20170812 https://www.diariolibre.com

En 1994, veintitrés años atrás, escribí lo siguiente: “Durante años, todos los de la dictadura y hasta los mismos finales de los setenta, cada ciudad del país tenía sus apellidos oligárquicos, los que se nombraban medidos en tierras, residencias suntuosas, clubes sociales y alcurnia financiera. Eran, prácticamente, los dueños de cada pueblo, manejadores de los óbolos eclesiásticos y la beneficencia pública, de los corsos recreativos y las festividades patronales, de los juegos florales y los derechos de pernada. Aunque muchos eran ciertamente hombres de fortuna sólida y creciente, a otros solo se les reconocía como poseedores, tal vez, de un par de cientos de miles de pesos que, para entonces, eran suficientes para colmar una vida acomodada y de apariencia social que, junto a las heredadas membresías en los clubes de primera existentes en cada comunidad y el obligado respeto social en una época sin cuestionamientos de importancia, apartaban a estas familias y sus linajes de la denominada gente de segunda”.

En un coloquio organizado en Santiago de los Caballeros el año pasado para comentar el formidable libro El gran cambio de Frank Moya Pons, repetí estos juicios con sus añadidos. Al final del encuentro, Mario Cáceres se me acercó y me dijo: “Lo que tú dices es verdad, los ricos de antes eran solo de unos miles de pesos. Nosotros vinimos a saber que alguien tenía un millón de pesos después de la muerte de Trujillo y era en la capital”.

El siglo diecinueve fue un tiempo de una gran pelonería. Y gran parte del veinte, también. Comparadas con las riquezas de nuestros tiempos, las de los ricos de entonces eran escuálidas, aunque suficientes para llevar una vida holgada, sin grandes aspiraciones y generalmente, sobre todo en los pueblos, de una cotidianidad signada por la monotonía. Eran tiempos planos. Cuando surgieron los nuevos ricos, a partir de los setenta y ochenta, en sus diferentes versiones –empresariales, beisbolísticas, diaspóricas (también con sus variables), políticas y hasta musicales– comenzamos a darnos cuenta que aquellos que considerábamos ricos no pasaban de unos cien mil o doscientos mil pesos líquidos, y algunos pocos una que otra finca de víveres y de ganadería corta. No se tenía conocimiento de muchos de los negocios rentables de nuestra época y la economía de servicios no existía en la forma que la conocemos hoy. Rico, solo Trujillo, cuya fortuna a la hora de su caída rondaba el 42% del PIB de entonces. Podemos imaginarnos pues, cómo vivía el resto de la población. La pobreza era la norma, la miseria se cernía con toda su crudeza en las estancias rurales, e incluso en la urbana –que era aldeana, por demás– y el desarrollo era una esperanza lejana y una palabra que aún no había penetrado en el vocabulario común.

Bernardo Vega acaba de demostrarlo. Ha elaborado una lista de las 1,187 personas de mejor posición económica en el país hacia 1954, siete años antes del final de la dictadura, cuya economía se agravaría al año siguiente, 1955, con motivo de los fastos de la Feria de la Paz y Confraternidad del Mundo Libre. El país para entonces apenas pasaba un poco de los tres millones de habitantes. Trujillo había determinado un impuesto sobre la cédula que permitía conocer la real fortuna de los pudientes de la época. El dictador –como anota Vega– quería saber, año por año, quiénes eran los ricos del país y dónde estaban ubicados. El impuesto sobre la cédula era personal, por lo que se podían conocer perfectamente los bienes reales de las personas de mayor renombre del país. Para que tengamos una idea, veamos lo que anota Vega: “Hasta mediados del año 1954 (que es el año de su investigación) había en el país de cuarenta a cincuenta dominicanos que tenían, en bienes y dinero, entre doscientos cincuenta mil y trescientos mil pesos; de diez a doce que tenían entre trescientos mil y quinientos mil; unos diez que tenían hasta un millón y cinco que tenían más de un millón”. La crisis del veinte y la gran depresión de los treinta, unidas al anti trujillismo que profesaban algunos afectaron las fortunas de personas notables en Santo Domingo, desencadenando quiebras importantes y, en no pocos casos, llevando de pronto a algunas familias de nombres y apellidos sonoros de la riqueza a la pobreza. Como por ejemplo, los Henríquez y Carvajal, Américo Lugo, los Michelena, Roque, Cochón, Ellis, Báez, Ledesma, los Soler y Abigaíl del Monte. Los Michelena, Barletta y Alfonseca tuvieron que ausentarse del país. Anselmo Copello tuvo que vender su negocio a Trujillo y los Vicini dejaron de invertir durante el trujillato. En Santiago, se afectaron los Batlle, Bidó, Bonnelly, Pichardo, Tolentino y Vega. En La Vega, los de Moya, de Lara, Alberti y Batista. En Puerto Plata, declinaron la fortuna de los Aguilar, Arzeno, Batlle, Castellanos, Grisolía y Villalón. En Azua, los Dreyfous, Freites, García y Renán. En Montecristi, los Thomen y Lembcke. En Samaná, los Bancalari, Beretta, Sangiovanni y Lalane. Y en Moca, vieron sus negocios afectados los de Lara y Michel.

