Los Marines en acción

Las condiciones sanitarias en las zonas rurales eran deplorables, preñadas de paludismo, dengue, disentería, pián, lepra, lupus, buba y sífilis.

En El país de las familias multicolores, Arthur J. Burks (1898-1974) ilustra las peripecias del equipo de topógrafos marines que encabezó en las provincias de Barahona, Azua y Santo Domingo durante la Primera Ocupación Americana (1916-24), que incluían a Pedernales, Independencia y Bahoruco, San Juan, Ocoa y Elías Piña, así como San Cristóbal, Monte Plata y Baní. Y que durante seis meses recorrió “cada charco y vereda desde Jimaní y Las Lajas en la frontera haitiana hasta Sabana de los Muertos (Villa Altagracia)”. Pasando por La Descubierta y Duvergé, Angostura y Cabral, los bateyes de los ingenios. Codeándose con “la gente casi blanca de Baní, los nativos ampollados de pián de Las Carreras y Los Ranchitos”, plantando “el pie en cada pulgada de terreno en tres provincias.”

El grupo visitó “zonas en las que los nativos no habían visto a gente blanca ni oído jamás acerca de los marines” –quienes llevaban ya siete años ocupando el país. “Todos terminaron enfermos de todo tipo de males menos lepra”. Incluso Burks, quien padeció paludismo -combatido con quinina, inyecciones de Salvarsán y brebajes-, dengue y disentería. Lo comieron las niguas hasta desesperar, cayendo en estados delirantes tanto él como sus compañeros.

Las condiciones sanitarias en las zonas rurales eran deplorables, preñadas de paludismo, dengue, disentería, pián, lepra, lupus, buba y sífilis. Para muestra, un botón. En la ruta hacia El Tablazo, en San Cristóbal, en el firme cordillerano, al solicitar agua en un bohío en medio de la noche, Burks vio el rostro de la mujer que le servía amablemente. “Su cara era una horrible parodia de cara. La nariz había desaparecido y sólo quedaba un hoyo para indicar dónde había estado. La mano que mantenía elevada la lámpara era horrorosa. ¡No tenía más que un dedo completo, y los otros se habían desgastado para convertirse en repugnantes mochos!.” La lepra le mostró al oficial americano su desmembrada anatomía en los más humildes parajes de San Cristóbal y Ocoa.

El cuadro étnico de la población y el papel central de la mujer en la familia, llamaron la atención del marine, quien nos define como una república de cuarterones, adelantándose a Pérez Cabral en La comunidad mulata, tesis antes esbozada por Moscoso Puello en Cartas a Evelina. Burks capta el detalle de color y exhibe notorios prejuicios, en especial hacia el haitiano. Destacando el rol de la familia matrifocal en el proceso de mestizaje, ejemplificado en Marina, “una gruesa cuarterona de quizás veinte años, con una sonrisa llena de sol que salía de una boca llena de dientes, un amplio busto, grandes manos hábiles y fuertes pies. Una verdadera amazona. Su esposo era un hombrecito insignificante, moreno, que literalmente veneraba a su esposa. Eché una mirada a los cuatro hijos y abrí la boca de asombro. Uno era negro. Otro era blanco. Otro era jabado. Otro era mulato. Ninguno se parecía al padre.”

La explicación la dio Marina, orgullosa. El mulato era hijo de un raso dominicano, el blanco de un teniente español de la guardia, el jabado del jefe policial de Baní y el negro de un haitiano que pernoctó en el bohío una noche de lluvia. Así, dice Burks, en el país “pueden encontrarse negros, morenos, amarillos, blancos y mulatos”. Puertorriqueños, “haitianos en abundancia”, “negros de habla inglesa de St. Croix y St. Kitts” y descendientes de negros americanos en Samaná.

El Censo de Población de 1920 -894 mil habitantes- registró 5.5% extranjeros (28,258 haitianos, 3.1%, 8,305 Antillas Menores, 0.9%, 6,069 boricuas, 0.7%, 1,443 españoles, 0.2%, 891 estadounidenses, 0.1% y 741 cubanos, 3,813 otros países). Clasificó la población 50% “mestizos y amarillos”, 25% “negros”, 25% “blancos”.

Sobre los haitianos sostiene Burks la peor opinión. En Barahona bregó con ellos como alcaide de una cárcel repleta de violadores de la ley de inmigración condenados a trabajo forzado de obras públicas entre 90 y 120 días y como jefe militar lo hizo en el Central Barahona. Afirma prejuiciado: “Los cubanos llaman al haitiano ‘el animal más parecido al hombre’, y mi opinión personal es que los cubanos rinden a los haitianos un gran cumplido”.

El racismo extiende su radio -en una situación de tensión, en la que su vida corría peligro- al aludir a un negro dominicano. Silva “era un negro típico, orgulloso del hecho de que tenía en su poder a un blanco”. Exclama entonces el oficial americano: “¡Quite la mano de mi, mono negro!”. Reflexionando a seguidas: “Estos monos ciertamente nos acabarían, pero habrían de pagar por eso”.

La obra exalta la belleza de la mujer. La de clase media es retratada en esta estampa. “El Malecón, el parque Colón y el parque Independencia eran las mecas de la élite dominicana cada tarde durante el ‘paseo’, cuando las señoritas con sus chaperonas iban a mirar amorosamente a sus apuestos galanes. Se formaban dos círculos, uno de hombres, otro de mujeres, contramarchando y encontrándose todo el tiempo para coquetearse mutuamente, alrededor de las tres plazas. Allí estaban algunas de las más hermosas mujeres del mundo, y las vi cuando eran jóvenes y estaban en su mayor esplendor. A los treinta años serían viejas y poco atractivas. Las flores de América Latina se marchitan rápidamente”.

Describe a una parturienta de Las Charcas, en Azua, como una “mulata de deslumbrante belleza”, mientras se admira en Los Patos, Barahona, de mujeres de “piel morena” bañándose desnudas. Concluyendo: “Las mujeres dominicanas pueden ser peligrosamente hermosas”.

Burks trabajó en inteligencia en su regimiento y fue jefe de la Brigade Intelligence Office, una organización sofisticada dedicada a perseguir el contrabando de armas y a luchar contra el “bandidaje” (prácticamente liquidado cuando él entra en escena), así como a la obtención de información sobre los movimientos políticos y a la formación de una red nacional de espionaje.

Gozó de “autoridad para reclutar los miembros de cualquier mando que necesitara” y utilizar un avión y un piloto para ir a cualquier parte del país. Persiguiendo el tráfico de armas, estuvo en Las Charcas y Playa Caracoles, en Sánchez y Los Haitises, en Samaná. Misiones motivo de sabrosos relatos novelescos. Otras operaciones -a bordo de un DeHavilland- ofrecen material útil para la historia de los inicios de la aviación militar en el país. Como las campañas sanitarias de la acción cívica militar.

“Mis agentes, tanto los de tiempo completo como los de tiempo parcial, eran turcos, haitianos, dominicanos, franceses, alemanes y uno canadiense: marines, alistados y oficiales”. “Cada agente tenía un número y los informes de cada uno iban con el número señalado, de modo que el general pudiera mirar en su lista, mantenida bajo cerradura y llave, para ver quién lo había hecho”. Su organización era tal que tenía “tentáculos que llegaban a cada rincón de la República”.

Algunos nombres de su red son mencionados por Burks. El raso de 1ra clase Julio García, puertorriqueño del cuerpo de marines sumamente laborioso y útil –al poder hacerse pasar por un nativo-, quien había servido en Francia durante la Primera Guerra Mundial y ascendería a sargento en mérito a sus funciones. Luisa Palmer, negra puertorriqueña –una verdadera súper agente, amante de ministros y políticos notables, con quien Burks entabló una relación especial de camaradería-, la mejor remunerada de la red con 30 dólares mensuales. Sería asesinada tras la partida de su jefe, en una aparente vendetta política.

La participación dominicana estaría a cargo del negro Felipe Espinal, del joven Arturo Vicioso y de Alfonso Bustamante, a quien Burks le dedica un capítulo, describiéndolo como un típico aventurero del período de Concho Primo y de quien logra encariñarse.

Algunos miembros del cuerpo de marines incluían a Daniel Shimel, el “Sargento Mascador”, al raso Leo Schayer, turco que hablaba 8 idiomas, así como al segundo teniente Carlos McCullough, de la oficina de inteligencia del regimiento de Santiago. El puertorriqueño Mariano Rocafort, intérprete oficial de la oficina central, traductor de las informaciones de prensa “de interés para la inteligencia”.

Este trabajo llevó al Gordito -apodo de Burks entre los dominicanos- a vivir bajo permanente tensión, con sus “dos automáticas” siempre a mano. Hostigado durante ocho meses tanto en su residencia en Gascue como en su oficina en la Fortaleza Ozama, por grupos de criollos afectados por su labor de inteligencia. Siendo ésta “tan exigente que rara vez dormía durante semanas, apenas en ocasiones, sin quitarme la ropa, durmiendo sólo nerviosas siestas de gato”, confiesa este James Bond gringo.

El licenciado Francisco J. Peynado, a la sazón candidato presidencial de la Coalición Patriótica de Ciudadanos y su hijo Julio -con quien Burks llegó a intimar-, son las personalidades dominicanas de la época a las que éste dedica mayor atención, mereciéndole ambos excelente opinión. Otras figuras políticas aludidas son el compañero de fórmula de Peynado, don Elías Brache y el general Luis Felipe Vidal.

Como un apunte de sociología electoral, resultan interesantes las impresiones de Burks acerca de la percepción que existía entre los dominicanos, en cuanto a que Peynado era el candidato de los norteamericanos. Y de cómo ello actuaba en desfavor de sus posibilidades electorales. Como se puede colegir, aun en aquellas condiciones especialmente difíciles para la república, con la presencia de las tropas norteamericanas en el país y con un sistema electoral plagado de limitaciones, las elecciones había que ganarlas, de todos modos, en las urnas.

Destacando el rol de la familia matrifocal en el proceso de mestizaje, ejemplificado en Marina, “una gruesa cuarterona de quizás veinte años, con una sonrisa llena de sol que salía de una boca llena de dientes, un amplio busto, grandes manos hábiles y fuertes pies”.

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