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Pequeños detalles, grandes diferencias

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Pequeños detalles, grandes diferencias
Al año que discurre se le terminan los meses y muy pronto también las semanas y finalmente los días. Me asalta la tentación de mirar atrás hacia enero, y afincado en esa fecha pivote ejercer de Jano para otear el porvenir inmediato a partir de un repaso rápido de la crisis que amenaza la unidad europea y la moneda común, la reelección de los presidentes Obama y Sarkozy, la economía mundial y, de paso, poner fin a una década de crecimiento prodigioso en esta Iberoamérica nuestra. Compiten también por el tema de esta semana dos libros soberbios que recién acabo de leer, uno escrito hace ya más de 200 años: Inferno, de Max Hastings, y las Memorias de un húsar, el sargento Bourgogne, sobre la campaña de Napoleón en Rusia, y de la cual al doblar de la esquina se cumplirán tres siglos. Ambos nos estremecen con los horrores de la guerra, pero desde una perspectiva diferente en la que el dolor y la muerte llevan nombres y apellidos, género, nacionalidad y rostro humano, y no meras menciones sepultadas bajo un aluvión de estadísticas sobre material bélico empleado, batallas, estrategias, destrucción material y millones de bajas civiles y militares combinadas.

El calendario se agota hasta quedarse sin páginas ni tiempo, pero permanecerá como símbolo y ancla de recuerdos y hechos que alguna vez serán historia, personal y del mundo. Ese encuentro de lo nuestro y lo de todos, esa coincidencia atemporal entre lo colectivo y lo individual asume otras formas y consecuencias trasladado a las instancias mayores de la sociedad. De ahí se alimentan las normas que a todos tocan, las experiencias y enseñanzas que esculpen la idiosincracia y uniforman las características de una nación. Los nutrientes del alma nacional no son nuevos, sino que se generan en un pasado propio, único y, sin embargo, matizado substancialmente por esa interrelación de hechos fortuitos o previsibles que es la historia, con tantos protagonistas como aristas e interpretaciones.

De porqué un pueblo es diferente a otro podrían escribirse tratados, pero basta suscribir la tesis simple de que la respuesta pasa por esos calendarios consumidos y que contienen razones que, con el tránsito de las épocas, han dado consistencia a valores y convencimientos. La savia dominicana se ha enriquecido de algunos componentes que, desafortunadamente, han contribuido a unas falencias de las cuales no logramos deshacernos pese a los años transcurridos. De ahí la relativización de principios que en otras latitudes son sagrados y que confieren a esas sociedades una fisonomía admirable y de la que haríamos muy bien en copiar algunos rasgos. Vale advertir que no hay pueblos modélicos, pero sí donde reina la certeza de que las transgresiones a las reglas, pequeñas o mayores, conllevan castigos proporcionales. Pueblos donde, por ejemplo, pagar por amor furtivo como homo o heterosexual, no acarrea condena, mas sí la ocultación. Se castiga la doblez, y con sentido: la función pública necesita de hombres honestos a carta cabal, no que lo parezcan.

Hemos dominicanizado uno de los valores fundamentales con categoría universal, la honestidad. Más apropiadamente, la hemos domesticado para que sirva a propósitos individuales y colectivos de forma tal que sea escudo y arma forjados a nuestra conveniencia. Su némesis, la corrupción, ha sufrido también una metamoforsis parecida y, al igual que la viga en el ojo ajeno, suele verse selectivamente. Si bien corrupción y política caminan de las manos en el trópico insular caribeño que más amó Colón, afirmación tajante que descarta la mera posibilidad de que alguien pueda ni siquiera asir la primera piedra, me interesan otras nimiedades aparentes y que, sin embargo, ilustran la contundencia de lo dicho. Se han aceptado como válidos estilos, conductas y pareceres que, en conjunto, han parido una sociedad corrompida hasta los tuétanos si como baremo se toman otros pueblos etiquetados como desarrollados y hasta como no desarrollados.

No me hace gracia alguna, aunque sé que a muchos otros embarga un sentido diferente del humor, que el consulado de Estados Unidos en Santo Domingo haya devenido en una suerte de centro de entrenamiento para los noveles oficiales consulares. Es tal la profusión de documentos falsificados, la diversidad y mañas empleadas, que, sin exageración, puede afirmarse que los dominicanos hemos inventado tantas movidas inteligentes como para mantener en jaque continuo a las autoridades norteamericanas. Peloteros con juventud eterna, vírgenes con largos matrimonios a cuestas, casadas vírgenes, hijos con padres virtuales, cuentas bancarias inverosímiles, cartas que ni Cervantes escribiría con tanta maestría, recomendaciones y títulos de ficción y, en fin, me confieso exhausto de antemano para agotar el inventario completo. Ese es el pan nuestro de cada día en la Máximo Gómez esquina César Nicolás Penson, y donde faltaría destacar un contigente de fiscales y policías para poner en causa a tanto delincuente. Más de una vez, sin embargo, he oído y visto celebraciones porque el afortunado o afortunada aquel logró engañar al cónsul y obtuvo un visado para el cual no reunía los requisitos mínimos. Así, un acto vulgar de deshonestidad se presenta como un triunfo del oprimido frente al opresor, del mulato maltratado contra el capataz blanco, pese a que el diplomático bien podría ser un afroamericano. Se obvia un detalle que daña a la colectividad aparte de la mala imagen de que nos hemos hecho merecedores. Turistas bona fide, gente que de verdad se amolda al condicionamiento de Estados Unidos, son rechazados, víctimas de la inseguridad que abate al vicecónsul ante un panorama de pillería comprobada y extendida.

La honestidad intelectual se adquiere muy temprano, en el hogar y en el aula de la primaria. Copiar en la tarea académica es falta grave que conlleva la más baja calificación si se trata de un ejercicio o un examen, y hasta la expulsión o cancelación del título en algunos casos. En Alemania, recientemente, un ministro se vio obligado a renunciar cuando se descubrió que su tesis de doctorado contenía ideas y escritos de otro. Eso de burlar el ojo avizor del maestro durante los exámenes es costumbre inveterada en la escuela y universidad dominicanas, y pocas veces se sanciona. Pero tampoco levanta el índice acusador de los compañeros de clase ante una conducta reprochable. Ni hablar de presentar como propio el calco completo de un trozo de algún libro o texto. El profesor viola sin miramientos los derechos de autor cuando comercializa o reparte copias de obras completas o parciales que ha dispuesto como libro de texto. Las pruebas nacionales se han vendido, pero también las han comprado. Era costumbre -ignoro si aún lo sigue siendo-, vender ediciones piratas en los economatos universitarios a sabiendas de que se incurría en una práctica infame, a contrapelo del objetivo primordial de una universidad como alma mater de los ciudadanos del futuro.

En uno de los periódicos donde trabajé, hubo que recurrir a rollos industriales de papel de sanitario porque el personal se robaba los pequeños. Son contados los hogares que no tengan historia de personal doméstico que "carga", prendas de vestir que desaparecen misteriosamente y bodegas de contenido disminuido y no por la sed y consumo de los dueños. Los tanqueros de combustible llegan a las estaciones gasolineras con menos volumen del que cargaron originalmente y no precisamente porque la evaporación sea la causa. De pequeño vi ví el truco del pulpero que ponía un imán debajo de la balanza para robarle al cliente unas onzas del producto. Por años se han vendido en el país cilindros de gas con menos peso del indicado. Los marbetes de revista falsos o verdaderos se adquieren en las esquinas y no en las oficinas reglamentarias. El contrabando en las aduanas era o es un arte celebrado con precios más bajos en las tiendas y bolsillos empresariales más repletos. Algunos supermercados cubren la fecha de caducidad con el precio del alimento. Se me hace difícil atribuir la culpa principal en el caso de las botellas, si al que las patrocina o a quien cobra el cheque sin realizar trabajo alguno. E igual dificultad confronto a la hora de determinar grado de falta, si en el que demanda u otorga el oro corruptor.

Había tiendas en Santo Domingo que se distinguían por vender mercancía inusualmente barata. Trajes y zapatos de marca, con la etiqueta de los precios originales en dólares de establecimientos norteamericanos, se ofrecían por sumas inferiores no obstante la tasa de cambio adversa. Por curiosidad le pedí a alguien que averiguara el secreto de vender tan barato lo obviamente caro: era mercancía robada. En Estados Unidos operan bandas que se roban furgones completos de ropa y tienen canales propios de distribución. También hay empleados de tiendas que burlan la vigilancia y diariamente se llevan a casa un número indeterminado de prendas de vestir que luego "queman" cuando el fin de semana reclama diversión y unas botellas de contenido etílico figuran como objeto máximo de deseo.

Nos rasgamos la vestidura ante la fementida campaña de "desnacionalización" de personas hijas de inmigrantes ilegales haitianos nacidas en territorio dominicano. No se para mientes, empero, en la gran cantidad de documentos alterados que la Junta Central Electoral ha descubierto tanto por debilidades del Registro Civil como por la acción de criminales avezados, expertos en falsificaciones. Se deja de lado, además, que centenares de identidades falsas en manos de chinos han sido confiscadas y canceladas gracias al celo de la JCE. Que se esté o no de acuerdo con la legislación dominicana en materia de nacionalidad no debería ser impedimento para reconocer y condenar la deshonestidad que encierra la adquisición, con plena conciencia, de un documento adulterado. Alguna razón poderosa habrá para que la ley castigue con dureza ese delito.

Robarse la electricidad es un crimen solo en el texto jurídico; y si descubren al culpable, mala suerte. El listado de pecadillos y faltas mayores que se han convertido en componente habitual de nuestra práctica social y mentalidad es muchísimo más largo. No hay intención alguna de justificar la otra corrupción, la que se condena fariseicamente a diario y mucho más en las calendas electorales, sino de explicar unas raíces que son perniciosas, e identificar la fuente de esas aguas que traen tantos lodos. Entender la honestidad en toda su dimensión y aceptar que a todos nos ocupa, es la única manera de apartar como moneda de curso legal, de evitar que se convierta en proyecto nacional, la instancia que Shakespeare pone en boca de Hamlet y que tanto me gusta citar: "Si no tienes una virtud, fíngela".