Murió Hilda Schott, la diableja

Cuenta la leyenda, que algunos confirman, que a los nueve años de edad Hilda Schott, quien estudiaba en la escuela primaria de La Vega, fue seleccionada para entregar un ramo de flores a Trujillo mientras visitaba el centro educativo. Cuando Hilda llegó frente a Trujillo con su buqué en la mano, lo miró de frente por breves segundos y de inmediato tiró las flores a sus pies mientras se daba la vuelta. La reacción del dictador fue iracunda: “¿Quién es esa diableja?” Minutos después, abandonó el lugar incómodo. Corría el año 1933. Apenas tres años tenía Trujillo en el poder.

Hilda provenía de una familia muy honorable de Moca, formada por hombres bravos y mujeres de generosa calidez y, a su vez, de carácter recio. El tronco de esa familia era su madre, doña Estela –sobrina de Horacio Vázquez-, auténtica matrona de la sociedad mocana de la época. Entonces y después, miembros de esa estirpe –mezcla de migrantes alemanes y franceses- darían señales fehacientes de sus temperamentos bizarros en los terrenos donde la historia recoge nombradías.

Veinticinco años después de aquella anécdota –ya con treinta y tres años de edad- Hilda se incorpora en la trayectoria del arzobispo Ricardo Pittini, un sacerdote italiano de la congregación salesiana que arribó por el puerto de San Pedro de Macorís justo en el año en que la mocana había arrojado las flores que Trujillo esperaba con las manos extendidas a los pies del mandatario. Pittini tenía cincuenta y siete años cuando llega a establecer en la República Dominicana a la orden fundada por Don Bosco. Todavía tenía la visión que luego iría perdiendo gradualmente, cuando en diciembre de 1958 –contando ya ochenta y dos años de vida, débil y enfermo- la cocinera del arzobispado lo encontró en su habitación inconsciente y sangrando en la cabeza. Para enfrentar la situación, la sirvienta pidió auxilio y pronto estuvieron junto al arzobispo el padre Remberto Cruz que vivía frente a la Catedral y los salesianos Andrés Nemeth y Sixto Pagani, quienes junto al doctor Pompilio Brower y el galeno José Luis López de Haro –republicano español que se había exiliado en Santo Domingo- brindaron los primeros auxilios al prelado. Fue en ese preciso instante en que el padre Pagani –quien realizaría una fecunda obra como salesiano- buscó la ayuda de Hilda Schott, para que sirviera como enfermera a Pittini. Hasta donde se sabe, nunca se conoció a cabalidad lo que sucedió: si acaso Pittini se cayó de su cama o si, como se llegó a comentar, fue víctima de algún desalmado, puesto que días antes su anillo episcopal había desaparecido de su habitación.

Trujillo, que nunca olvidó la afrenta de aquella niña en La Vega, supo entonces que quien atendía permanentemente al arzobispo era Hilda Schott. Todos los resortes humanos de la dictadura fueron puestos en movimiento para que hicieran desaparecer a la diableja, como la había denominado el dictador, del lado de Pittini. Don Cucho Álvarez Pina y Paíno Pichardo fueron los mensajeros de Trujillo ante el propio prelado para sugerirle su separación de Hilda. Conocían del suceso vegano y del rol de los Schott y Michel como desafectos del régimen. Pittini hizo caso omiso de todas las solicitudes y advertencias sutiles o directas. Hilda seguiría a su lado. Poco tiempo después ésta lo acompañaría, junto al padre Pagani, a Estados Unidos donde el arzobispo intentó buscar cura a su insalvable ceguera. Pittini, que durante gran parte de su ejercicio apostólico se mantuvo cerca del tirano para poder realizar la importante obra que llevó a cabo a favor de la Iglesia y de los grandes objetivos de su orden sacerdotal, comenzó a pensar a partir de 1959 de modo diferente. Algunos creen, lo que entendemos totalmente válido, que Hilda contribuyó a crearle conciencia de lo que significaba la Era de Trujillo. Lo cierto es que, poco después del suceso que pudo costarle la vida, y la entrada de Hilda a su cuidado, Pittini comenzó a vivir lo que uno de sus biógrafos, Juan Esteban Belza, llama su “calle de la amargura”. Se cuenta que Hilda, cuando viajó con Pittini y Pagani a Estados Unidos, trajo consigo una foto de su primo José Cordero Michel, un joven abogado de veintiocho años de edad que había participado como expedicionario en el grupo que desembarcó por Maimón y Estero Hondo comandados por el vegano José Horacio Rodríguez, hijo del mocano Juancito Rodríguez, gran combatiente contra la dictadura desde el exilio. Cuando Hilda entregó esa foto a sus tíos, uno de los familiares, temeroso, denunció el hecho, y dice Belza que desde entonces “reventó la tempestad”.

