramontanos, como Jarabacoa. En agosto de 1900 este valle todavía estaba cubierto de pinos y cedros que recién comenzaban a ser explotados por algunos empresarios locales.
Las cuencas bajas de los ríos Camú y Yuna estaban igualmente deshabitadas y cubiertas por tupidos bosques que alternaban con extensas sabanas en donde pastaban grandes rebaños de ganado suelto pues todavía no se acostumbraba cercar los pastizales.
Los dueños de esos hatos y haciendas ganaderas vivían en los pueblos, mientras el ganado era atendido por unos pocos peones que llevaban una vida rústica alojados en bohíos de yaguas cuyo único mueble era una hamaca o una barbacoa. La dieta de estos peones se parecía mucho a la dieta campesina típica: carne de res, plátanos y raíces con algo de leche, café y chocolate y algunas frutas silvestres.
Selvas completamente vírgenes cubrían las serranías de Yamasá y Los Haitises. Las llanuras costeras del nordeste también estaban cubiertas de bosques que hasta entonces sólo habían sido tocados por algunos pioneros madereros que explotaban los árboles de caoba. Una vez deforestadas estas llanuras, muchas tierras cercanas a Puerto Plata fueron convertidas en plantaciones de caña de azúcar y bananos.
En los llanos orientales los bosques ya habían sido cortados, no tanto para recuperar las maderas como para crear plantaciones de caña de azúcar, al igual que ocurrió en las cercanías de Santo Domingo, San Cristóbal, Baní y Azua.
En el suroeste todavía prevalecía la explotación del guayacán, la caoba y el campeche, en tanto que en el norte y el nordeste dominaban los cortes de caoba. La explotación del campeche y la caoba era la principal actividad económica de los habitantes de Montecristi y la Línea Noroeste.
En La Vega operaban dos aserraderos que se abastecían de los bosques de pino de las montañas cercanas que desaguaban en el río Camú, cuya rápida corriente ayudaba a transportar los troncos. En Santiago también había otros aserraderos que procesaban pinos de la sierra que eran llevados a la ciudad haciéndolos flotar aguas abajo por las corrientes de los ríos Bao y Yaque.
Para abrir plantaciones de café y cacao también se tumbaron grandes bosques en los alrededores de San Cristóbal, San Francisco de Macorís, La Vega, Moca y Salcedo. Las fincas de café se extendieron por las zonas húmedas de las montañas en donde algunos hacendados crearon importantes plantaciones, y fueron rápidamente imitados por campesinos más pobres que descubrieron en el café un cultivo comercial que producía rendimientos crecientes cada año.
En la víspera del siglo XX, La Vega, Moca y San Francisco de Macorís eran todavía regiones ganaderas. Allí la crianza de reses y cerdos alternaba con una agricultura de subsistencia que era complementada con las cosechas de tabaco, café y cacao.
La principal región tabacalera del país era Santiago de los Caballeros con sus campos vecinos, Tavera, Baitoa, Puñal, Canca, Licey, Tamboril, Gurabo y Quinigua. Estos lugares eran cultivados desde mediados del siglo XVIII. En ellos habitaban numerosas familias campesinas conectadas con el mercado mundial a través de una complicada red de corredores, financistas y comerciantes que controlaban el comercio del tabaco.
El escritor Tulio Cestero, quien hizo un viaje al Cibao entre agosto y octubre de 1900, ofrece una lista de los comercios de los principales pueblos del Cibao en el verano de 1900. Este viajero menciona 11 grandes casas comerciales en La Vega, 28 en Santiago, 18 en Puerto Plata, 9 en Moca y 9 en San Francisco de Macorís.
Estas no eran las únicas empresas de estos pueblos pues había numerosos comercios más pequeños. Moca, por ejemplo, tenía 190 establecimientos comerciales registrados y patentados por el Ayuntamiento; San Francisco de Macorís tenía 107; Santiago 356; Puerto Plata 191; mientras La Vega tenía 100.
La mayoría de estos establecimientos eran tiendas minoristas y talleres atendidos casi siempre por sus dueños con ayuda familiar. En los pueblos del interior casi todos los comercios eran propiedad de dominicanos, pero en los puertos principales, Santo Domingo, San Pedro de Macorís, Puerto Plata y Sánchez, había un importante grupo de empresarios extranjeros y firmas extranjeras que controlaban el comercio de importación y exportación, y mantenían estrechos lazos con las principales casas comerciales de los pueblos del interior.
Estos pueblos eran bastante pequeños. Santiago tenía entonces 10,000 habitantes, en tanto que la población de Santo Domingo apenas sobrepasaba las 15,000 personas. Los demás poblados tenían pocas calles y pocas casas, aunque Sánchez, Puerto Plata, La Vega, Azua, Montecristi y San Pedro de Macorís se consideraban ciudades importantes por funcionar como centros de acopio y distribución de amplias regiones ganaderas, agrícolas, madereras o azucareras. A pesar de su importancia económica, la población de estas "ciudades" no sobrepasaba las cinco mil personas.
