Remembranzas enjabonadas
LECTURAS CONVERSANDO CON EL TIEMPO POR JOSÉ DEL CASTILLO PICHARDO

En ocasión del Día de los Padres mi hija Laura me obsequió un estuche conteniendo una fragancia de extracto de verbena y aceite de limón de L'Occitane, una casa francesa dedicada a extraer los encantos de la naturaleza para disfrute de los mortales. Acompañada de un jabón verdoso en forma de balón de fútbol americano de igual combinación, que se descuelga de una graciosa soguita que sirve de agarradera. Fue una grata sorpresa, ya que días antes había descubierto esa oferta en el nuevo BlueMall y me había llamado la atención el olor de la verveine. Mi proverbial tacañería me impidió comprar el jabón y el agua perfumada, ya que los precios no me lucieron correctos. Mi hija, de otra generación más desahogada, superó el impasse para mi beneficio. Se trata de una delicada formulación, como a mí me gusta, que hace sentirse cómodo y sirve para el goce pleno de la intimidad acompañada.
Este regalo me disparó un viejo resorte. Hace tiempo -creo que desde que tuve uso de los sentidos básicos- el baño y yo somos como ola y espuma. Toda mi vida ha sido un continuo disfrute de n posibilidades que brinda este ejercicio rutinario que usted puede convertir en experiencia recreada cada vez, con algunos rudimentos a su alcance y el auxilio de un poco de imaginación. Entre los factores que facilitan la diferencia figura en lugar central el jabón. Esa pieza que deslizamos suavemente por nuestro cuerpo, que recorre la geografía y la topografía humana auscultando lugares, removiendo bacterias, trabajando como un estricto obrero de limpieza. Gozador y burbujeante, como una aristocrática champaña que nos baña. Puedo prescindir de muchas cosas. Menos del jabón, al que me siento umbilicalmente atado desde que mi madre empleara las aceitosas pastillas de Johnson & Johnson para bebés o el jabón de castilla para asearme en un bañito azul celeste de metal enlozado empotrado en un mueble de madera.
Luego vendría ese verde del olivoso Palmolive (palma y oliva) clásico, cubierto en papel ligeramente corrugado con una cinta de cierre y etiqueta. Cuánto le debemos a esa empresa (Colgate-Palmolive) por acostumbrarnos a una calidad que hoy perdura en sus productos, con una gama enriquecida de opciones, entre las que figura una aleación de aceite de oliva y gel de aloe que nos traslada a aquellas noches de las mil y una en Oriente. Factura sobria, colores pasteles, predominio de ingredientes naturales, olores suaves, sin estridencia. Eso hace de Palmolive un verdadero value, como dicen los americanos. Quien anduvo años ha por esas palmas y olivares debería darse una vueltecita y probar. No se arrepentirá. Como otros jabones -de allí lo de Soap operas-, Palmolive promovió populares radio novelas y tiras impresas en diarios y revistas con estas historias. Un aporte de los fabricantes de cosméticos a la cultura popular, como hiciera Gillete con su famosa cabalgata deportiva en la difusión del beisbol y el boxeo.
Así como Gillete fue una revolución en la afeitada, el dorado Dial lo fue en el baño, un jabón desodorante, realmente desodorante, designado en la radio como "el jabón del día", lanzado a finales de los 40. Llegó al país en mi temprana adolescencia, cuando controlar la sudoración y sus olores pecaminosos era una regla imprescindible. La escuela, los deportes, el traslado en la guagua de La Salle, el sofocante calor de los trópicos, podía provocar un grajillo de "macutico de pescador", como decían en casa de mi abuela cuando me mandaban a la ducha meridiana antes de sentarme en la mesa a almorzar. Mi madre -una prusiana de la higiene y el orden- procesaba un desodorante casero, primero para el servicio doméstico, luego disponible para quien quisiera usarlo. Era un cuchillo. Consistía en una mezcla de polvo talco blanco y litargirio -un pulverizado amarillo rojizo originado en la oxidación del plomo hoy descontinuado en este uso por la FDA.
Un jabón de lujo muy demandado era Reuter, en envoltura de papel negro con letras doradas en el etiquetado. En la farmacia Pasteur de mis tíos Bienvenido y Llullú Pichardo, a la cual acudía a ayudar, se vendía como un regalo especial de tocador. De la casa Murray, Lannman & Kemp, fabricante de la afamada Agua de Florida y editora del popular Almanaque Bristol de distribución gratuita. Otro acreditado jabón para las damas era Maja, de Myrurgia, que venía en formato rectangular y en estuche litografiado de 3 unidades cilíndricas finamente envueltas. Prestigio compartido con los polvos y perfumes de esta casa española, al igual que Felce Azzurra de Paglieri. Heno de Pravia, con su fragancia de "heno recién cortado" en el norte de España, brindaba su aroma a los hogares desde 1905. Hoy ha vuelto a los escaparates de los súper, fabricado en Colombia bajo licencia de Puig. Un verdadero palo en la relación calidad/precio en barra dura de 150 gramos. Como también ha retornado en versión clásica Cashmere Bouquet, fabricado por Colgate-Palmolive desde 1872. Un pionero de los jabones perfumados.
Camay, una marca de 1926 de Procter & Gamble ahora manufacturada en México y mercadeada en el país por Distribuidora Corripio, ha regresado en presentación clásica con atractivo envase de papel satinado rojo chino. Este "jabón de tocador" se identificaba como el escogido por las mujeres bellas. De mi niñez recuerdo un jingle promocional cantado en la radio por un corito femenino: "Camay rosado/ Camay rosado/ desde la primera pastilla/ Camay, Camay". En EEUU patrocinó series como Search for Tomorrow de CBS, con 13,825 episodios. Hoy goza de aceptación en Europa del Este. Lux, surgido en 1925, se conceptuaba el jabón de las estrellas. Desde que Hollywood se convirtió en la meca del séptimo arte, las luminarias fueron utilizadas en su promoción publicitaria: Dorothy Lamour, Joan Crawford, Judy Garland, Liz Taylor, Marilyn Monroe. "Nueve de cada diez estrellas usan Lux". Cecil B. DeMille, responsable de superproducciones como Los Diez Mandamientos, dirigió en los 30 y 40 el Radio Teatro de Lux.
En la línea para caballeros el jabón inglés Yardley, elaborado con lavanda, se ofrecía en atractiva latita ovalada, complemento de la brillantina verde envasada en potecito de cristal con tapa oro e inconfundible viñeta. Mi favorita desde niño, aún la empleo alternativamente. Los últimos dos potecitos de este coleccionable que se originó con el siglo XX los adquirí en Ciros de El Conde hace más de una década y todavía conservo uno.
Para mí, Ivory fue el sello de aseo de Nueva York al llegar en 1964 a Columbia University y luego pasar a Amherts, al hermoso campus de University of Massachusetts, un aroma que me seguiría en el recorrido por Pennsylvania, Washington y Miami, tras el congreso de la World Assembly of Youth. Era el jabón natural americano por excelencia, el equivalente a nuestro jabón de cuaba. Y me produjo un efecto que todavía retengo, bajo las duchas colectivas de las residencias estudiantiles. Qué olor más simple, seco, amable, limpio. La limpieza hecha jabón, sin mayores pretensiones. Qué maravilla esa pastilla blanca, sin sederías ni fragancias, justo en su consistencia para hacer la tarea de limpiar nuestros pecados cotidianos, remover la mugre nuestra de cada día, los olores callejeros, la pestilencia de nuestro propio cebo de carreta rodante. Hoy día Ivory reina en mi hogar -como lo ha sido cada vez que el mercado lo ha puesto a mi alcance, al grado que antes lo traía de Estados Unidos y Puerto Rico, toda una maleta. PriceSmart lo ofrece en paquete de 16 barras grandes a 220 pesos. Una ganga que vale de por sí la membresía.
En 1966 fui a vivir a Chile hasta 1971. El hábito del baño diario y prolongado me trajo problemas en una pensión, en la cual me reclamaron un pago adicional por el consumo de gas del calentador. Aparte de Dial, Palmolive y otras marcas, Fillo Nadal me recomendó Le Sancy, un cremoso huevo blanco lanolinoso con toque de almendra y arraigo en la tradición chilena. Excelente. Otro muy popular era Sapolio, un limpiador multiuso efectivo. Al regresar a Santo Domingo hice costumbre de almorzar en casa de mi abuela. Allí el tío Mané Pichardo -médico sanitario con décadas de experiencia en América como funcionario de la Oficina Panamericana de la Salud- me confesó que se bañaba con jabón de cuaba, el más potente antiséptico existente en el mercado. En los hogares de clase media se empleaba para lavar la ropa y se le asignaba al servicio doméstico. Mi madre, más indulgente, le entregaba Kinder, el mismo que se colocaba en los lavamanos.
Siguiendo el consejo del tío Mané inicié mi experiencia con el jabón de cuaba -usado profusamente en los moteles. Alternándolo por aquello de la resequedad de la piel. Es mi favorito en el lavamanos. Muy efectivo en las partes pudendas, especialmente en tiempo de humedad y calor extremo cuando la fungosidad ataca. Los fabricantes locales innovaron hace décadas agregándole miel y lograron ensanchar su radio en el aseo personal. Los franceses tienen su equivalente en el Marsella, que compro en Carrefour y que tiene las opciones con miel o aceituna y limón. César Iglesias lo fabrica localmente, al igual que Hispano, su cuaba emblemática. En cambio jabón Candado -"lava la ropa y la limpia más" cantaba la guarachera Celia Cruz en un jingle en Cuba- que producía la Sociedad Industrial Dominicana, al igual que Kinder, es ahora elaborado en Centroamérica por la multinacional Unilever, que adquirió a final de los 90 las operaciones manufactureras jaboneras de Mercasid. Con Lavador, una marca de Colgate-Palmolive, pasa lo mismo. Sólo Hispano y Sunami, de la Fabril de Santiago, se producen aquí. Lavafino es otra cuaba centroamericana.
Dove -paloma, símbolo de la paz adoptado tras las dos guerras mundiales- fue lanzado por Unilever en 1957 como un jabón clínicamente probado para piel seca y sensitiva. Una pastilla ovalada deliciosa, cremosa y humectante, que deja en el cuerpo un delicado olor a lanolina. Con razón mi madre Fefita la prefería para tomar su baño, al que le daba todo el tiempo necesario para refrescarse y sentirse cómoda, alternando con Irish Spring, puro limón y olor a prados del Ulster. En sus últimos días le dio por el jabón de creolina, que al igual que el fenol del Salvavidas tiene vigorosa función desinfectante y germicida. "Me siento limpia y fresca" decía ufana cuando le llevaba mis favoritos chinos Bee & Flower de sándalo, ginseng y rosa.
Este regalo me disparó un viejo resorte. Hace tiempo -creo que desde que tuve uso de los sentidos básicos- el baño y yo somos como ola y espuma. Toda mi vida ha sido un continuo disfrute de n posibilidades que brinda este ejercicio rutinario que usted puede convertir en experiencia recreada cada vez, con algunos rudimentos a su alcance y el auxilio de un poco de imaginación. Entre los factores que facilitan la diferencia figura en lugar central el jabón. Esa pieza que deslizamos suavemente por nuestro cuerpo, que recorre la geografía y la topografía humana auscultando lugares, removiendo bacterias, trabajando como un estricto obrero de limpieza. Gozador y burbujeante, como una aristocrática champaña que nos baña. Puedo prescindir de muchas cosas. Menos del jabón, al que me siento umbilicalmente atado desde que mi madre empleara las aceitosas pastillas de Johnson & Johnson para bebés o el jabón de castilla para asearme en un bañito azul celeste de metal enlozado empotrado en un mueble de madera.
Luego vendría ese verde del olivoso Palmolive (palma y oliva) clásico, cubierto en papel ligeramente corrugado con una cinta de cierre y etiqueta. Cuánto le debemos a esa empresa (Colgate-Palmolive) por acostumbrarnos a una calidad que hoy perdura en sus productos, con una gama enriquecida de opciones, entre las que figura una aleación de aceite de oliva y gel de aloe que nos traslada a aquellas noches de las mil y una en Oriente. Factura sobria, colores pasteles, predominio de ingredientes naturales, olores suaves, sin estridencia. Eso hace de Palmolive un verdadero value, como dicen los americanos. Quien anduvo años ha por esas palmas y olivares debería darse una vueltecita y probar. No se arrepentirá. Como otros jabones -de allí lo de Soap operas-, Palmolive promovió populares radio novelas y tiras impresas en diarios y revistas con estas historias. Un aporte de los fabricantes de cosméticos a la cultura popular, como hiciera Gillete con su famosa cabalgata deportiva en la difusión del beisbol y el boxeo.
Así como Gillete fue una revolución en la afeitada, el dorado Dial lo fue en el baño, un jabón desodorante, realmente desodorante, designado en la radio como "el jabón del día", lanzado a finales de los 40. Llegó al país en mi temprana adolescencia, cuando controlar la sudoración y sus olores pecaminosos era una regla imprescindible. La escuela, los deportes, el traslado en la guagua de La Salle, el sofocante calor de los trópicos, podía provocar un grajillo de "macutico de pescador", como decían en casa de mi abuela cuando me mandaban a la ducha meridiana antes de sentarme en la mesa a almorzar. Mi madre -una prusiana de la higiene y el orden- procesaba un desodorante casero, primero para el servicio doméstico, luego disponible para quien quisiera usarlo. Era un cuchillo. Consistía en una mezcla de polvo talco blanco y litargirio -un pulverizado amarillo rojizo originado en la oxidación del plomo hoy descontinuado en este uso por la FDA.
Un jabón de lujo muy demandado era Reuter, en envoltura de papel negro con letras doradas en el etiquetado. En la farmacia Pasteur de mis tíos Bienvenido y Llullú Pichardo, a la cual acudía a ayudar, se vendía como un regalo especial de tocador. De la casa Murray, Lannman & Kemp, fabricante de la afamada Agua de Florida y editora del popular Almanaque Bristol de distribución gratuita. Otro acreditado jabón para las damas era Maja, de Myrurgia, que venía en formato rectangular y en estuche litografiado de 3 unidades cilíndricas finamente envueltas. Prestigio compartido con los polvos y perfumes de esta casa española, al igual que Felce Azzurra de Paglieri. Heno de Pravia, con su fragancia de "heno recién cortado" en el norte de España, brindaba su aroma a los hogares desde 1905. Hoy ha vuelto a los escaparates de los súper, fabricado en Colombia bajo licencia de Puig. Un verdadero palo en la relación calidad/precio en barra dura de 150 gramos. Como también ha retornado en versión clásica Cashmere Bouquet, fabricado por Colgate-Palmolive desde 1872. Un pionero de los jabones perfumados.
Camay, una marca de 1926 de Procter & Gamble ahora manufacturada en México y mercadeada en el país por Distribuidora Corripio, ha regresado en presentación clásica con atractivo envase de papel satinado rojo chino. Este "jabón de tocador" se identificaba como el escogido por las mujeres bellas. De mi niñez recuerdo un jingle promocional cantado en la radio por un corito femenino: "Camay rosado/ Camay rosado/ desde la primera pastilla/ Camay, Camay". En EEUU patrocinó series como Search for Tomorrow de CBS, con 13,825 episodios. Hoy goza de aceptación en Europa del Este. Lux, surgido en 1925, se conceptuaba el jabón de las estrellas. Desde que Hollywood se convirtió en la meca del séptimo arte, las luminarias fueron utilizadas en su promoción publicitaria: Dorothy Lamour, Joan Crawford, Judy Garland, Liz Taylor, Marilyn Monroe. "Nueve de cada diez estrellas usan Lux". Cecil B. DeMille, responsable de superproducciones como Los Diez Mandamientos, dirigió en los 30 y 40 el Radio Teatro de Lux.
En la línea para caballeros el jabón inglés Yardley, elaborado con lavanda, se ofrecía en atractiva latita ovalada, complemento de la brillantina verde envasada en potecito de cristal con tapa oro e inconfundible viñeta. Mi favorita desde niño, aún la empleo alternativamente. Los últimos dos potecitos de este coleccionable que se originó con el siglo XX los adquirí en Ciros de El Conde hace más de una década y todavía conservo uno.
Para mí, Ivory fue el sello de aseo de Nueva York al llegar en 1964 a Columbia University y luego pasar a Amherts, al hermoso campus de University of Massachusetts, un aroma que me seguiría en el recorrido por Pennsylvania, Washington y Miami, tras el congreso de la World Assembly of Youth. Era el jabón natural americano por excelencia, el equivalente a nuestro jabón de cuaba. Y me produjo un efecto que todavía retengo, bajo las duchas colectivas de las residencias estudiantiles. Qué olor más simple, seco, amable, limpio. La limpieza hecha jabón, sin mayores pretensiones. Qué maravilla esa pastilla blanca, sin sederías ni fragancias, justo en su consistencia para hacer la tarea de limpiar nuestros pecados cotidianos, remover la mugre nuestra de cada día, los olores callejeros, la pestilencia de nuestro propio cebo de carreta rodante. Hoy día Ivory reina en mi hogar -como lo ha sido cada vez que el mercado lo ha puesto a mi alcance, al grado que antes lo traía de Estados Unidos y Puerto Rico, toda una maleta. PriceSmart lo ofrece en paquete de 16 barras grandes a 220 pesos. