Payeyo, mi amigo

Hace cinco años, un grupo de amigos de Payeyo García Troncoso nos reunimos para recordar el cincuentenario de su fallecimiento, acaecido el 4 de septiembre del 1958. En la ocasión, fui escogido para pronunciar las palabras centrales del homenaje, las cuales comparto con los amables lectores, llenas de vivencias y remembranzas de toda una época.
Al pensar en Payeyo, de inmediato lo veo en el patio de mi casa de la Josefa Perdomo esquina Presidente Peynado -diseñada y construida por don Trene Pérez, padre de Marcelle-, bajo la gigantesca mata de mangos guerreros, capitaneando los equipos de pelota de los Cuícalas y los Sícalas. Así es, capitaneaba los dos equipos y los nombres, reglas de juego, todo, surgido de su mente, integrados por Carlitos Mondesert, Maximito Gómez, Guidito Despradel, Ivan L'Official, Tete Leyba. Y también por amigos del barrio, un surtido de jardineros y muchachos del patio, mensajeros de oficinas y negocios, y cualquier tiguerito que cruzara por la calle, rápidamente integrado a los tines por Payeyo. Aquél que vendía canquiñas de coco y el dulcero, que parqueaba su caja de masitas, pudín borracho, suspiros, conconetes, jalaos, bienmesabes, piñonates blancos y rojos, tarticos de guayaba, ciruela y a veces piña, que por cierto resultó ser un buen pitcher.
Para ese entonces tendríamos once o doce años. Antes, cuando éramos más pequeños, era verlo llegar a casa de Papy Cott en la Av. Independencia, vestido de charro mejicano, y ser la estrella del cumpleaños cantando Noche de Ronda, Perfidia, Solamente una vez, Bésame mucho, Muñequita Linda, sus canciones de combate, como él mismo las llamaba. Y luego, arrastrarme hacia la Cayetano Rodríguez cuando don Juanito y doña Consuelo se mudaron para allá, lejos de mi casa, y ahí formar parte de ese grupo que Payeyo aglutinó y que todavía sigue siendo mi principal grupo de amigos. Que ahora se reúne a recordar con alegría pero con profunda saudade, a nuestro querido e inolvidable Payeyo. Mi amigo Payeyo, muerto trágicamente hace ya cincuenta años.
Meses antes había partido mi vecino Tete Leyba, víctima de enfermedad que lo acompañó desde su infancia. Meses después Emerson Caamaño, víctima de las circunstancias. Ahora era Payeyo, servicial y gregario hasta el final. Al insistir en llevar a San Cristóbal a dos compañeros de trabajo, en un viaje sin retorno con apenas veintiún años. Faltando así a la cita del domingo próximo, todo listo para viajar con Ofelia hacia Yale, a disfrutar de la beca que le ayudaría a profundizar conocimientos sobre su mayor pasión, el teatro. Presente hoy el sobreviviente de la tragedia, el buen amigo Italo Russo. Luis Emilio Salas, falleció instantáneamente.
Atrás había quedado el año en Christian Brothers College, Memphis, donde estudió drama, que nos sirvió -yo estaba en Notre Dame- para mantener correspondencia continua. Cada vez que la releo, vuelvo a vivir sus originalidades, veo su mente en efervescencia, comparto sus pasiones y comentarios críticos sobre obras de teatro, poesías, sus proyectos. Aquella espontaneidad y forma de ser, el proceso de creación de sus poemas, la claridad de sus ideas, sus enfoques siempre originales, su genialidad para crear el diálogo constructivo, su profunda fe católica.
Y confirmo esa seguridad que demostraba en todo lo que emprendía en la vida, como arriesgarse a cantar "profesionalmente" en un teatro de la calle 42 de Nueva York, cuando apenas era un niño grande, que requirió permiso especial de las autoridades. Momento en que también fue invitado a grabar una serie de discos en un estudio. O al participar en Londres en un programa de televisión, o al intercambiar vivencias de tú a tú con grandes intelectuales durante su visita a España en 1956, haciendo galas de su sólida formación humanista. Y que lo mantenía al día con lo que acontecía en Broadway -no había internet, la televisión era precaria, los periódicos y la radio eran parcos, ya que vivíamos bajo una dictadura.
Recuerdo nuestra participación en la lectura crítica, en una buhardilla de literatos en el Edificio Baquero, del poema de Paul Valery El Cementerio Marino y de tantos más. Y vivir la puesta en escena de tantas obras -en muchas productor, director y actor principal al mismo tiempo- que presentó en Bellas Artes, en el auditórium del Salomé Ureña y en el Olimpia. Y la memorable presentación de Picnic en el Roof Garden del Jaragua, con la que el teatro arena hizo su entrada en el país, gracias al genio de Payeyo.
Las navidades del 54, Payeyo y yo en Nueva York, flamantes y asiduos ocupantes de los balcones más altos de los teatros de Broadway, asistimos maravillados, con poco dinero en el bolsillo, a Té y Simpatía, con una exquisita Joan Fontaine y un bisoño Anthony Perkins como joven estudiante. Vimos a la inmensa Tallullah Bankhead en Dear Charles y a la actriz de actrices, Geraldine Page, en The Rainmaker, y luego pasábamos a conversar con los artistas y recoger sus autógrafos. En el viejo Metropolitan Opera nos faltaron ojos y oídos para presenciar, extasiados, El Barbero de Sevilla, con Jan Pierce y Roberta Peters. Luego acudir a Asti, legendario restaurant del Village donde se daban cita artistas, músicos clásicos y cantantes de ópera. Allí Payeyo se dio a conocer e hizo aplaudir, como la estrella que era. Cuando éramos muchachitos de diecisiete años.
