Otoño en cualquier meridiano o paralelo

Al otoño, dice bien el poeta Mateo, le han colgado el lastre de la tristeza y un sentido de declinación, de agotamiento.
$!Otoño en cualquier meridiano o paralelo

Creía a pie juntillas que eso de los cambios estacionales era cuestión de paralelos y meridianos, que a los nietos de África e hijos del Caribe nos estaba vedada la emoción del otoño, de esa temporada en que la naturaleza viste uno y mil colores y fuerza el regreso a los armarios de ropa pesada.

No, las estaciones son también un recuerdo, un punto fijo en la historia personal, una amalgama de tonos únicos sin definición cromática, de temperaturas al margen de termómetros por inmensurables en grados centígrados o Fahrenheit. Si faltasen argumentos, los hay a montones en unos párrafos deliciosos que leí el jueves, en un artículo calzado con la firma del viejo amigo Andrés L. Mateo donde cuenta cuándo y cómo descubrió el otoño, con epifanía en París.

Cito a Mateo: “Los dominicanos nunca hemos disfrutado de ese espectáculo porque las estaciones son para nosotros el mito de lo idéntico: “un eterno verano”. Y el otoño es lo gris, el lecho pródigo de las hojas, la suma larguísima de una tristeza. Mientras en el verano todo es inocente, en el otoño todo es sombrío. Incluso la metáfora que usa el marco de comparación de las estaciones, hace del otoño de la vida un tiempo en declive”.

El laureado escritor dominicano cumple una promesa que se hizo a sí mismo en su trance parisino: “que al inicio de todos los otoños de mi vida escribiría una balada”. ¿Alguien opondría parlamento?: “Nadie puede dudar que el otoño posee el poder de transmutación más asombroso, figura inteligible que cambia, además de la naturaleza, al hombre y la mujer”.

Más que tiempo para cambios de moda, las estaciones son un estado de ánimo y, como tales, hay que aprender a disfrutarlas. A vivirlas plenamente, con la pasión con que debe acometerse cada etapa de este paseo terrenal.

Ahora que vivo bajo la dictadura del termómetro, en el norte europeo, las estaciones vienen con adenda. Son un sentimiento paradójicamente profundo y superficial, que se manifiesta con intensidad en el espíritu y en la piel donde inoportunamente se reflejan por notas térmicas —contrario a mi Caribe— y emociones. Epidermis revuelta por el paisaje otoñal que nos deslumbra con el color subido de las hojas próximas a desaparecer. Vida intensa antes del final, como sabio consejo a nosotros, humanos. Epidermis revuelta por la brisa que sopla de algún confín gélido. Aviso oportuno para acudir a los rincones del ropero y rescatar la ropa cálida a tiempo para prevenir un resfriado.

Hay quienes se concentran en los eventos y olvidan el proceso. En estas latitudes de agostos perennes, invierno, otoño, primavera y verano son fechas en el calendario que se divulgan como noticia que a nadie interesan cuando arriban cada tres meses, excepto por la temporada ciclónica. Se nos escapa lo esencial —gracias Saint-Exupéry—, y es que las cuatro estaciones no están separadas, de que trasciende esos hiatos climáticos misteriosos entre ellas, regalo e imposición de Crono, sino que son piezas de un rito que también se oficia en privado. Como la vida, tal cual.

Al otoño, dice bien el poeta Mateo, le han colgado el lastre de la tristeza y un sentido de declinación, de agotamiento. Metáfora que rechazo, aquella del otoño de la vida, de la batida en retirada, como si la vejez fuese en verdad un final y no otra etapa, otra estación más de un proceso en el que no hay partes sino un continuo que se llama existencia. Hay belleza, y mucha, en el otoño estacional y existencial. Ese fuego en los árboles, esa sinfonía de colores en los bosques, esa brisa que rueda por el suelo y las alturas, ese sol discreto porque tal vez llegó cansado del verano, esos días acortados, el redescubrimiento de la calidez hogareña, el olor a madera en las prendas de lana al resguardo del armario, las aves que se marchan en su procesión de cada año, la naturaleza que se oculta. Y, como contraparte, las ilusiones que no son estacionales, la esperanza irresistible de que aún veremos cambios substantivos, la experiencia como guía en la confusión de la cotidianidad.

Cada día tiene la novedad de colores mágicos, de naturaleza mutante con el descenso de las temperaturas. Del otoño son esos paisajes de carnaval que se observan , esos “folliage tours” que reúnen a miles de amantes de la ecología, del color reinventado e inventado en tonalidades desconocidas y multiplicadas de rama en rama, de árbol en árbol, de bosque en bosque. Acuarela vegetal que nos remonta a un estadio de reflexión y quietud.

