Los refrescos de Vasconcelos

Tierra de buenos refrescos es tierra de aristocracia... De todas las solicitaciones de la gula, ninguna es más delicada, ni más intensa, ni más inocente que la solicitación de un refresco.
$!Los refrescos de Vasconcelos

La lectura de la obra de José Vasconcelos. Escritos en Santo Domingo (1927-1928), compilación, estudio y notas del buen y laborioso amigo Cándido Gerón, me ha brindado la oportunidad de rescatar para disfrute del lector de esta columna, una crónica publicada en 1928 en La Opinión sobre los salutíferos refrescos. Autoría del educador, político y pensador azteca (1882-1959), significado como “caudillo cultural de la revolución mexicana”. Contrapone en sus juicios Vasconcelos las bebidas gaseosas industrializadas a los zumos de frutas y refrescos naturales, a la manera de los hechos de jagua, tamarindo, guanábana, piña, que disfrutamos antaño, que serían complementados luego por las batidas de lechosa y zapote en la era de la licuadora. Reivindica de España la horchata y el agraz sevillano. Y la leche de coco, el guarapo y el néctar de cajuil como acostumbran en Brasil.

El celebrado autor de La raza cósmica –quien fuera cofundador del Ateneo de la Juventud, rector de la Universidad Nacional y secretario de Instrucción Pública- estuvo en Santo Domingo en junio de 1926, recibido por intelectuales como Federico Henríquez y Carvajal y el joven secretario de Justicia e Instrucción Pública Rafael Estrella Ureña. Aquí desarrolló una intensa agenda de conferencias y encuentros en el Teatro Municipal, con la presencia del presidente Horacio Vásquez, la Casa de España, el Club Unión, el Ayuntamiento capitalino, el Casino Central y el Teatro La Progresista de La Vega (donde encontró el prototipo “hermosísimo de la criolla”), el Teatro Colón y el Club de Santiago. Así como en Puerto Plata, San Pedro de Macorís y La Romana. Agasajado además en la residencia del compositor Salvador Sturla.

Para este cierre de año 2018, asaltado por los excesos de los placeres de la gula, qué mejor regalo, que éste que nos brinda Vasconcelos. Una verdadera opción detox.

“El arte de los refrescos no es una cosa europea. Los pueblos del norte de Europa conocen la limonada de jarabe y esa otra cosa casi insípida que aquí, en América, llamamos gaseosa. En los Estados Unidos se han gastado fortunas para fomentar el uso del refresco y se han llegado a crear refresquerías de soda: Soda Fountain. En el nombre mismo va la condenación del producto, y, en efecto, son bebidas de hermosos colores, las que salen de las fuentes y ofrecidas en ricos cristales, pero hechas de jarabes y soda o bien las vuelven pesadas con helados insípidos, densos como un trozo de queso. Y nada se diga de las horribles mixturas de plátanos, nueces, jarabes y cremas, los sundaes que equivalen a un plato de fuerza, se vuelven alimento y dejan de ser placer.

Barbarie del gusto hay en todas estas extravagancias y mezclas que a menudo constituyen la única simulación del placer al alcance de los millones de proletarios de Norteamérica y lo único admirable del sistema. Por allá no hay sistema de ideas, pero todas las cosas prácticas, en cambio, se desarrollan en sistema. Lo único admirable es el genio: genio de expedición con que se mueven de un lado a otro, abriendo llaves, lavando vasos, sirviendo porciones y todavía sonriendo a cada cliente. Todos estos despachadores: Soda fountain boys, que son como exponentes de la eficiencia, la prontitud, la cordialidad y cortesía de la raza nórdica. Todo esto y mucho más, y mucha higiene. Pero arte del refresco, delicia de un sabor, frescura verdadera de jugos naturales, nada de esto hay en los vastos establecimientos, por mucho empeño que pongan. Y parece que la industria está todavía en un período demasiado primitivo para poder alcanzar el arte, siquiera sea el arte de las bebidas.

El agraz sevillano se bebe de pie en grandes vasos, es muy ligero y muy fresco. Una suerte de mosto sin espesor, un refresco con alma. Cuando lo mueven, cuando lo transportan, el alma se muere y queda solo el líquido, por eso solo es bueno el de las señoras del Puesto sevillano, porque ellas tienen el secreto de manejarlo sin romperlo, sin empeñarle el espíritu ligero. El agraz es transparente, levemente verdoso, levemente dorado, sin duda uno de los líquidos más nobles y más puros de la tierra. Cuando una civilización llega a crear una bebida como el agraz, se puede estar seguro de que allí también otras muchas cosas han sido perfectas. Uno puede beber agraz todo el día, es fresco, tan fresco que después de beberlo, el calor de Sevilla se antoja una reverberación hecha para acentuar los reflejos de la Giralda. ¡Ay Sevilla, maravillosa a pesar de sus caricaturas!

