20170513 https://www.diariolibre.com

Voy, vengo, y Londres conserva siempre el encanto de ciudad inolvidable, inobjetable en su trazado de gran capital en la que se fusionan estilos arquitectónicos, colores tibios, parques de calma verde y un tráfago incesante en algunos puntos.

El retorno devuelve con soltura las emociones de otrora, como si las impresiones de la primera vez se reprodujeran y la geografía urbana se renovara en un afán interminable para impresionar, cautivar y ahondar pasiones que son nuevas porque crecieron a prueba de calendario. Barriadas dormidas bajo cubierta de grises, calles húmedas por el rocío o la lluvia imperceptible, luz diurna moderada por nubes avasalladoras, multitudes de todas las razas y un tráfico que trastorna porque allá se conduce a la izquierda, como para contrariar convenciones y demostrar la especificidad de una nación que una vez dominó al mundo y derrotó igualmente las pretensiones napoleónicas o fascistas.

Hay un Londres imponente, de monumentos que rezuman glorias, hazañas, y reivindican una grandeza ahora en contraste con el estatus de potencia de segunda. El Big Ben continúa, al lado del Palacio de Westminster y sede del parlamento más viejo del mundo, como árbitro del tiempo. Los contornos de Buckingham Palace rebosan como siempre de turistas y la bandera en lo alto de la edificación, la Union Jack, avisa que la reina Isabel II está en la residencia.

Los leones de Trafalgar Square aún no rugen, mas el almirante Nelson corona la columna que lo eleva, vigilante, con la mirada de bronce perdida en un vacío, tan profundo como las aguas en que se hundió la Gran Armada del monarca español Felipe II que buscaba destronar a la inglesa Isabel I. Coincidencias, otro Felipe y otra Isabel reinan en España y Gran Bretaña. Cerca en distancia y lejos en simbolismo, Eros amenaza con su flecha emponzoñada de amor en Picadilly Circus. De allí parte la avenida Shaftebury, albergue de teatros con todo un universo de dramas. Realidad a la vuelta de metros escasos, porque paralelo se desliza el Soho, donde se vende sexo, diversión y también buena comida en una variedad impresionante de restaurantes. Es el barrio chino, pero el otro, verdaderamente oriental, está en el costado opuesto, exultante de rojos y encerrado en un año nuevo lunar interminable. ¿Circo? Este circus se lo apropió el inglés del latín y solo significa círculo.

Del dominio del alado Eros, inconmovible en su identidad metálica, despega también la famosa calle Regent. Arteria comercial, sube lentamente y con la misma levedad se contornea y arrastra las hileras de edificios nobles, de belleza que nunca cansa, de colores que no molestan. Se sobreponen a las aglomeraciones de los clientes de las grandes tiendas, aunque algunas cuyas vitrinas me atraían ya no existen porque la globalización las arrolló. No es Navidad, por supuesto, y las luces que marcan esa temporada del año están apagadas. No las necesita la vía, en honor al Príncipe Regente y luego rey Jorge IV, tan apegada a una sociedad de clase que en un tramo es más baja, y en otro, más alta: Lower y Upper Regent St.

Cambian los nombres de los establecimientos comerciales, los avisos que con luces multicolores de gran intensidad despliegan las pantallas gigantescas y los integrantes del hormiguero humano que pueblan el centro de la metrópolis británica. Se me antoja a veces que el todo no pasa de una trampa visual, que detrás se impone invariable el pretérito y que las verdades en la ficción de Charles Dickens tienen aún vigencia plena. Pero no, Londres es una ciudad moderna y su secreto consiste en mantener cuidadosamente las huellas del pasado sin que entorpezcan el presente y el futuro.

Hay otra versión del portento urbanístico que confirmo en mi ir y venir: la opulencia sin máscaras, aunque a menudo disimulada por la indiscutible discreción inglesa adoptada por los inmigrantes ricos, o por la sutileza que corre pareja con fortunas viejas, la que viene con apellidos de solera y deviene herencia que trasciende lo material. ¿La llamamos clase? Es inocultable, por ejemplo, en el parque automotor. Solo Hong Kong, no obstante su carácter de territorio liliputiense, compite en número con esas máquinas de lujo y poderío que se ven por doquier en Mayfair, Knightsbridge, Chelsea, Holland Park, Regent’s Park, Hampstead y otras barriadas igualmente aristocráticas. Coches deportivos y sedanes de tecnología alemana e italiana se cruzan con los Aston Martin de James Bond, Rolls-Royce, Bentley y Jaguar. Se les encuentra estacionados a la intemperie; y en una mañana de verano a la inglesa, equivalente a invierno crudo dominicano, los descapotables asombran por la frecuencia con que se les avista, por ejemplo, en el norte londinense.

La otra cara en los dominios de Creso es invisible. Los precios de las viviendas alcanzan ya niveles estratosféricos, pero las fachadas apenas delatan las riquezas de los dueños. Excepto en los suburbios, donde las mansiones se ocultan tras vallas infranqueables o se pierden en solares muy extensos, en el Londres millonario es difícil descifrar los excesos. Se les conoce por los medios, como, por ejemplo, en el caso de un apartamento cerca del Admiralty Arch, entre Buckingham Palace y Trafalgar Square, en el mercado por £140 millones (£1=RD$60). Claro, ahí vivieron Winston Churchill y Lord Mountbatten, figuras emblemáticas. Curiosamente, el vendedor es un empresario español.

Precios de escándalo rigen también en One Hyde Park, un edificio de apartamentos contiguo al famoso Mandarin Hotel, casi vecino de la embajada de Francia y separado del famoso parque londinense por una calle, en la parte trasera. De noche, la oscuridad reinante en las torres de vidrio y acero no deja dudas de que muy poca gente vive ahí y que probablemente las decenas de millones de libras esterlinas pagadas por esos pisos para megarricos obedecen a inversiones especulativas o camuflaje de fortunas.

Como en otras grandes urbes europeas, sorprende la calma que envuelve las barriadas de postín y la invisibilidad de sus moradores. Algunos edificios cuentan, incluso, con parques privados, a cuyo disfrute solo tienen derecho los inquilinos. Se precisa de una llave para acceder y el cuidado exquisito de la naturaleza revela el gusto ancestral de los ingleses por los jardines y los espacios verdes. Quienes frecuentan esas calles del Londres adinerado caminan sin hacer ruido, temerosos de alterar la paz de los nuevos o viejos ricos, o de contaminar con pisadas estruendosas aquel ambiente de asepsia social.

Ciudad mágica, ciudad de contrastes. Torre de Babel urbana en la que el refinamiento encuentra respuesta en las salas de conciertos, en las tantas galerías de arte e incontables cocinas que atestiguan el cosmopolitismo de la ciudad donde se mostraron con mayor rudeza las consecuencias de la revolución industrial y del nacimiento del capitalismo. Y a la que fluyeron sin cesar las riquezas provenientes de las antiguas colonias y el tráfico cruel de esclavos, por años monopolio inglés. Es, sin embargo, la capital liberal donde se acunaron los derechos humanos y se puso límite al poder monárquico.

Ciudad de ensueño, refugio de nostalgias. Retiene el equilibrio perfecto entre la serenidad de la grandeza histórica y la modernidad ineludible. En ese punto intermedio, de lejanía y cercanía, habrá siempre la oportunidad de construir un Londres a la medida de deseos y preferencias. Y de extraviar y encontrar amores.

adecarod@aol.com

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