He vuelto a Europa y me han censurado el olfato. De los cinco sentidos, quizás mi favorito. Se acabó la libertad total para oliscar lo desconocido, incursionar en aires extraños e, igualmente, disfrutar las bondades de la naturaleza y de los humanos que sufrir las podredumbres de ambos. Las mascarillas, que en sus diferentes formatos protegen en la sala quirúrgica, en la fábrica o lugares de emanaciones peligrosas, son ya obligatorias en los lugares públicos. Se les ha robado su efectividad colectiva a los olores, y la única solución es aceptar el monopolio del aliento propio. Las cosas que decía de los sentidos, hace ya va-rios años, sufren de oquedad, condicionadas por el tapaboca insustituible para resguardarse de la pandemia

Y pensar que en los peores y mejores momentos, el olfato se atiene a la discreción más estricta a menos que su dueño obvie el protocolo y se decida por suspiros o expresiones que no dejan lugar a duda de cuánto enrarecimiento carga la atmósfera. Como referente, herramienta eficaz para remitirnos a momentos y seres que han sido la felicidad misma. Activo o pasivo, a oscuras o a tientas, en silencio o en el bullicio, siempre presto. ¡Cuánto sentido hay en el olfato!

Por la boca, muere el pez. La mano en lo ajeno o tocar lo prohibido ha desen-cadenado más de una tragedia. Testigo inoportuno o ver lo que no se debe: cortejo de males inconmensurables. Sin haberla visto, ¿quién codiciará a la mu-jer del prójimo? Ciertamente, a palabras necias, oídos sordos. Empero, oír, ver y callar es la conducta del sabio. Mi déficit de sesera nada tiene que ver con cero inventario de persecuciones, muertes, atropellos, torturas o condenas se-veras por olisquear. Porque dobla como ejercicio vital hasta el día en que dejamos de respirar, el más común de los sentidos es el olfato. Nacemos y morimos oliendo. Sentido común que puede con 10.000 olores diferentes. Y que nada cuesta.

En esta temporada estival, en la Europa milenaria solía haber una y mil tareas para el olfato. Desplazados los abrigos, quedaban las anatomías sin constreñimiento alguno para volcar sus efluvios a los cuatro vientos. El contrasentido más olfateable se daba en estos espacios ultracivilizados y donde, si la nariz no engaña, parecería un deporte popular preservar las axilas del jabón purificador, el agua limpiadora y el desodorante amistoso. En mis confines caribeños, el cuidado del peligro debajo del brazo es pasaporte de ciudadanía sensata y certificado de higiene respetuosa del colectivo.

No dejemos en el aire la compensación generosa aneja al bouquet de vinos caros y baratos y de los destilados revive muertos; a la gratificación olfativa que brota de las muchas y exquisitas esencias y, sobre todo, de los fogones que han hecho historia. Hay conjuro de todos los paraísos, placeres e imaginación, en esas pociones mágicas, gotas divinas y azote de bolsillos que son los perfumes. En la geografía europea, el verano ejecuta una sinfonía de notas florales que se pasean sin descanso por la campiña. Romero, azahar, limoneros y ale-líes. Rosas, tomillo, albahaca. Ah, y lavanda que premia de morado todo cuanto alcanza la vista y roza el olfato con un toque inconfundible de hogar, lecho anhelante, remedio contra la ansiedad, pureza de espíritu, quietud insoslayable. El Mediterráneo huele a trópico y la descarga salina refresca la nariz con un bálsamo marino que remite a nostalgias insulares. Catar esos olores se ha vuelto un imposible, culpa del tiempo y de la COVID-19.

Si alerta, el ambiente servía de aula. Nos subía nobleza a la nariz cuando, al pasar, alguien deja revoloteando un rastro de sensaciones embriagantes. Entraban en el deleite esos perfumes seductores, tímidos, pero eficaces en el mensaje de sus efluvios y que suelen consumir aquellos con tanto buen gusto como bienes materiales. Otros alborotaban con golpes desaprensivos cuantas aberturas na-sales encontraban a su paso, envilecido su alrededor con emanaciones fuertes, intempestivas, quizás inoportunas porque sentarían mejor en la noche, cuando, aporreado una y otra vez, el olfato se hace más fuerte. Estudio con asiduidad —sin terminar nunca la materia—, la sociología de los olores; advierto un sello de clase en esa disparidad en los resultados olfativos que se cosechan en la mu-chedumbre, en los lugares muy o poco concurridos, y, ¡por Dios!, en el uno a uno del amor.

Resisten, nuestros olores favoritos, la competencia del tiempo y demás notaciones sensoriales. La naturaleza también se transforma y la urbanización creciente comporta modificaciones importantes de nuestras percepciones. Nos disminuyen físicamente esas partículas contaminantes cuya invisibilidad las hace más peligrosas. Las respiramos y nos envenenamos paulatinamente. Materia y humanidad suelen tener olor propio. La individualidad impone sus reglas y contradecirla es de antemano ejercicio fútil. Menos mal que los olores son tam-bién recuerdos instalados en el tálamo, hasta en el nupcial. Atesoramos en la memoria esos lazos con el ayer y se desatan con inusitada frecuencia para transportarnos a las diferentes etapas de lo que hemos vivido. Imposible desembarazarnos del olor materno, único, exclusivo porque cada quien lo transforma y siente a su manera. Lo llevamos sin que se contamine ni pierda una jota de intensidad, como regalo sublime de quien nos dio el ser, como vinculación afectiva imperdible. Cada piel resuelve en su singularidad la aplicación de colonias, cremas y demás menjunjes con que suplimos las contrariedades glandulares, o destacamos los rasgos propios. Los olores nos delatan. Los despedimos al caminar, al tocar, cuando llegamos y nos vamos. No es de fiar, aunque sobre la advertencia, el de la muerte. Aunque sea en olor de santidad.

El repaso a los aromas de mañanas tempranas y tierra mojada devuelve a otras épocas, a otros lugares menos urbanos y más alejados del presente. En la madurez, rescatamos la importancia de esos placeres gratuitos que sobrevenían a cada momento, sin invitación especial y con ropaje de cotidianidad. Llovía, y asomaba la correspondencia inmediata por vía de la humedad que se respiraba, pesada pero agradable, con señas de pastos, árboles salvajes, arbustos indomables. Sin perder la estructura material, volatizaban las piedras centenarias y despedían una carga mineral inolvidable. Si se desplomaban los cielos, entonces tocaba a la nariz la descomposición de los pequeños cauces convertidos en lodazales intransitables que poco a poco remediaba el sol al correr de los días y con permiso de las nubes amenazantes.

Inigualables esas fragancias madrugadoras a cargo de la grama tocada de rocío, de los árboles tropicales paridos de frutas maduras que se podrían en lo alto porque la oferta superaba la demanda. La leche recién ordeñada, el café humeante y el típico desayuno dominicano son, tanto o más que visual, memoria olfativa, indescriptible pero aprehendida en su totalidad por quien las vivió en calendarios de desenfado e inocencia.

La covidianidad abjura de los aromas, sin importar calidades u origen. Al recuerdo quedan consignados los olores con los que crecimos y aprendimos las normas del colectivo. También aquellos cuya novedad las restricciones nos im-piden descubrir. Se esfumarán algunos y advendrán otros. Me entristece la porción de Europa en cuyos espacios públicos me está vedado olfatear. A futuro, dejo el olor de la realidad digital y de los bípedos cuando sean vacunados contra la peste.

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