El arzobispo ciego fue víctima de chantajes, espionaje continuo, interferencias telefónicas, violación de correspondencia, los cepillos del SIM permanecían 24/7 frente a su morada, prostitutas contratadas vociferaban contra Hilda y el prelado, periodistas eran encargados de abordarlo con preguntas incómodas, el colegio Don Bosco fue allanado a media noche, miembros del SIM penetraron al colegio Santo Domingo y se bañaron desnudos en la piscina que las dominicas norteamericanas tenían (aún sigue ahí) para sus alumnas; Lamela Geler –“uno de los corifeos parlantes del régimen”- abría cada mañana la emisión de Radio Caribe, vomitando “un editorial sectario, sucio, insultante”, como anota Belza; varios sacerdotes eran amenazados para obligarlos a pedir que Pittini se fuese de Santo Domingo. El arzobispo nunca tuvo miedo, incluso cuando la Nunciatura no le brindó apoyo. “Me defenderé solo, pero de aquí sólo me sacan muerto”, decía. Empero, a finales de enero de 1960, Pittini presentó su renuncia ante el papa Juan XXIII, quien cuatro días después designó a Octavio Antonio Beras administrador apostólico sede plena. Pittini seguiría siendo el arzobispo, aunque sin funciones. Se quedó en el arzobispado sin otra ayuda que doscientos pesos que les enviaban los salesianos. Los superiores de su congregación y el inspector salesiano José González del Pino, les ofrecieron enviarlo al país de su selección. Hilda seguía firme a su lado. Pittini seguía firme en su negativa a irse del país.

Hasta que sucedió el hecho culminante y perverso urdido por la dictadura. Comenzó a visitar a Pittini un sicario colombiano, Jairo Alberto Calderón Forero. Conversaba a solas con el arzobispo. Había intrigas entre los empleados del arzobispado sobre estas visitas de personaje tan extraño. Pittini sólo refería la situación a Hilda y al padre Pagani. Calderón Forero le decía que se negaba a participar en las torturas que dirigía Johnny Abbes en la 40. Le contaba a Pittini lo que sucedía en esa caverna del terror y la humillación contra los enemigos del régimen. Dicen que Pittini quedaba medio enloquecido cada vez que conversaba con el colombiano y éste le narraba los detalles de las torturas de las que había sido testigo. El padre Pagani, tan cercano a Pittini, fue enviado a buscar por sus superiores para establecerse en San Juan, Puerto Rico, al conocerse que existía un plan para eliminarlo. El salesiano Enrique Mellano quedó bajo el cuidado del arzobispo.

En la tarde del viernes santo, 15 de abril, Hilda y una amiga visitaban los monumentos, cuando Calderón Forero abordó a ambas en la calle y les dijo: “Váyanse al arzobispado”. Hilda a toda velocidad fue a la casa del arzobispo y se internó en su habitación. A las 11 de la noche, alguien tocó la puerta. El colombiano insistía en que le dejaran entrar. De pronto, sonaron varios disparos, justo en el momento en que Hilda entreabría el postigo para cerciorarse de lo que pasaba. La ráfaga casi la alcanza. Las balas atravesaron la puerta y el armario del monseñor. Hilda vio al autor del tiroteo y el momento en que dos policías colocaban granadas en las manos del cadáver del colombiano. Un capitán del SIM pidió que apagaran la luz y llevaran a Pittini a otro lugar. Hilda lo tomó del brazo. Pittini esperó lo peor y tranquilamente, mientras Hilda lloraba, dio la absolución sacramental. Sólo Hilda acompañaba al anciano arzobispo en ese trágico momento. La dictadura había montado su espectáculo de muerte para acusar al colombiano de intentar asesinar a Pittini. Fue, finalmente, una víctima de quienes le habían contratado para insanos oficios. ¿O acaso Calderón Forero asesinaría por encargo a Pittini y la policía, simulando defender al prelado, asesinaría al colombiano? El hecho nunca fue aclarado. Aún así, Pittini no se amedrentó. Pero, un cura traidor y pusilánime (siempre aparece un lobo entre los pastores) sugirió al SIM secuestrarlo. El 24 de junio se hizo el intento. El cura citado entró a la habitación del arzobispo, justo cuando él había enviado a Hilda a comprar un regalo a su cocinera, Juanita, que celebraba ese día su cumpleaños. Pittini, aún en pijama, fue forzado por el sacerdote trujillista, a quien tomó de los brazos y quiso arrastrar por las escaleras. Pittini gritaba: “Me llevan, me llevan”. Hilda llegó en ese momento y “arremetió como una fiera” contra el atacante. El padre Mellano llegó también y el colaborador del régimen se vio obligado a huir.

Las cosas se tranquilizaron temporalmente. Parece ser que Balaguer, recién nombrado presidente, quiso intervenir para calmar la afrenta contra Pittini. Radio Caribe la emprendió contra el mandatario títere y Balaguer no pudo hacer nada. Hilda seguía en lo suyo. Era amiga de muchos años de Máximo López Molina, el líder del MPD que había venido al país bajo seguridades del régimen de que permitiría a su partido actuar libremente. Hilda llevó al líder emepedeísta donde Pittini, quien ordenó una botella de vino para conversar con su visitante. Hablaron por largo rato y en todo momento López Molina le confió al prelado que estaba seguro de que lo matarían. Trujillo se enteró de la visita y llamó directamente al padre Antonio Flores, párroco en Moca, con una orden intimidatoria: “Vaya y saque al arzobispo antes de cuarenta y ocho horas y si no, vuelo la Catedral”.

(Lea la segunda parte el próximo sábado)

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Libros
El pastor de los pobres y su mitra de plomo

Juan Esteban Belza (ITESA, 1976. 288 págs.)

Semblanza de monseñor Ricardo Pittini, el arzobispo ciego que sirvió a Santo Domingo en la Era de Trujillo, donde se pormenoriza gran parte de los hechos que aquí se narran.

Trujillo, la trágica aventura del poder personal

Robert D. Crassweller (Editorial Bruguera, 1968. 478 págs.)

Esta obra, de la que nadie ha recordado que se cumple en 2018 cincuenta años de su primera edición, sigue siendo un referente fundamental para conocer en detalles la dictadura de Trujillo.

Constanza, Maimón y Estero Hondo

Anselmo Brache Batista (Banco Central, 2008. 411 págs.)

Tercera edición ampliada y corregida del que está considerado como el libro mayor sobre la gesta del 14 de junio. Testimonios e investigación de los acontecimientos, desde sus antecedentes hasta su epílogo.

Análisis de la Era de Trujillo

José R. Cordero Michel (CPEP, 2012. 138 págs.)

Reeditado varias veces, este “informe sobre la República Dominicana, 1959” es, a juicio de Roberto Cassá, un clásico de la historiografía dominicana, casi seis décadas después de darse a conocer.

La sumisión bien pagada. La Iglesia dominicana bajo la Era de Trujillo. 1930-1961

José Luis Sáez, s.j. (AGN, 2008 / 339 págs.)

Importante colección de documentos, en dos tomos, sobre las relaciones de la Iglesia católica con el dictador. Este segundo volumen inserta los que corresponden al arzobispo Pittini.

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