Tierra de buenos refrescos es tierra de aristocracia... De todas las solicitaciones de la gula, ninguna es más delicada, ni más intensa, ni más inocente que la solicitación de un refresco. Se dividen, se aplacan todos los placeres malos en el baño interior de un refresco auténtico, y en los tiempos compañeros y hasta donde alcanza mi erudición personal, puedo afirmar que pese a la legítima falta de los helados habaneros, no hay en la tierra lugar donde el refresco sea más completo, más delicado que en la sin rival Río de Janeiro. Desde luego, todo lo de La Habana, todo lo de Veracruz, todo lo de nuestras ciudades tropicales. Pero además, cuántas cosas que nunca esperó nuestra fantasía.

Y acaso es posible imaginar a lo que sabe el Cajú (cajuil), más fuerte pero tan peculiar como un tamarindo. Y la leche de coco, entiéndase que no es el agua de coco, sino la leche, el jugo exprimido de la carne del coco; único rival concebible de la horchata de chufa. Y el caldo de cana, un jugo exprimido directamente de la caña a la vista del consumidor; lo sirven con dos panecillos dulces también. Y es claro que en los emporios del refresco no hay alcoholismo, ni se le ocurre a nadie combatirlo con prohibiciones ni con consejos. No sé que es más molesto, algo que se nos prohíba o que alguien nos tome en su nórdica.

En Francia tampoco saben lo que es un refresco: jarabe de grosella y encima sifón, todo en un vaso pequeñito y con un trozo de hielo que ocupa todo el sitio del líquido. Más bien se debería llamar aquello un trago sin alcohol, ya que todos los demás tragos de por allá son más o menos alcoholizados. En Italia todo es perfecto, a excepción de Mussolini, todo es perfecto y es Italia quizás con Portugal uno de los pocos países en que el vino embriaga si uno quiere embriagarse, pero otras veces los vinos son tónicos y, además, deliciosos como un refresco. Cuando yo ande por otras esferas, recordaré del planeta, entre algunas otras cosas, el vino rosado que nos sirvieron con unas nueces después de subir una alta y fatigosa cuesta en Taormina. El vino...pero dejemos el vino que si es bueno, en seguida obtiene la categoría de un pecado y volvamos al inocente refresco.

Tierra de refrescos ha de ser tierra de calor. He allí una aparente perogrullada, aparente porque hace mucho calor en Chicago y no hay allí un solo vaso de buen refresco. Además de calor ha de haber una antigua cultura en la tierra que sea capaz de hacer un buen refresco. Los refrescos, probablemente se inventaron en el norte de África, pero hoy todo está degenerado por aquellos sitios y aunque todavía se puede encontrar agua de rosa en el interior de Turquía y debe haber en los harenes refinamientos extraños: lúcumas de esas de empaque europeizado de cien sabores empalagosos todos, juzgando nada más por lo que encuentra a mano el viajero, no hay nada que pueda ser recordado como ejemplo de deleite refrescante y aquietador.

Se necesita llegar a España para saber lo que es un refresco, lo que son cien refrescos. España, la maravillosa, recuerdo una noche que pasamos tres horas por la Puerta del Sol, yendo y viniendo por los mismos sitios para no perder el contacto con una célebre horchatería dentro de la cual entrábamos periódicamente, cada tres o cuatro vueltas. Y sin embargo, el paraíso de la horchata es Barcelona: la sirven allá en vasos, la sirven en jarros. Toda persona que se respeta pide un jarro que contiene aproximadamente dos vasos. La horchata es espesa y blanca como la buena leche, mejor que la más buena leche. Y no es traidora como la leche, porque se puede tomar uno y otro vaso de horchata sin peligro de congestión. En todas las loncherías, en todos los cafés, por donde quiera que se junta gente, la gente bebe horchata en el verano barcelonés. Horchata de chufas, su origen es valenciano, pero en Valencia sólo hay un sitio donde la saben hacer, y en cambio, en Barcelona la hacen bien en todos los sitios.

La chufa es un pequeño tubérculo. Por fuera parece una almendra, pero su leche es mejor que la leche de almendra. Se puede vivir de horchata: una o dos empanadas de pescado y horchata bastan en los días calurosos del verano barcelonés. Otro prodigio se encuentra en Sevilla: el agraz, y solo lo saben hacer en un Puesto de la calle de las Sierpes, muy al fondo. El agraz de Barcelona es acidulado, seco, y lo sirven en los cafés en copas como un vermouth.”

¡Salud en el 2019!

El arte de los refrescos no es una cosa europea. Los pueblos del norte de Europa conocen la limonada de jarabe y esa otra cosa casi insípida que aquí, en América, llamamos gaseosa. En los Estados Unidos se han gastado fortunas para fomentar el uso del refresco y se han llegado a crear refresquerías de soda: Soda Fountain.

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