Música y baile finiseculares

Francisco Veloz Molina, padre del laureado escritor e incansable investigador Marcio Veloz Maggiolo -un verdadero poliedro de sabiduría intelectual a quien profeso admiración desde los días lejanos del patio de la Librería Dominicana, solar de la presentación en 1962 de sus novelas Judas y El buen ladrón-, nos legó un fresco mural de la vida musical y danzaria del Santo Domingo de finales del siglo XIX e inicios del XX, un siglo caracterizado "problemático y febril" por el tango Cambalache. La Misericordia y sus contornos (1894-1916), obra de memorias subtitulada narración de la vida y costumbres de la vieja ciudad de Santo Domingo de Guzmán, retrata al detalle la sociabilidad amable y bullanguera de los habitantes de nuestra villa amurallada. Rica en referencias a músicos, cantantes, bailes y temas musicales de la época.
Siendo los bailes "la diversión favorita del pueblo", entre los músicos listados por Veloz Molina figura José Ramón Luna. Apodado Chucho, era oficial mayor del Ministerio de Justicia e Instrucción Pública y ejerció el notariado en Santo Domingo. "Tocaba bombardino y por sus magníficas interpretaciones, fue una gran atracción para el público asistente a los bailes en las barriadas de la ciudad". También Ernesto Prestol, "segundo clarinetista en la orquesta de Nicolás Martínez; éste se ahogó, conjuntamente con Tomasito Poncerrate, quien tocaba el bajo, en Bayaguana, en un sitio donde se fueron a bañar, que se llamaba El Saltadero". Ambos pertenecían a dicha orquesta, contratada para tocar en Bayaguana en las fiestas del Cristo. Lico Cerón, bombardino, se salvó en la tragedia. Aparecen asimismo los músicos Ernesto y Tito Martínez, hijos de Nicolás.
Otros mencionados son: Gerardo Mena, "músico y compositor, autor de muchas piezas bailables, tocaba bajo en la Banda del Ejército y daba clases particulares"; Dámaso Aguasanta, "acordeonista de noche y blanqueador de día"; Pilo Montolío, oficial del Ejército quien "tocaba muy bien la guitarra"; José Vidal (Chividón), ejecutaba bajo de metal; Hipólito Castillo y Cico Berlis, bajistas en la banda militar; Marco Giraudi, tamborero de una orquesta que alternaba con la de Juan Francisco Pereyra en la amenización de fiestas de la Cruz. Esta última empleaba pandero en vez de tambora para la percusión.
Sobre Juan Francisco Pereyra -de quien el autor recibió clases de clarinete- nos dice que era "clarinetista de primera, maestro de maestros". Tras "abandonar los atriles de la banda militar y la música en las compañías de Opera, Zarzuela y Opereta, se dedicó de lleno a enseñar música a domicilio". Manuel de Jesús Ravelo fue uno de sus discípulos, igual que Alejandro Woss y Gil, quien durante su primer gobierno (1885-87) le obsequió tres clarinetes de palo de rosa, mandados a fabricar a París: "uno en Do, uno en Si y uno en La". Actuaba en el teatro La Republicana, sito en Las Damas, hoy sede del Panteón Nacional. Su orquesta bailable la integraban, él como director y primer clarinete, Quintín Quero, clarinete segundo, Laíto Prestol, bombardino, Cobo y más tarde Arquímedes Robert, bajos, Manuelico Prestol, bugle, Juan de Mata Reyes, contrabajo, Miguel Andújar (Miguel el Cojo), güiro, y otro apellidado Prestol, pandero.
Entre los maestros resaltados por Veloz Molina en su retrato de época se halla Esteban Peña Morel, un negro retinto de sólido bagaje intelectual, de carácter independiente, quien rodó por el mundo exhibiendo su dominio en la ejecución de varios instrumentos de viento, por demás compositor y autor de provocativos ensayos sobre nuestra cultura musical. Era hijo de Severa Morel, de origen humilde. "Comenzó su aprendizaje a los diez años de edad, poco más o menos, tocando clarinete: después que terminó esa primera etapa, cambió el clarinete por el saxofón, instrumento que también dominó, siendo miembro de la banda de música del Ejército, y más tarde, después de haber estudiado armonía, ocupó la plaza de segundo Jefe de la Banda del Ayuntamiento de esta ciudad, siendo ya un fecundo compositor". Desempeñándose en estas funciones "comenzó su viacrucis, hasta que se vió en la imprescindible necesidad de poner proa al extranjero en busca de ambiente más holgado a sus conocimientos y a sus necesidades".
En Estados Unidos Peña Morel ganó un concurso por oposición para escoger un maestro de música organizado por una empresa teatral, frente a "grandes maestros italianos, polacos, rusos, suecos, franceses, americanos. A pesar de ser negro. Allí permaneció por mucho tiempo." Regresó por poco tiempo al país, "siempre ejerciendo la música". En La Habana "vivió por varios años, dando clases de música en diversos colegios de dicha ciudad." Veloz Molina -en clara alusión al ambiente discriminatorio que imperaba en los círculos encumbrados de Cuba- ofrece una anécdota reveladora del talento del dominicano. "A una pregunta que se le hiciera sobre Esteban Peña Morel en cierta ocasión al Maestro San Juan, eminente español, que a la sazón daba conciertos de música selecta todos los domingos en el teatro de la planta baja del Centro Gallego en la ciudad de La Habana, con una orquesta de 60 profesores en la materia, a dos pesos entrada, respondió: 'El señor Esteban Peña, dominicano, es negro, pero es un caballero de trato refinado y un maestro que sabe toda la filosofia de la música, en los conciertos que brindamos a este respetable público'." Trasladado a España "en su peregrinación", murió en 1936 en Barcelona.
