Los Ducoudray

A ambos los trataría con afecto y frecuencia casi diaria a mi regreso de Chile en 1971, hasta sus respectivos decesos.

Conocí a Juan Ducoudray en medio del conflicto bélico del 65, en una discreta oficina de abogados encima de la Cafetería Jai Alai, en El Conde insurrecto y resistente de entonces. Acudí allí comisionado por Hugo Tolentino –mi profesor de Historia en la Escuela de Sociología de la UASD- para entregar un sobre manila sellado a un indeterminado Señor X. En mi “rutina constitucionalista” solía visitar sitios de contacto e información, incluida la casa de los Mejía Ricart en la José Reyes, donde se reunía un grupo consultivo que brindaba apoyo al equipo negociador del gobierno de Caamaño con la Comisión Ad hoc de la OEA. Que sesionaba a veces en el apartamento ocupado por Jottin Cury encima de López de Haro, frente al Copello. En el cual participaban Tirso Mejía Ricart, Marcelino Vélez Santana, Rafael Kasse Acta, Joselín Rodríguez Conde, José Augusto Vega, Rafael Calventi y Hugo Tolentino.

Cuando di el “santo y seña” en la oficina en cuestión (creo del Dr. Pompilio Bonilla Cuevas), se me invitó a esperar sentado en una modesta salita, desde la cual se divisaba un pasillo que daba acceso a diferentes despachos. Surgiendo del fondo penumbroso apareció una silueta que se movía lentamente, con un balanceo ligeramente inclinado hacia la derecha, como si fuera un lanzador de beisbol tomando impulso para disparar al home. Al llegar a la sala, me hizo algunas “preguntas de control” -quién me enviaba, desde dónde y mi nombre.

Tras este el ritual, me invitó a sentarme y se instaló a charlar. Fue grato el encuentro con este precavido sujeto de mirada inteligente, nariz un tanto quebrada, orejas prominentes de buen escucha y suaves modales, casi un huésped secreto en medio de la ebullición revolucionaria del 65, ajustado a la perfección a su perfil clandestino. Al despedirnos, me convidó a visitarle nueva vez.

Nunca me reveló que era Juan Ducoudray Mansfield, quien figuraba en la selecta “lista de comunistas” fichados y procurados por la inteligencia norteamericana, presumiblemente secretario general del Partido Socialista Popular (PSP), entidad oficial del movimiento comunista internacional liderado por Moscú. Bajo plena ocupación de los marines de la 82 Aerotransportada, una de cuyas unidades de combate se hallaba al lado de mi casa, en la Reid & Pellerano, a una cuadra del Palacio.

A su hermano mayor Feliservio le conocí también en medio de los hervores del 65. En la víspera del gran mitin de recibimiento a Juan Bosch en el Malecón, ya instalado el gobierno provisional de García Godoy. Fue en un taller de arte público que operó como unidad de propaganda visual –donde se confeccionaban las telas murales que resumían vivaces los motivos del movimiento de abril-, situado en la proximidad del Bar América en la Santomé, entre Nouel y El Conde. Allí Feliservio, apoltronado en una silla, supervisaba el trabajo artístico de Silvano Lora, Oviedo, Ada, Elsa, Norberto, Cestero, Asdrúbal, Nicolás Pichardo. Me lució una figura un tanto hermética y distante, atenta a su tarea del momento que ejercía con rigurosa autoridad.

A ambos los trataría con afecto y frecuencia casi diaria –en el caso de Juan Bautista- a mi regreso de Chile en 1971, hasta sus respectivos decesos. Dos luchadores políticos decentes, cordiales y cultos en grado sumo. Cuya familia, con su padre a la cabeza, el respetado abogado Félix Servio Ducoudray, estuvo vinculada a la mía a través de mi tío Jesús del Castillo y mi padre Francisco, también abogado en cuya oficina se realizó un congreso del Partido Democrático Revolucionario Dominicano (PDRD) el 27 de febrero de 1944, hermanadas en la resistencia a la dictadura de Trujillo que hizo desaparecer a Jesús.

Fundadores del Partido Socialista Popular y la Juventud Democrática a mediados de los 40 del siglo pasado e involucrados en los movimientos clandestinos que les precedieron –el PDRD y la Juventud Revolucionaria-, los hermanos Ducoudray exhibieron arrojo durante las luchas del denominado “Interludio de Tolerancia”, representándoles cárcel y exilio. Colombia, Venezuela, Guatemala, México, Cuba, Argentina, fueron algunos de los destinos de acogida, mientras parte de su familia se establecía en Estados Unidos y Puerto Rico.

El 30 marzo de 1950, el diario HOY de La Habana publicó una entrevista a estos dos luchadores, tras su salida de las cárceles trujillistas y su asilamiento en la embajada de México que viabilizó la salida del país, bajo el título “Emprende Trujillo Nueva y Brutal Ola de Asesinatos y Persecuciones Contra los Grupos Democráticos en Santo Domingo”.

