20170520 https://www.diariolibre.com

El 4 de diciembre del 2010 dediqué en Diario Libre una columna evocativa al Hotel Sheraton del Malecón, resaltando la presencia refrescante en ese establecimiento de Renée Barrios, quien animaba a finales de los 70 e inicios de los 80 las noches mágicas del Piano Bar El Yarey. A quien conocí en 1964 siendo un curioso adolescente en el Hotel Casino Europa, administrado por mi primo Felo Haza del Castillo, en cuyo Night Club era presentada por Ramón Rivera Batista. Esta semana falleció en Miami a los 83, dejando tras de sí una estela de fieles seguidores de su arte.

A raíz de aquel artículo recibí una nota muy emotiva enviada por la Dama del Feeling, agradecida por el relieve que hice de su rol singular en el ambiente de la buena noche dominicana. A la que respondí en enero del 2011: “Para mí –así como para otros miembros de mi generación- su impronta en la vida artística de Santo Domingo es motivo memorable que se cuela constante en las conversaciones de peñas amables de amigos. Su energía y destreza en la ejecución del piano acompañante, su voz rica en matices, plena de voces múltiples moduladas con un ángel muy especial, eran combinación perfecta para dar vida cada noche a los temas de puro feeling que han formado su exigente repertorio de gorrión cantor.

Cuánta clase en el escenario, desplegaba en cada set. Cuánto don de dama exquisita, culta, formada en la mejor escuela musical. Muchos temas -nuevos para mí, como los de Lolita de la Colina y Concha Valdés Miranda- los conocí bajo el embrujo de su timbre. Otros, como los de René Touzet y Julio Gutiérrez –ya entonces muy caros a mi biografía sentimental- siempre tuvo usted la cortesía de interpretarlos a solicitud.”

Habanera, Renée recibió clases de piano de su madre y a los 20 se graduó con honores en el Conservatorio. Un accidente la llevó a decantarse por la música popular, aprovechando sus condiciones vocales. Entre 1957/61 formó dúo presentándose en el Tropicana y otros clubes, contratada en el 60 por el Pasapoga de Caracas. Allí acogió a su amiga Guillot cuando salió de Cuba.

En 1961 se establece en Puerto Rico alentada por Myrta Silva, quien la lleva a su programa de TV y refiere al Ocho Puertas del Viejo San Juan. En el 64 agota temporadas en los hoteles Hispaniola y Europa. En los 70 labora como profesora de canto en Borinquen. Sale el LP Curet Alonso presenta el mucho feeling de Renée Barrios. Antes, en el 62, Billo Frómeta produjo Color y sentimiento en la voz de Renée Barrios. En 1976 dirige en Miami un departamento de canto. LP Encuentro Renée Barrios (89) y CD Bolero Jazz (91). Retorna a Borinquen en 1988: temporadas en el Caribe Hilton y en La Concha. En el 89, junto a la Landín, Sonia Silvestre, José Luis Moneró y Lucy Fabery, protagoniza el 1er Encuentro de Bolero y Filin en el Teatro de la UPR. Celebra sus 30 como solista rodeada de cantautores como Puchi Balseiro y Sharon Riley, hija de Sylvia Rexach.

En la columna del 4/12/10 recreaba el ambiente del Sheraton.

“Justo el Sheraton abría todo un mundo de posibilidades. A la salida del Gimnasio, en la cafetería sita en el segundo nivel, un jugo rehidratante o un cortadito estimulante. Los concurridos happy hours en el área abierta del Piano Bar El Yarey, repleto de jóvenes ejecutivas relucientes. Abejoneo, vitilleo, abordajes, intercambio de datos, citas. Desde allí, debidamente higienizado y reciclado, un anclaje en Le Café de los hermanos Read, con sus crepes y su buena onda musical. Damas elegantes, muchas diplomáticas y extranjeras. Aterrizaje en la Taberna de María Castaña, pura candela variopinta. Para retornar, en el remate de la noche, a disfrutar de la Reina del Feeling, doña Renée Barrios, ese mujerón inmenso y elegante que provocaba emociones encontradas entre sus fans de ambos sexos.