Tengo la ventaja de que el observatorio es cuanto me rodea en la rutina, el patio, las calles arboladas con elegancia. El sol se levanta con ramalazos cromáticos en las copas que resisten el ultimátum de la estación para rendir su ropaje. La noche adviene más temprano y en las aceras y vías están las muestras de que el otoño llegó: las hojas que anuncian nuestros pasos con el crujido de la naturaleza en trance de muerte. La hojarasca que se hace y deshace al conjunto de las brisas precursoras de fríos.

Hasta hace poco todo era verde, una comunicación constante del verano que en estas latitudes a veces es sentencia de agobio. Verde que de tan verde lo creo caribeño. Sus ramas, hospitalarias, acogen plumajes que mi Caribe desconoce, pero que son señales más de vida.

Concuerdo con Mateo. Un día cualquiera, como acontece cuando el año amenaza con despedirse, las hojas acusan el principio del final. De ellas y de estos veranos a los que el cambio climático les ha impuesto calidez exagerada y peligros verdaderos. Mudando de color, caen paulatinamente, movidas por soplos que las trasladan a la inexistencia. Sinceradas en su desnudez, faltarán meses para que la vida aparente retorne a esas ramas que en pocos días permitirán la indiscreción de los edificios de enfrente.

Disiento del poeta cuando castiga al otoño con la reducción a peón del invierno. Podría aceptar que adviene como anticipación de esa otra estación, la única que del año viejo pasa al nuevo sin abandonar la brusquedad de sus fríos de estrépitos corporales, pero también de la paz que cargan esos paisajes de blanco aletargado.

Subordinar el otoño al invierno es despojarlo de la grandeza que acusa en cada una de sus manifestaciones. De ese poder de transformación de que carece el estío y que nos llega tan hondo. No cede su independencia, sino que la presta para que la naturaleza descanse en la comodidad gélida y luego venga el impromptu de la primavera.

Hay otra posibilidad, que sea la estación para corregir los excesos del verano, de esas calenturas juveniles cuando la razón vive bajo un nublado demasiado largo. Momento para atemperar los impulsos y aprender que en la paleta de la vida hay más de un color, que entre los extremos del blanco y el negro media un mundo de tonalidades y posibilidades para colorear a discreción sensata.

Que sí, poeta Mateo, que hay belleza y mucha en el otoño. Me he vuelto otoñal en gustos y preferencias. Y también en edad. Temporada de inspiración, de recuperarse del estío y el hastío y acudir a uno mismo en la búsqueda de una paz que surge fácil, porque a favor se tiene la naturaleza. Y la satisfacción de lo mucho ya vivido.

Quedó atrás hace apenas unos días el equinoccio otoñal, ese preciso instante de tiempo cuando el ecuador terrestre se alineó con el centro del sol. Muy ocupados en los trajines de la política en minúscula, no nos enteramos. Pasó sin pena y sin gloria, como muchos otros acontecimientos a los que calendarios después recompensa la historia bien contada. La sintonía con la grandeza será siempre un fenómeno, elusivo por demás.

En este 2019, el otoño durará 89 días y 20 horas. Está, empero, en dos composiciones populares que lo han preservado para todos como estación inacabable, al conjuro de la música y de la poesía: Les feuilles mortes (Las hojas muertas), del final de la Segunda Guerra. “...Las hojas muertas apiladas,/ los recuerdos y los remordimientos también,/ y el viento del norte los arrastra en la noche fría del olvido...”

Y en September song, Canción de septiembre, que valoro más en la interpretación de Sarah Vaughn y su voz a prueba de estaciones: ”...el tiempo es muy, muy largo, /de mayo a diciembre, /pero los días se hacen cortos /cuando llega septiembre, / el tiempo otoñal convierte las hojas en gris.../y los días se reducen/ a unos pocos en valor.../septiembre, noviembre...”

El otoño, como antesala del final, no existe. Porque el invierno es un tránsito, un puente a la primavera, que también he redescubierto en estas andanzas diplomáticas. Me enteré una madrugada cualquiera, cuando el sol salió más temprano que de costumbre y un bullicio de cantos me apagó el sueño. Las aves, esas cuyos nombres desconoce mi ignorancia caribeña, se me adelantaron. Por lo visto conocen la naturaleza mejor que yo.

Otras temporadas vendrán, también el otoño, con su belleza irreprimible y la certeza del cambio. Tan inspirador que un poeta caribeño le compone una balada cada año.

Más que tiempo para cambios de moda, las estaciones son un estado de ánimo y, como tales, hay que aprender a disfrutarlas. A vivirlas plenamente, con la pasión con que debe acometerse cada etapa de este paseo terrenal.

+ Leídas