Nuestro cronista cita a María Morcelo, una "pianista que daba clases a un gran discipulado en su casa y a domicilio". Hermosa tradición responsable de la educación del gusto musical de muchas familias, entre las cuales pude alcanzar el hogar de mi abuela Emilia Sardá Piantini y el de mi madre Fefita Pichardo, suplidos por las enseñanzas de Fifa Heredia, Julio Alberto Hernández y José Dolores Cerón. Y aprovechar a los avecindados maestro Pancho García y Juan Francisco "Tongo" Sánchez, en cuya residencia operaba una peña diaria. En la Trinitaria 4 de San Carlos, mi tío Mané Pichardo Sardá era el imán ingenioso de instrumentistas de cuerdas (guitarra, mandolina, violín, balalaika) y de algunos cantantes líricos como el tenor Rafael Sánchez Cestero, con quien formó una agrupación que se presentaba semanalmente en televisión. Ambiente sancarleño que se benefició del maestro cubano Adolfo Guzmán y de los retornos de mi primo Carlos Piantini.
Nos habla Veloz Molina de Fermín Cuevas, quien "llegó a tocar el clarinete en la orquesta de Juan Francisco Pereyra después de la muerte de Quinquín Quero, que era quien lo desempeñaba." Destaca el papel de los Viloria: Juan Esteban y Maximino, condiscípulos del autor en las clases que ofrecía Pereyra. Juan Esteban, bombardino, "ha actuado de manera consecutiva en el ramo de la música y unas veces en orquestas para bailes, ya en bandas de música para conciertos y por último como profesor". Maximiliano -quien tuvo una hojalatería-, se inició en el clarinete y después cambió a violín. "Más tarde con todos los conocimientos adquiridos, estableció la venta de instrumentos musicales de todas clases". Menciona a José Mena, zapatero y músico, quien tocaba tromba. A Miguel Andújar (El Cojo), güirero de orquesta, quien "desapareció" en una pausa de un baile en la casa de las Blonda, presumiblemente por hablar sobre Lilís, de una de cuyas amantes era vecino.
La lista se amplía con Nicolás Pichardo, ejecutante del bombardino que ejercía el oficio de zapatero. Ganó parte del premio mayor de la Lotería y estableció zapatería propia. Se graduó de abogado, llegando a ser Procurador General de la República. Entre los compositores estaban Maceo Barbas y Alberto Vásquez. Este era guitarrista, singularizado como "la mayor sensación en materia de canciones, como cantante y compositor, quien casi siempre cantó acompañando al que hacía de primo", indicando que regularmente las canciones eran a dos voces. Algunas de sus piezas "que hicieron furor en ese tiempo" fueron: El aliento de tu boca, Tú eres el ave, Vuelvo a ti, Te ví llorar, Yo me delito, Cuando dejen los dulces ruiseñores, Es verdad que yo te amaba, Más pura que el armiño, Eres Adriana. Con letra de Luis Morcelo y música de Alberto Vásquez cita La Dorila, una criolla popularizada por Sindo Garay en Cuba y grabada en múltiples versiones como pionera de la canción romántica del Caribe.
Otros compositores inventariados incluyen al guitarrista Fidel Rodríguez: Todos han dicho, En otro tiempo Ondina, Ves esta tumba, Yo te podré olvidar, Negros brillantes, Si fuera un astro de la noche umbría. A Alfredo Sánchez: Te adoro Julia, Mi campesina. Miguel Alcalá: Cuando me miras. Eduardo Scalan: No te enfades, Otra por mí. Enrique Saldaña: Si yo fuera la brisa gemidora. Salomé Ureña: Tierna avecilla. Ulises Heureaux hijo: Tu cuerpecito, Te quiero tanto, Desde que te ví mujer. Así como a Valentín Contreras, cantante y compositor. El mestro Fernando Rueda, herrero y músico, "tocaba clarinete y casi siempre perteneció a la banda del Ejército". Autor del pasodoble Bodas de Oro, escrito con motivo del Cincuentenario de la Restauración, "de una marcialidad y belleza que ha traspuesto los linderos de la Patria. Cuando los americanos invadieron el país lo tocaban mucho, y al marcharse se lo llevaron en su repertorio y es la razón por la cual lo oye uno tocar por esas bandas en cualquier parque de los Estados Unidos".
José de la Luz Martino (Malú), propietario de un restaurante en la Sánchez esquina San Pedro donde en las tardes se jugaba damas o tablero, "tocaba muy bien la guitarra" y escribió varias danzas muy populares. Una hija es autora de otra bella danza, América y Lila, "que se tocó mucho en los bailes populares". Angel Viloria (hijo de Maximiliano) es hechura de esta fragua fecunda que detalla magistralmente Veloz Molina. Su obra esencial en Nueva York, con su Conjunto Típico Cibaeño, sembró de merengues los acetatos de Ansonia Records y de paso nos puso a gozar en la pista del patio. Con los endiablados jaleos de Ramón García, la güira rasgada de Quintero y la limpia voz de Valladares, Viloria pegó los aires de la patria entre los ventisqueros de los rascacielos del Hudson.
José del Castillo Pichardo
José del Castillo Pichardo