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Nostalgia en Cinemascope

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Nostalgia en Cinemascope
Cartel de Un tranvía llamado deseo.
Este fin de año, tras cumplir 62, decidí reencontrarme conmigo mismo haciendo un viaje hacia la década de los 50. Era una forma simple de regalarme un atado de nostalgia, de navegar por los puertos del recuerdo, recalando en fondeaderos agradables. La familia -con la presencia permanente de los seres que sellaron nuestro carácter- es la película que llevamos dentro. El barrio, los amigos, la escuela, la iglesia, los clubes y asociaciones que nos socializaron junto a la radio y la tv, son extensión de la primera, cuya traza desdibuja la vorágine del tiempo. Sólo el cine nos salva. Con su magia tridimensional de imagen, movimiento y sonido, la cámara encapsula en moléculas de celuloide la eternidad de los eventos. Soy -lo sé desde el primer momento cuando me escapé entre el trayecto del hogar de mi abuela y la casa materna para "entrar de chivo" al Paramount, burlando la celosa portería de Rafael Cara de Piedra- de la generación perdida por el vicio del cine. Por eso, aproveché el asueto navideño y el recurso que hoy brinda el dvd para seleccionar películas de los 50 que me marcaron, a fin de revisitar la escena.

De las películas que me atraparon siendo niño, por la cadencia de su fuerza dramática y la crudeza de su historia, figuran tres que asociaron las carreras del director Elia Kazan y el actor Marlon Brando: Un Tranvía llamado deseo (1951), Viva Zapata (1952) y On the Waterfront (1954), exhibida en el país bajo el título Nido de Ratas. Todas filmadas en blanco y negro, con estupendo trabajo fotográfico de cámara que resalta mediante la iluminación contrastante los caracteres, tal como piezas de teatro llevadas a la pantalla grande. Asimilando los recursos del cine sin despegar los pies de las tablas. En efecto, A Streetcar Named Desire es una obra de Tennessee Williams estrenada en Broadway en 1947, que le granjeó el Pulitzer al dramaturgo sureño. Montada por el director de origen greco turco Elia Kazan, la versión teatral contó con Jessica Tandy y Kin Hunter, Marlon Brando y Karl Malden. Una producción londinense de 1949 dirigida por Laurence Olivier, incluyó en el elenco a la inglesa Vivien Leigh, ganadora del Oscar en 1939 por su actuación como Scarlett en Lo que el viento se llevó.

Cambiando en el reparto a la Tandy por la Leigh en el rol principal de Blanche DuBois que le ganó a la actriz un segundo Oscar, Kazan llevó al cine la obra de Williams. Ambientada en el French Quarter de New Orleans tras la Segunda Guerra Mundial, la trama enfrenta a la inesperada y perturbada Blanche -con ínfulas de aristocracia sureña decadente- con el tosco y fornido Stanley Kowalski -un orgulloso americano de segunda generación de polacos desmovilizado del ejército casado con la hermana de Blanche, representado por un Brando brutal.

Pese a la intervención del caballeroso Karl Malden (Oscar al actor secundario), quien se enamora de los encantos de la dama, y la indulgencia de la hermana (Kin Hunter, quien también obtuvo Oscar), el rudo y vulgar Kowalski desentraña el pasado accidentado de la alcoholizada Blanche -despedida de su trabajo como profesora por mantener relaciones con un adolescente- y las inconsistencias de sus historias con la realidad. Tras sucesivos estallidos de tensión del eje Brando-Leigh, el desenlace climático, en el cual se insinúa un episodio de violación, agudiza el cuadro esquizofrénico de la visitante y su salida de escena rumbo a una institución psiquiátrica. En el perfil de este atormentado y patético personaje, estudiosos de la dramaturgia de Williams -quien residió en New Orleans- entienden que subyace el caso de su hermana, afectada de enfermedad mental. De los cuatro actores principales, sólo Brando no obtuvo el Oscar, aunque fue nominado por su excelente representación.

En la continuación de la dupla Kazan-Brando aparece ¡Viva Zapata!, un film que llevé grabado en mi mente con la escena del líder agrarista revolucionario estampada en la retina, perforado su cuerpo por las balas de las carabinas como si fuera un costal de tiro al blanco. De nuevo la versatilidad de Brando convertido en Zapata, con Anthony Quinn como su hermano Eufemio (ganador del Oscar al actor secundario), y la fuerza penetrante de la fotografía en blanco y negro. La dirección artística mereció nominación, al igual que la música, el screenplay de John Steinbeck y la actuación de Brando, quien fue galardonado en el Festival de Cannes.