En Moca, precisamente (ahora que Frank Moya se encargó de hablar de los veganos): ¿quiénes eran los ricos de entonces y cuáles sus reales bienes? Esta es la nómina de Moca para 1954 y estamos seguros que hubo pocas variantes hasta el final de la dictadura. Pongamos números redondos para entender mejor la cosa. Donato Bencosme tenía bienes por 127 mil pesos y sus ingresos anuales eran de poco más de 2 mil pesos. Elías Calac contaba con 100 mil pesos en bienes e ingresos de 800 pesos. Miguel Comprés solo tenía bienes por 85 mil pesos y entradas anuales de 1,500 pesos. Su hermano Ramón contaba con bienes por valor de 73 mil pesos y los ingresos alcanzaban solo mil y piquito de pesos. Luciano Hernández tenía en bienes 123 mil pesos y sus ingresos eran de 1,700 pesos al año. Francisco Hiciano: 89 mil en bienes y 1,700 en ingresos anuales. Alejandro Lama: 120 mil y 2,500. Luis Lora: 80 mil y solo 658 pesos de ingreso. Vinicio Perdomo: 145 mil en bienes y 2,230 en ingresos. Luciano Rodríguez: 274 mil y 3,000. Rafael Rodríguez Tejada: 148 mil y 1,400. Francisco Rodríguez Guzmán: 119 mil y 2,250. Su hermano Ramón: 88 mil y 1.200. Héctor Rojas Badía: 140 mil y 2,250. Luis Felipe Rojas: 108 mil y 1,400. León Rosario: 347 mil en bienes y 3,300 de ingresos anuales. De esta lista se desprende que los más ricos de este grupo de potentados mocanos de la época, eran: León Rosario, Luciano Rodríguez y Donato Bencosme. León y Luciano eran todavía gente de respeto y alcurnia financiera en los años posteriores a la dictadura. Donato, hijo del general Cipriano Bencosme, fue víctima de la tiranía.

Sorprende pues conocer cuál era la real fortuna de esta oligarquía mocana de la época final de la Era de Trujillo y cuán pobre era el resto de la población de la villa viaductana. Pero, además, queda demostrado “las dimensiones extravagantes de la fortuna del tirano en relación con el tamaño de la economía nacional”. Explica también cómo algunas de estas riquezas fueron desapareciendo a la muerte de las cabezas de familia y surgieron entonces, como hoy, nuevos apellidos y familias de opulencia como nunca pensaron tener los ricos de entonces. Sesenta y tres años después y once millones de habitantes más tarde, no hay dudas de que aunque persistan inequidades sociales, el país dominicano –y Moca en sentido específico– ha visto surgir un gran cambio y las generaciones posteriores a esa época todavía, tal vez, no se dan cuenta del nivel de bienestar en que se han desarrollado, como nunca sus antepasados ni siquiera pudieron vislumbrar en sueños.

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Libros
Quiénes eran los ricos al final de la dictadura de Trujillo
Quiénes eran los ricos al final de la dictadura de Trujillo

Bernardo Vega (Prólogo: Roberto Cassá. Fundación Cultural Dominicana. 2017. 286 págs.)

Mediante el impuesto a la cédula, Trujillo conocía cuáles eran los ricos del país y dónde estaban ubicados. El notable historiador examina documentos de 1954 y ofrece datos concluyentes sobre las estructuras de las clases sociales dominicanas en el siglo XX.

Composición Social Dominicana. Historia e interpretación
Composición Social Dominicana. Historia e interpretación

Juan Bosch (Editora Tele-3, 1970. 321 págs.)

Uno de los textos fundamentales de la ensayística sociológica de su autor, esta obra explica a fondo por primera vez en nuestra bibliografía el origen de nuestras clases sociales, siendo el primero que detalla las riquezas de las familias adineradas durante la Era de Trujillo.

La fortuna de Trujillo
La fortuna de Trujillo

Juan Bosch (Alfa & Omega, 1985. 116 págs.)

Juan Bosch ofrece una relación de los negocios que poseía el dictador y sus parientes más cercanos, tomando como base el informe de Tirso E. Rivera, quien hizo el inventario 36 días después de la muerte de Trujillo. Cómo Trujillo convirtió a la República Dominicana en una empresa capitalista de su propiedad.

La República Dominicana: Directorio y Guía General
La República Dominicana: Directorio y Guía General

Enrique Deschamps (Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2003. 850 págs.)

Esta monumental obra publicada en 1907 en Barcelona, hace 110 años, es la vez de un compendio formidable del país dominicano de entonces, en todos sus aspectos (físico, geográfico, social, cultural y económico) una relación de las empresas y negocios de inicios del siglo XX en las principales provincias del país.

Historia del Hambre. Sus orígenes en la historia dominicana
Historia del Hambre. Sus orígenes en la historia dominicana

Pedro Mir (Editora Corripio. 1987. 255 págs.)

El gran poeta examina en esta obra los distintos rostros del hambre dominicana, partiendo del siglo XVI hasta arribar al siglo XX. Sin abandonar su estilo poético, Mir nos adentra en las memorias de la miseria económica y en la escasez alimenticia larga y profunda de cinco siglos.

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