Estos centros poblados se conectaban entre sí a través de una primitiva red de caminos de herradura que permitían el paso de carretas sólo en muy cortos tramos. Tanto en la narrativa de Cestero como en muchas otras crónicas de esa época los escritores no cesaban de deplorar la falta de caminos carreteros:
"De Santo Domingo hasta La Vega, cuenta Cestero, el camino era un solo pantano; no caminaban veinte pasos las bestias sin atravesar charcos, verdaderos arroyos de lodo, en los cuales el animal se sumerge hasta la barriga y sale gracias a la voluntad de las bestias criollas, a la espuela y los gritos del jinete...Hacer caminos, he ahí la gran obra de empresa inmediata. Mientras los caminos sean estos pantanos interminables, estas veredas estrechas, estas agrias cuestas, el Progreso no pasará por ellos. Hay un gran número de frutos menores en el Cibao que podrían traerse a la Capital y hay en Santo Domingo productos industriales que podrían ser llevados allí; operaciones ventajosas para ambos mercados. Pero sin caminos que hagan rápido y barato el transporte, ¿cómo ha de llevarse a cabo este cambio útil y necesario? El Gobierno debiera pensar menos en los palacios de las ciudades y más en los caminos".
Siete horas necesitaban los viajeros para trasladarse de Bonao a La Vega; otras tres horas consumía el viaje entre La Vega y Santiago. De esta ciudad a Puerto Plata el viaje se hacía más fácil por el ferrocarril que cruzaba la cordillera en seis horas y media, en tanto que un viaje en tren de La Vega a Sánchez, en la Bahía de Samaná, tomaba más de seis horas.
Trasladarse de Santo Domingo a los pueblos del este era más fácil gracias a la llanura de esta zona, pero los viajeros también tenían que montar a caballo pues tampoco existían las carreteras en esa región. La ruta hacia Higüey, el pueblo más oriental de la isla, se hacía por la vía de Los Llanos, Hato Mayor y el Seibo.
Por el oeste la ruta llevaba a San Cristóbal, Baní y Azua por senderos estrechos, cabalgando por pantanos y despeñaderos, sabanas y montes. A partir de Baní, el viajero enfrentaba desiertos espinosos que se hacían cada vez más inhóspitos cuanto más se adentraba hacia occidente hasta llegar al Valle de San Juan o al oasis de Neiba.
De Santiago a Montecristi, el desierto apenas había sido clareado por los cosecheros de tabaco de las aldeas de Quinigua, Navarrete, Mao y Guayubín, y por los cortadores de madera en los alrededores de Montecristi. Este territorio tenía tan poca gente que era llamado entonces "el Despoblado de Santiago". Comprendía toda la cuenca baja del río Yaque del Norte, la cual estaba casi enteramente cubierta de cactus y árboles de campeche, cambrón, y otros árboles de madera dura propios del bosque seco y espinoso.
El país tenía entonces grandes espacios sin explotar. Las cordilleras estaban despobladas y cubiertas de bosques, y apenas habían sido penetradas por unos pocos colonos asentados en sus valles intramontanos, como Jarabacoa. En agosto de 1900 este valle todavía estaba cubierto de pinos y cedros que recién comenzaban a ser explotados por algunos empresarios locales.
Las cuencas bajas de los ríos Camú y Yuna estaban igualmente deshabitadas y cubiertas por tupidos bosques que alternaban con extensas sabanas en donde pastaban grandes rebaños de ganado suelto pues todavía no se acostumbraba cercar los pastizales.
Los dueños de esos hatos y haciendas ganaderas vivían en los pueblos, mientras el ganado era atendido por unos pocos peones que llevaban una vida rústica alojados en bohíos de yaguas cuyo único mueble era una hamaca o una barbacoa. La dieta de estos peones se parecía mucho a la dieta campesina típica: carne de res, plátanos y raíces con algo de leche, café y chocolate y algunas frutas silvestres.
Selvas completamente vírgenes cubrían las serranías de Yamasá y Los Haitises. Las llanuras costeras del nordeste también estaban cubiertas de bosques que hasta entonces sólo habían sido tocados por algunos pioneros madereros que explotaban los árboles de caoba. Una vez deforestadas estas llanuras, muchas tierras cercanas a Puerto Plata fueron convertidas en plantaciones de caña de azúcar y bananos.
En los llanos orientales los bosques ya habían sido cortados, no tanto para recuperar las maderas como para crear plantaciones de caña de azúcar, al igual que ocurrió en las cercanías de Santo Domingo, San Cristóbal, Baní y Azua.
En el suroeste todavía prevalecía la explotación del guayacán, la caoba y el campeche, en tanto que en el norte y el nordeste dominaban los cortes de caoba. La explotación del campeche y la caoba era la principal actividad económica de los habitantes de Montecristi y la Línea Noroeste.
En La Vega operaban dos aserraderos que se abastecían de los bosques de pino de las montañas cercanas que desaguaban en el río Camú, cuya rápida corriente ayudaba a transportar los troncos. En Santiago también había otros aserraderos que procesaban pinos de la sierra que eran llevados a la ciudad haciéndolos flotar aguas abajo por las corrientes de los ríos Bao y Yaque.
Para abrir plantaciones de café y cacao también se tumbaron grandes bosques en los alrededores de San Cristóbal, San Francisco de Macorís, La Vega, Moca y Salcedo. Las fincas de café se extendieron por las zonas húmedas de las montañas en donde algunos hacendados crearon importantes plantaciones, y fueron rápidamente imitados por campesinos más pobres que descubrieron en el café un cultivo comercial que producía rendimientos crecientes cada año.
En la víspera del siglo XX, La Vega, Moca y San Francisco de Macorís eran todavía regiones ganaderas. Allí la crianza de reses y cerdos alternaba con una agricultura de subsistencia que era complementada con las cosechas de tabaco, café y cacao.
La principal región tabacalera del país era Santiago de los Caballeros con sus campos vecinos, Tavera, Baitoa, Puñal, Canca, Licey, Tamboril, Gurabo y Quinigua. Estos lugares eran cultivados desde mediados del siglo XVIII. En ellos habitaban numerosas familias campesinas conectadas con el mercado mundial a través de una complicada red de corredores, financistas y comerciantes que controlaban el comercio del tabaco.
El escritor Tulio Cestero, quien hizo un viaje al Cibao entre agosto y octubre de 1900, ofrece una lista de los comercios de los principales pueblos del Cibao en el verano de 1900. Este viajero menciona 11 grandes casas comerciales en La Vega, 28 en Santiago, 18 en Puerto Plata, 9 en Moca y 9 en San Francisco de Macorís.
Estas no eran las únicas empresas de estos pueblos pues había numerosos comercios más pequeños. Moca, por ejemplo, tenía 190 establecimientos comerciales registrados y patentados por el Ayuntamiento; San Francisco de Macorís tenía 107; Santiago 356; Puerto Plata 191; mientras La Vega tenía 100.
La mayoría de estos establecimientos eran tiendas minoristas y talleres atendidos casi siempre por sus dueños con ayuda familiar. En los pueblos del interior casi todos los comercios eran propiedad de dominicanos, pero en los puertos principales, Santo Domingo, San Pedro de Macorís, Puerto Plata y Sánchez, había un importante grupo de empresarios extranjeros y firmas extranjeras que controlaban el comercio de importación y exportación, y mantenían estrechos lazos con las principales casas comerciales de los pueblos del interior.
Estos pueblos eran bastante pequeños. Santiago tenía entonces 10,000 habitantes, en tanto que la población de Santo Domingo apenas sobrepasaba las 15,000 personas. Los demás poblados tenían pocas calles y pocas casas, aunque Sánchez, Puerto Plata, La Vega, Azua, Montecristi y San Pedro de Macorís se consideraban ciudades importantes por funcionar como centros de acopio y distribución de amplias regiones ganaderas, agrícolas, madereras o azucareras. A pesar de su importancia económica, la población de estas "ciudades" no sobrepasaba las cinco mil personas.
Estos centros poblados se conectaban entre sí a través de una primitiva red de caminos de herradura que permitían el paso de carretas sólo en muy cortos tramos. Tanto en la narrativa de Cestero como en muchas otras crónicas de esa época los escritores no cesaban de deplorar la falta de caminos carreteros:
"De Santo Domingo hasta La Vega, cuenta Cestero, el camino era un solo pantano; no caminaban veinte pasos las bestias sin atravesar charcos, verdaderos arroyos de lodo, en los cuales el animal se sumerge hasta la barriga y sale gracias a la voluntad de las bestias criollas, a la espuela y los gritos del jinete...Hacer caminos, he ahí la gran obra de empresa inmediata. Mientras los caminos sean estos pantanos interminables, estas veredas estrechas, estas agrias cuestas, el Progreso no pasará por ellos. Hay un gran número de frutos menores en el Cibao que podrían traerse a la Capital y hay en Santo Domingo productos industriales que podrían ser llevados allí; operaciones ventajosas para ambos mercados. Pero sin caminos que hagan rápido y barato el transporte, ¿cómo ha de llevarse a cabo este cambio útil y necesario? El Gobierno debiera pensar menos en los palacios de las ciudades y más en los caminos".
Trasladarse de Santo
Domingo a los pueblos
del este era más fácil
gracias a la llanura
de esta zona, pero los
viajeros también tenían
que montar a caballo
pues tampoco
existían las carreteras
en esa región.
Domingo a los pueblos
del este era más fácil
gracias a la llanura
de esta zona, pero los
viajeros también tenían
que montar a caballo
pues tampoco
existían las carreteras
en esa región.
Diario Libre
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