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Los períodos históricos, según mis hijas

Para mis hijas de la cosecha más reciente, tres, lo que pasa de 30 años pertenece a la antigüedad, y la prehistoria abarca desde los 40, padre incluido. "¡Eso es de viejo!", se escapa espontáneo y al unísono de sus labios a la menor sugerencia mía. La brecha generacional que aprendí como término sociológico es ahora una realidad, razón de más cambios que los climáticos en la relación de hoy entre padres e hijos.

 ¡Y pensar que James Bond no tiene hijos (conocidos o reconocidos), bebe vintage champagne y martinis revueltos no sacudidos, sale con ángeles femeninos y Ángelas, no pinta canas ni calva y carga sobre sus hombros sin distracción artrítica medio siglo al servicio de Su Majestad!

Que Abba haya resurgido en la lista de álbumes musicales favoritos, al ritmo de Mamma mia filme y teatro, me ha hecho dudar de mi condición de antigualla en la nomenclatura filial. Vanidad, todo es vanidad: mis esperanzas, tal vez no tan floridas como las de Ponce de León, se avivaron cuando mi hija Carla, de 16 años, me pidió la llevara al Londres de los Beatles a fotografiarse en el cruce de peatones que inmortalizó el grupo genial en la portada del LP del 1969 titulado como la calle, "Abbey Road".

Abbey Road es trayecto obligado en mi ruta hacia el pan con el sudor de la frente secado con diplomacia. La calle y el cruce de peatones, que en el Reino Unido lo llaman de cebras por las rayas blancas y negras en el asfalto, categorizan como santuario mundial. La santidad proviene de los homónimos estudios de grabación a escasos metros de las sesiones fotográficas de peregrinos en competencia con el alba, mientras los conductores esperamos al estilo Job el final del ceremonial amenizado en lenguas hasta viperinas, antes de acelerar la marcha con la rutina cotidiana como destino y condena. El código británico de conducir establece que tan pronto alguien pone un pie o la humanidad (¡enhorabuena, minusválidos!) en un cruce de cebras, hay que detener la máquina. Lástima que los leones de África ignoren la regla británica y no dejen escapar cebra que cruce.

Los estudios donde los Beatles produjeron la música con la que tomaron al mundo por los oídos siguen muy activos. La pared blanca que separa Abbey Road Studios de los turistas se te mete sin permiso en el cerebro, cerebelo y bulbo raquídeo: mural de nombres, graffitis y recuerdos impresos con vocación de permanencia, como las melodías inolvidables de esos jovenzuelos del Liverpool marginal.

Pues no. Cuando la pared es una mácula en todos sus centímetros, pulgadas y sistema métrico decimal, la blanquean totalmente para blanco total de otros que también se creerán estampados per saecula saeculorum en el Londres de los Beatles. Pocos días, y el muro es toda una babel de letras; y se repite la historia cromática como las canciones sin edad de John, George, Paul y Ringo en el gusto de un mundo en el que sí cuentan, cuestan y constan los años. Mis tres niñas son mi reloj despertador.

Unidos en el gusto, sí, por la música de los Beatles. Pero de nosotros los prehistóricos son la nostalgia que "Yesterday", "Imagine", "The Fool on the Hill", "Strawberry Fields Forever" o "The long and winding road" y tantas otras composiciones de la cosecha despiertan, igual que las emociones que no pasarán a mejor vida, porque son de las mejores de esta vida.

A ellas les hice esta historia que cae en su prehistoria.

La temporada del monzón en la India es de una intensidad calórica de horno de microondas. Los días estivales suceden sin interrupción a noches atiborradas de una humedad que pega en los poros y muta en sudor que se adueña de los recovecos corporales más ocultos. Hasta que viene el aguacero torrencial y redime la temperatura extrema, mas no por mucho tiempo.

Mañana dominical, caminaba en Delhi por Connaught Circle cocido por el calor y con los bolsillos cosidos para no pagar un hotel con aire acondicionado y caer en un credit crunch terminal. Un café restaurante refrigerado y me cuelo bajo el pretexto de un té, The Hindustan Times en mano para matar el tiempo; pero con premeditación total, el calor. Leído el periódico y alargada al máximo la infusión, me marchaba cuando un parroquiano, occidental por las señas, me invitó a su mesa. Despachadas las sospechas en el prefacio verbal, coincidimos en que ambos vivíamos en Inglaterra (estudiaba, en la parte baja de mi prehistoria). Luego la sorpresa: mi interlocutor había sido secretario personal de John Lennon y había estado en la India con los Beatles en su etapa mítica.

Una larga historia acortada. Me contó en detalles de los Beatles y su gurú indio; de las drogas y de la pasión por el sitar, instrumento que Ravi Shankar trató de enseñar a tocar a Harrison. Le caí en gracia o se sentía muy desgraciado, pero me invitó lo acompañara a Haridwar, la primera ciudad en las planicies del norte indio que baña el Ganges y bendecida por la trinidad de Lord Shiva, Vishnu y Brahma. Lugar sagrado, se venera allí a la principal deidad femenina en la religión hindú, la diosa Shakti. Muy cerca está Rishikesh, otra ciudad sagrada que atraviesa el Ganges y donde los Beatles se iniciaron en la meditación con el Maharishi Mahesh Yogi.

Conocía a fondo la cocina india y me adentró de un tirón en una tradición culinaria rescatada a medias y exportada por el colonialismo británico con resultados positivos asombrosos. Entre tés, curries, chapatis, nan, mughlai biryani, mata paneer, pollo y cordero tikka, me habló de la famosa protesta de dos semanas en cama de Lennon y su mujer Yoko Ono. De la obsesión de Lennon por lograr la residencia norteamericana y toda la plata que gastaba en abogados, de su paranoia con el FBI (era vigilado, como se supo posteriormente), de la creencia de que podía cambiar el mundo con sus canciones, y de ahí "Imagine" y "Give peace a chance". De la película "Erección", y de muchas otras cosas ya extraviadas en el recuerdo.

Entendí por qué no era ya el secretario personal de Lennon, cuando a Yoko Ono la calificó de actriz de baja categoría, perversa y que había logrado en base a sus malas artes sorberle los sesos al músico egregio y sembrar discordia en el grupo. Se interpuso de manera vertical en una relación que tenía mucho de horizontal. Todo el rencor contra Yoko Ono lo equilibraba con una admiración genuina por John Lennon.

Quiso enrolarme en su gira de nostalgia, pero mi itinerario propio era ambicioso. Llevaba casi tres semanas en la India, a donde había llegado en un periplo hoy imposible: por tierra desde Londres, haciendo uso del transporte público por todo el sudeste de Europa, Turquía, Irán, Afganistán y Pakistán. Tenía un boleto de avión para Sri Lanka y Tailandia, de donde seguiría a Hong Kong, China y la costa oeste de Estados Unidos.

"Yesterday, all my troubles seemed so far away

"Now it looks as though they're here to stay

"Oh, I believe in yesterday

"Suddenly I'm not half the man

I used to be

"There's a shadow hanging

over me

 "Oh, yesterday came suddenly"

De verdad, en ese ayer todos los problemas parecían lejanos. Creo en el ayer, no en el que me ubican mis hijas, y a quienes ya habré fotografiado en el cruce de cebra de Abbey Road. Quién sabe, con tanta prehistoria quizás a una le dé por ser arqueóloga. O cantante exitosa, para beneficio de mi vejez feliz.

De nosotros, los

prehistóricos, son la

nostalgia que "Yesterday",

"Imagine", "The Fool on

 the Hill", "Strawberry

Fields Forever" o "The

long and winding road" y

tantas otras

composiciones de la

 cosecha despiertan