Yo era un loco enfebrecido con su arte, que conocí temprano en el Night Club del Hotel Europa. A diario la seguía en El Yarey. Luego la buscaría en los hoteles San Juan y Caribe Hilton, y en incursiones al Ocho Puertas, en la Isla del Encanto, o en el Bar de María en Delcasse, cerca del apartamento de don Jaime Benítez, frente a la laguna del Condado. Para reencontrarme con ella en El Diamante Bar & Casino del caro amigo Edmón Elías, en su última temporada dominicana. En el reconocimiento que se le rindiera a René Touzet en el Teatro Nacional. Y en el recital de su amiga Marta Valdés en Casa de Teatro.

Su imán atraía y llenaba una mesa –la primera- capitaneada por la entrañable Norín García Hatton, quien gustaba presentarla con su gracia veterana de radiodifusora bonita, junto a las compositoras Meche Diez, Leonor Porcella de Brea, la cantautora Luisa María Güell. A fuerza de admirar y pedirle temas hice amistad con ella. Acompañándose diestramente al piano, en coloquio de voz y teclado, su interpretación de las inspiraciones de Sylvia Rexach Y entonces, Olas y arenas, Nave sin rumbo y Mi versión (“Hay variedad de opiniones/mil definiciones de lo que es amor”, popularizada por Tito Rodríguez), revelaba su calado profundo.

Para levantar ánimo, un chispeante De Repente, del maestro venezolano Aldemaro Romero que pegara Daniel Riolobos, le insuflaba energía contagiosa al auditorio. Una pieza que me derretía, de Manuel Alejandro, alcanzaba plenitud de identidad en su voz: “Si amanece y ves que estoy despierta/ porque de tu amor aún no estoy llena/ ámame otra vez/ámame otra vez/ con las mismas fuerzas que la primera vez”. Muy apropiada para los gimnastas del Sheraton de entonces que soñábamos con sexo.

De la cubana Concha Valdés Miranda, Renée nos ofrecía La Mitad, tan magistral como la logró Tito con su cantar pujaito. De la mexicana María Grever, Alma mía, un clásico de la desolación sentimental. De la Gorda de Oro, Myrta Silva, Qué sabes tú, “si tú no sabes nada de la vida”, caballero. Afincando en lo mejor del filin cubano, La noche de anoche de René Touzet y Tú mi delirio de Portillo de la Luz. Inolvidable, del gran Julio Gutiérrez, también inmortalizada por Tito. Para recalar en Imágenes del pianista Frank Domínguez: “Como en un sueño/sin yo esperarlo/ te me acercaste/ y aquella noche/ maravillosa/ tú me besaste”. Un tema que remacha: “y entre mis brazos quedó el espacio de tu figura”.

Juguete, de Bobby Capó, alcanzaba nuevos ribetes en un jugueteo de registros vocales muy propio de Renée. Llora, de Marta Valdés, evocaba esos amores viejos. Para remontar, como un ángel alado de la canción antillana, con una soberbia pieza de la mexicana Lolita de la Colina: Mitad mujer mitad gaviota. Ay, Renée, que todavía llevo el ala rota, por tu ausencia de mujerón gorrión. Mulata bella.

Lo demás era el pechugueo y el tirapiernas con la música bailable del maestro Félix Valoy y su cantante Ana Gilda García. El general Ramiro Matos González compartiendo la barra conmigo, en plena liberalización de las FFAA, hermanándose guardias y civiles bajo Guzmán. El maestro Tito Delgado en show sabatino con Sonia Silvestre. Le grandeur de nuestro chansonier Lope Balaguer respaldado por Jorge Taveras. O la orquesta de Rafael Solano con Vinicio y Luchy como atracción.

Los más golosos tenían la discoteca Omni a disposición para liberar el cuerpo en trance danzario. El restaurante Antoine para degustar tiernos filetes bañados en salsas sofisticadas con derrame de tinto y salpicados de setas. Para los madrugadores, buceadores de los misterios insondables de la noche, pecadores irredentos y seguros achicharrados sobre brasas ardientes del infierno, La Canasta servía frescos caldos para borrachos.”

A la salida, unas bocanadas de salitre salutífero provocaban un efecto broncodilatador que garantizaba un buen sueño. Para soñar con el mundo mágico de Renée y sus canciones. Aladas por esa inmensa mujer gaviota.

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