Atraído por la figura legendaria del caudillo del Sur, Kazan -quien había sido miembro del partido comunista norteamericano en los años 30 y enfrentaría en los 50 la persecución contra la conspiración "roja" encabezada por el senador McCarthy- se auxilió del narrador Steinbeck para la adaptación de una novela de Edgecumb Pinchon y exaltar en su film la lucha zapatista por la tierra en el ocaso de la dictadura de Porfirio Díaz y en los años turbulentos de la revolución mexicana. Para el mozuelo que yo era, esta mezcla de héroe/bandido que lucha por la justicia para los campesinos al estilo del legendario Robin Hood, fue una clarinada que quedó sembrada en la conciencia de mi generación.

De la mano de Kazan, Brando llegó a estelarizar On the Waterfront (1954). Exhibida en el país bajo el título Nido de Ratas, la vi por primera vez arrellanado en la calidez de la butaca de mi cine de barrio, en el Teatro Paramount de la Eugenio Perdomo, sito en el corazón de San Carlos. Como sucedía en esa época, signada por el cine de estudio de Hollywood, el cartel promocional resaltaba el rol de las estrellas. El inconformista Brando con el ceño fruncido, un ídolo torneado en la escuela del Actor's Studio creada por Kazan y otros inspirada en las técnicas de Constantin Stanislavski, cuyo desarrollo en la fábrica de los broken dreams marcaría décadas de gloria.

Filmada en blanco y negro con una fotografía neorrealista estupenda del ruso Boris Kaufman, ambientada en locaciones exteriores como el complejo portuario de Hoboken, New Jersey, la película ganó 8 Oscares, entre ellos mejor película, dirección, screenplay y fotografía, con estatuillas para Brando y Eva Marie Saint. Las 12 nominaciones incluyeron los roles actorales de Karl Malden, Lee J. Cobb y Rod Steiger, todos del Actor's Studio, así como la banda sonora a cargo de Leonard Bernstein. El American Film Institute le dio el número 8 de las 100 mejores películas de todos los tiempos.

La historia fue escrita originalmente por Arthur Miller y finalmente por Budd Schulberg -novelista y guionista autor de Memorias de un Príncipe de Hollywood, hijo del primer presidente de la Paramount, ex miembro del partido comunista que testificó en el comité McCarthy-, basada en una serie periodística de Malcoln Johnson que le mereció el Pulitzer y en los testimonios reales de Anthony DiVincenzo ante una comisión de investigación de las actividades de la mafia en el puerto. DiVicenzo (Terry Malloy en el film, interpretado por Brando), un joven estibador alentado por el cura católico de la comunidad (Malden) y por la hermana de un estibador asesinado (Eva Marie Saint), reacciona enfrentando el dominio mafioso que ejerce Johnny Friendly (Lee J. Cobb), jefe del sindicato portuario, acicateado por la muerte de su hermano mayor (Rod Steiger), también estibador y amigo del Mob boss. La actitud de Terry le granjea el apoyo de los trabajadores y facilita la acción profiláctica contra el crimen.

Tanto Kazan como Schulberg fueron compelidos a denunciar a sus compañeros filocomunistas de la industria cinematográfica en el Comité de Actividades Antinorteamericanas, estableciéndose un cierto paralelismo entre el papel colaboracionista de Anthony DiVincenzo (Terry en el film) y el de los dos íconos de Hollywood.

El fin de año sirvió para revisitar East of Eden (1955), de Kazan, basada en la novela de John Steinbeck, con James Dean en rol insuperable procesando una tragedia familiar en Salinas Valley, polarizada por el padre puritano quebrado y la madre ausente que regentea una exitosa casa de citas. Regresar a Gigante (1956), con Dean, Rock Hudson y Liz Taylor, trazando el cambio dramático de la Texas ganadera tradicional al boom millonario del petróleo. A Picnic (1955), con despliegue technicolor en Labour Day en un pueblo de Kansas, la bella pelirroja Madge (Kim Novak) se trenza en danza memorable con Hal (William Holden) al embrujo melódico de Picnic, un estándar musical del siglo XX. A Splendor in the Grass (1961), con Kazan introduciendo a Warren Beatty con una Natalie Wood electrizante. Retornar a Love is a Many Splendored Thing (1967) con Holden como corresponsal americano de guerra, enamorado de una consagrada doctora euroasiática (Jennifer Jones) con el trasfondo mágico de la bahía de Hong Kong y del tema homónimo.

Disfruté Sayonara (1957), con un Brando más acartonado rompiendo las barreras étnicas en el Japón de posguerra retratado por el novelista James Michener. Y gocé la picaresca de Billy Wilder en Una Eva y dos Adanes (Some Like It Hot, 1959), con Marilyn Monroe desplegando sus encantos seductores en una orquesta femenina, infiltrada por los traviesos travestidos Jack Lemmon y Tony Curtis, buscados por la mafia de Chicago. ¡Quién puede pedir más!