“Trujillo, más conocido por el ‘Chacal del Caribe’, ha emprendido el siniestro plan de exterminar físicamente a los elementos democráticos dominicanos. Uno de los primeros en caer bajo las garras de la tiranía ha sido Freddy Valdez, dirigente del Partido Socialista Popular dominicano y líder muy querido por las masas obreras y populares, ahorcado en la cárcel el 27 de enero de este año”, quien habría luchado “en Cuba contra la dictadura terrorista de Machado”. También “cruelmente asesinados” se mencionan a Luis Guillén, Pedro Barrios, Jorge Polanco Herrera, Rafael Pérez Garrido y Enrique Litghow. Indicándose que muchos más “se encuentran en estos mismos momentos ante el inminente peligro de ser ejecutados por la selvática y feroz embestida de Trujillo y sus porristas”.

Juan Ducoudray afirmaba que “Trujillo está realizando una campaña de exterminio de todos aquellos que se resisten a convertirse en agentes de la tiranía. No existe en Santo Domingo ninguna clase de garantías para el ciudadano. Están absolutamente suprimidos las libertades y los derechos democráticos. Impera un régimen de terror fascista y no existen organizaciones independientes de masas porque han sido aplastadas por medio del terror y el asesinato.”

Mientras Feliservio Ducoudray explicaba “la asfixiante opresión, sólo comparable al régimen franquista”, calificándola como una “brutal violación de los derechos del pueblo dominicano y de las obligaciones contraídas por el Gobierno de Trujillo en las organizaciones internacionales como la ONU. Prueba de ello es que se niega a conceder pasaportes a los perseguidos políticos que están asilados en la Embajada de Venezuela, violando de esta forma el Convenio sobre Asilo”. Allí se encontraban Ercilio García Bencosme, Manuel Mena Blonda, Héctor Ramírez Pereyra, Quírico Valdez, Antonio Soto, Bienvenido Fuertes, Juan María Ramírez y Miguel Fuertes.

En tanto en las cárceles, bajo riesgo inminente, estaban Gustavo Adolfo Patiño, José Arismendy Patiño y Faneyte Brenes. “A los dos primeros Trujillo les ha asesinado padre y tres hermanos, y al segundo trataron de envenenarlo con aceite de automóvil”.

Denunciaba como “calco de procedimientos hitlerianos y franquistas”, la comparecencia semanal ante la Policía de miembros del PSP y la JD, “impedidos de obtener trabajo y amenazados con sufrir graves represalias, incluso el asesinato, si no se rinden al Gobierno y se convierten en sus agentes. Entre ellos se encuentran José Manuel Peña, Julio Raúl Durán, Pablo Antonio Martínez, Poncio Pou, Justino José del Orbe, Heriberto Núñez, Amiro Cordero Saleta, Rafael Moore, José Antonio Martínez Bonilla, Andrés Martínez Bonilla, Andrés Martínez Aybar”.

Juan Ducoudray relataba la grave crisis en que vivía el pueblo dominicano, “consecuencia del régimen trujillista y sus padrinos del imperialismo yanqui”.

“El estándar de las masas es el de una terrible miseria y hambre. El costo de la vida es uno de los más altos de América mientras avanza la crisis económica. En los ingenios azucareros, en los campos bananeros de la Grenada Fruit Company, y en otros centros de trabajo, se producen constantes despidos en masa. Los salarios son bajísimos, al extremo que los cortadores de caña perciben un jornal de $1.30 en el papel, aunque de hecho ganan muchísimo menos. Y, naturalmente, nadie puede emitir la más mínima protesta so pena de los más graves castigos, y de la muerte misma”. Agravándose la situación por “la intensa militarización del país, que cuesta grandes sumas”.

Juan Ducoudray criticaba “las nocivas actividades de los grupos invasionistas”, aludiendo con ello a quienes desde el exilio fomentaban expediciones como fueron las frustradas Cayo Confites y Luperón. “Las actividades de los aventureros putchistas no benefician sino que perjudican a la lucha del pueblo dominicano. Fomentan la pasividad, llevan a las masas al abandono de sus luchas, con la falsa ilusión de que serán liberados ‘desde afuera’, sin mayores esfuerzos organizativos. Al propio tiempo dan la oportunidad a Trujillo de aumentar la fuerza militar y de intensificar al máximo la represión contra el pueblo. Y todo esto beneficia también en grado considerable a los amos y tutores de Trujillo, al imperialismo yanqui.”

Paradójicamente, casi una década después, el PSP aportó el mayor número relativo de miembros y dirigentes –varias decenas- a las expediciones libertarias de junio del 59. Quedando casi descabezado, como comentara para la TV francesa en plena guerra del 65 el catedrático Andrés Avelino, miembro del PSP figurante en la lista de la CIA.

De los referidos por los Ducoudray en la entrevista de 1950, los hermanos Patiño, Cuco Peña, Julio Raúl Durán, Fellín Moore, Cilo García, Bienvenido Fuertes, junto al sobreviviente Poncio Pou, vendrían en junio del 59. Pablo Antonio Martínez, PSP fundador del MPD en Cuba, desaparecido en La Habana. Unos, como Heriberto Núñez, viviría el ostracismo interior. Otros tornarían del exilio para continuar (Amiro, Quírico, Justino, Niño Ramírez), como harían los Ducoudray, tras el fin de Trujillo. Con el visor americano siguiéndoles el rastro.

Fundadores del Partido Socialista Popular y la Juventud Democrática a mediados de los 40 del siglo pasado e involucrados en los movimientos clandestinos que les precedieron, los hermanos Ducoudray exhibieron arrojo durante las luchas del denominado “Interludio de Tolerancia”, que les representó cárcel y exilio.

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