En esas Navidades fuimos a una fiestecita en casa de amigos dominicanos en Nueva York -presentes Altagracita y Sarita Gómez. Cuando ya todos habían hecho lo que sabían para divertirnos sanamente, recitando, cantando, haciendo chistes y adivinanzas, y Payeyo había hecho de todo, sólo quedé yo pendiente de hacer algo. Fue entonces que Payeyo insistió en que lo que mejor que sabía hacer era escribir rápido a maquinilla, que me buscaran una maquinilla para que yo hiciera mi show. Y aquello se vino abajo. De esa fiesta recuerdo el chiste cumbre de Payeyo: "¿En que se parece un chicle a un tren de pasajeros? ¿Nadie sabe? Pues en que el chicle tiene menta. ¿Y el tren? Pues hombre, el tren tiene menta...nillas."
Estaban las tandas vermouth en el Elite, los domingos en la mañana, las reuniones en las casas de las muchachas, las fiestas en el Golfito, la piscina del Country y los pininos en el golf. El Baile Blanco de San Andrés en el Casino de Güibia, con el desfile por el Malecón desde el Jaragua, elegantemente vestidos de etiqueta tropical y traje largo de gala y el Club de la Juventud, la Casa de España y el Night Club de La Voz Dominicana. Nuestra pasión por Morenita Rey, a quien veíamos todas las veces que vino al Patio Español del Jaragua, desde nuestro palco exclusivo en la escalera exterior que iba al segundo piso. Las serenatas y tantos otros recuerdo.
Payeyo vivía la alegría, la informalidad. No sabía lo que era ofender. Los pleitos suyos con Pablo Golibart durante el montaje de las obras de teatro son legendarios. Y terminada la obra, tan amigos como siempre. Decía Payeyo que tanto Pablo como él exponían sus puntos de vista, que siempre eran diferentes y como no se ponían de acuerdo, era un desahogo por las tensiones ocasionadas en las primeras noches de estreno. Los relajos continuos entre Payeyo y Humberto Soto Ricart, incurablemente gago. Tanto molestar a Humberto, que éste le decía con la jocosidad con que Payeyo lo molestaba: "¡Mira Payeyo, si tú me sigues embromando, yo a ti te voy a acabar social, política y eco... co... co... económicamente!"
Nos reunimos en 1963 en el quinto aniversario de Payeyo y pusimos en circulación el libro con sus poemas. Don Héctor Incháustegui Cabral haría el prólogo y don Julio Postigo, el editor, me urgía conseguirlo, ya que el libro estaba prácticamente listo. Don Héctor me dijo entonces: "Mira Johnny, me estaba resultando dificultoso escribirte el prólogo en prosa, así que te lo escribí en verso." De nuevo en 1983, en reunión de sus 25 años, llena de cuentos, recuerdos y vivencias, cuando aún nos considerábamos jóvenes adultos, llenos de ideas y proyectos, y todavía no teníamos nietos. Y ahora, en este 50 aniversario, Payeyo nos habría descrito como una "partía de viejos sin ná que hacer". Pero qué va, bien sabe él que sí sabemos lo que estamos haciendo, porque con nuestro ejemplo y tras de nosotros -y ya vamos faltando algunos- dejamos un legado a las nuevas generaciones, que hasta ahora, creo no han sabido recoger.
Es momento de que se hagan cosas que perpetúen la memoria de Payeyo. Un joven extraordinario, un verdadero modelo, un líder que abrió caminos, un luchador incansable, que a tan temprana edad ya había cumplido con amplitud lo que aquel sabio decía era necesario cumplir antes de la muerte: tener un hijo, escribir un libro y sembrar un árbol. Ese árbol de tan profundas raíces, fuerte tronco y espeso follaje repleto de jugosos frutos, que constituye el legado de su corta y fecunda vida. Su nombre debería honrar una calle de su querida ciudad de Santo Domingo. Debería figurar en el frontispicio de más de una escuela, de más de una biblioteca. En su nombre deberían de existir becas que beneficiaran a jóvenes estudiantes de teatro. La sala de más de un teatro debería llevar su nombre. Así como existir una Cátedra Magistral de Teatro "Payeyo García Troncoso".
Cosas todas no por vanagloria, que nunca fue su adorno, sino para que el ejemplo que legó Payeyo al país y al mundo, perdure en las generaciones que ya nos vienen empujando a un lado... para que cuando llegue el próximo aniversario digno de celebrarse, y nosotros ya no estemos para prepararlo, su recuerdo no haya caído en el olvido. Y que otros hayan sabido recoger el reto que estamos poniendo ahora en sus manos, y muchos jóvenes sigan encontrando en mi amigo Payeyo el acicate para forjar sus vidas con verticalidad, enfrentando las dificultades y manteniendo siempre el espíritu alegre. Hasta luego, mi amigo Payeyo… Payeyo, mi amigo.
Diario Libre
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