×
Compartir
Secciones
Última Hora
Podcasts
Encuestas
Servicios
Plaza Libre
Efemérides
Cumpleaños
RSS
Horóscopos
Crucigrama
Herramientas
Más
Contáctanos
Sobre Diario Libre
Aviso Legal
Versión Impresa
Redes Sociales
Lecturas

Ramfis en el Espejo de Aída

Expandir imagen
Ramfis en el Espejo de Aída
Trujillo, doña María, Ramfis y algunos de sus nietos.

Pobre Aida -princesa etíope en el Egipto de los faraones, cautiva de Amneris, hija del Faraón-, atrapada entre la lealtad a su padre Amonastro, rey de los etíopes, y el amor secreto por Radamés, comandante egipcio que guerreaba contra el reino de aquella y de quien también Amneris se había enamorado. Ramfis, el sumo sacerdote egipcio, proclamaba constante: "¡Guerra, guerra, guerra! ¡Tremenda, inexorable!". El desenlace trágico del drama costó la vida a los amantes Aida y Radamés e hizo exclamar a una desconsolada Amneris: "tigres sedientos de sangre", en alusión a los sacerdotes.

Se trata de la trama de Aida, una de las óperas más populares de Giuseppe Verdi, con libreto de Antonio Ghislanzoni, compuesta por encargo para la inauguración del Canal de Suez en 1869, pero estrenada en diciembre de 1871 en el Teatro de Opera de El Cairo.

Con esos parámetros persiguiéndola desde el siglo XIX, no es fortuito que Aída Trujillo -cuyo nombre proviene de esa ópera, al igual que el de su padre Ramfis y su tío Rhadamés, en señal del buen gusto de su abuela María y de la macabra teatralidad de su abuelo, bajo cuya sombra escribe- haya decidido exorcizar sus demonios, pariendo para ello su engendro autobiográfico titulado "A la sombra de mi abuelo". En esa obra retrata la ternura íntima de Trujillo con sus nietos, al distante padre playboy, la deprimida madre abandonada con seis hijos, el exilio familiar y el chocante encuentro literario con la brutalidad del régimen de terror que su abuelo encabezó, que le hizo tirar varios libros al cesto de la basura.

Tiene legítimo derecho Aída a ensamblar en un texto sus vivencias y memorias. A ver en el espejo a su familia. Y a ensayar un ejercicio de empatía para entender los crímenes de su predecesor. Pero no al grado de distorsionar la historia de personajes que le jodieron la vida a mucha gente.

José Almoina, preceptor de Ramfis, consejero y escribidor de dos obras de su abuela ("Meditaciones Morales" y "Falsa Amistad") y secretario particular de Trujillo, dedica varias páginas del libro "Una satrapía en el Caribe", publicado en 1948, fresca su memoria, a narrar las aventuras de aquél en el desflore de doncellas, con rapto y todo, pese a su talante de joven buen mozo mimado y privilegiado, al punto de ostentar rango de general a los 10 años de edad.

Sobre el perfil de Ramfis, quién mejor retratista que su progenitor para trazar los rasgos de su vástago. En "Memorias de un Cortesano en la Era de Trujillo", Balaguer describe el "desencanto" que embargó al dictador "como padre que adoraba a su hijo y que había depositado en él su esperanza para una sucesión pacífica de la dinastía con que había sin duda soñado", al recibir a Ramfis, quien arribaba en el yate Angelita tras una larga estancia en EEUU.

 Los estragos se reflejaban en los rostros deshilachados de su primogénito y sus acompañantes, debido a "las bacanales y excesos" realizados en la travesía. Era 1958, los días de las publicitadas relaciones con Kim Novak, Zsa Zsa Gabor, Debra Paget, rodeadas de extravagantes regalos y fiestas en el Angelita. Y del fracaso rotundo en el U.S. Army's Command and General Staff College de Forth Leavenworth, Kansas, debido a "que no había completado el curso satisfactoriamente".

Pero la nota más elocuente la ofrece Mario Read Vittini -un joven abogado de San Cristóbal que gozó de la simpatía de Trujillo y ocupó cargos diplomáticos, judiciales, legislativos y en el Partido Dominicano, quien luego se asiló en la embajada de Brasil-, al reseñar la fiesta de cumpleaños que un año antes el Jefe le dedicó a Ramfis en Las Caobas, al cumplir éste 28 años.

Siendo testigo de excepción, Read Vittini cuenta lo acontecido allí en su obra "Trujillo de Cerca". Luego de discurrir gratamente durante las primeras horas entre sets bailables de la orquesta y el servicio de un buffet, Trujillo subió a la tarima ocupada por los músicos y se dirigió a la selecta concurrencia. Para sorpresa de los presentes el brindis fue un trago amargo.

"Señores: Nos encontramos reunidos aquí, esta noche, para celebrar la entrada en edad viril de mi hijo mayor, Ramfis. Ustedes tienen razón para pensar que yo soy un padre feliz. Pero yo tengo que confesar que no es así. Que mi hijo Ramfis no es el hombre que yo esperaba y hubiera deseado. Que él no es el hombre calificado, porque no reúne las condiciones necesarias para recibir el legado que algún día le corresponderá". Tras la primera andanada, ante un atónito Ramfis y sus amigos, Trujillo detalló sus razones, explicando que desde niño se había tomado el cuidado de observar su conducta, de probar su carácter, considerándolo indigno de asumir responsabilidades. "Me traicionaría a mí mismo si no le hago saber, en presencia de ustedes, la convicción que tengo de que él no sabrá responder al llamado de la historia."

Ramfis tomó el micrófono y ripostó a su padre, reclamándole su falta de afecto, la carencia de una verdadera relación paterno-filial debido al ejercicio del poder, indicando que en el fondo, Trujillo no conocía su carácter. Para reivindicar "que yo sí sabré hacerme digno del gran legado de gloria que mi padre me deje."

Trujillo -quien ya se retiraba de la fiesta- volvió a la carga y afincó la espuela, reiterando que Ramfis era un débil de carácter, de temperamento evasivo e irresponsable. "El hombre de mi casa es Le Vagabond -refiriéndose a Rhadamés. Lástima que aún estará muy joven el día que las circunstancias lo llamen". A seguidas ordenó que se tomara nota para la historia, sentenciando: "Para que los dominicanos del futuro puedan apreciar que yo no me equivoqué ni al juzgar a mi propio hijo". Remachando que llegado el momento, Ramfis no estaría a la altura de cumplir con su deber.

Era junio y en mayo de 1957 se habían realizado las elecciones. Ramfis -quien al decir de Balaguer sentía "asco por la política"- había desinflado las expectativas que su padre tenía de llevarlo como vicepresidente en la boleta del Partido Dominicano, hueco que finalmente llenó el "taimado hombrecillo", como le llama Aída Trujillo a Balaguer.

Según la nieta, ya en la transición, muerto Trujillo, el sujeto "que casi ni se le veía, a pesar de que siempre estaba" -con "su ambición desmesurada encubierta bajo su aspecto de hombre silencioso y dedicado exclusivamente a la cultura y a las letras"-  traicionó a su padre. Dice la autora: "Una baza importante que Joaquín Balaguer supo jugar fue la de la evidente deslealtad e ingratitud que había demostrado el pueblo hacia el que había sido su benefactor durante tantos años. Para qué iba a querer él, preguntó al apenado hijo, seguir residiendo y gobernando, en un país que estaba lleno de traidores. Un país que no había sabido apreciar la gran labor que había realizado su padre..." Astuto y persuasivo, sostiene la autora, Balaguer convenció a Ramfis de la conveniencia de abandonar el país, junto a su familia, colmándole de promesas que luego no cumplió.

Esta historia rosa no encaja con la carta que Ramfis le enviara a Balaguer en 1966, con motivo de su triunfo electoral, considerado por el hijo del dictador "como un triunfo mío propio", en razón del apoyo que le brindó al "hombrecillo", de Aída, al "defender la tesis en aquella época tan combatida, tanto por la oposición, como por los amigos, de que la solución mejor para el país, era apoyarle totalmente en vuestra gestión administrativa, como Presidente Constitucional de la República, garantizándole libertad de acción civil, con el apoyo irrestricto de las Fuerzas Armadas..." Enfatiza Ramfis que "si tuviese que volver a actuar, no cambiaría jamás ninguno de mis actos", refiriéndose a los eventos posteriores al ajusticiamiento de su padre.

Qué nos dice Aída Trujillo sobre la parte más execrable del comportamiento de su padre en esos días -ya entonces experimentado en fusilamientos masivos en San Isidro en 1959-, quien cometió el cobarde asesinato de Hacienda María el 18 de noviembre de 1961.

"Ramfis estaba empeñado y se había obsesionado en acabar con los asesinos de su padre. Aquella era una obligación que él no podía ignorar.

"Él, Ramfis Trujillo, no tenía derecho a olvidar y menos aún a plantearse el perdón... Su deber era indagar, descubrir y ajusticiar a los que habían cometido el magnicidio que había costado la vida a su progenitor.

"Nadie, ni su familia, ni sus amigos, ni siquiera el pueblo, le hubiese perdonado que a él se le hubiese ocurrido pasar por alto el asesinato de su padre y lavarse las manos. Sabía que el mundo entero reaccionaría en su contra si él actuaba como lo que iba a considerarse una cobardía por su parte."

Así nos auxilia Aída para entender ese crimen, justificándolo como un acto de reparación filial.

Alfredo Vorshirm, cónsul dominicano en Bélgica, que laboró junto al general Kovacs en la Armería de San Cristóbal, recibió a Ramfis en Bruselas en agosto de 1960, donde pasó cuatro meses bajo tratamiento psiquiátrico, referido por su psiquiatra de Nueva York.

Llegó acompañado de Lita Milán, Sánchez Rubirosa, Víctor Sued y César Saillant. En su autobiografía "De la Esvástica a la Palmita", Vorshirm narra episodios que ayudan a entender la personalidad desequilibrada de Ramfis, diagnosticado por su médico belga como defectuosa de infancia. Este resultado, que fue comunicado por el paciente en carta a María, su madre, apenó a nuestro cónsul.

Ramfis admitía que pese a la mejoría, "no podía aspirar a ser completamente normal". Ante un Vorshirm entristecido, César Saillant -secretario particular de Ramfis- le espetó: "Antes de que le vaya a dar pena, déjeme decirle que usted dice eso porque no lo ha visto torturando a los presos. ¡Yo sí!".

Entonces, a quién creerle, ¿a esta Aída rediviva en el trance de la liberación de sus demonios, a quien su abuelo visita en sueños para sujetarle los afectos y alimentarle el compromiso del linaje? ¿O a los demonios mismos cuando hablan con lengua de fuego y se valen de interpósitos testigos?

 Balaguer describe el "desencanto"  que embargó al dictador  "como padre que  adoraba a su hijo y que  había depositado en él  su esperanza para una  sucesión pacífica de la  dinastía con que había  sin duda soñado", al  recibir a Ramfis, quien  arribaba en el yate Angelita tras una larga estancia en EE.UU.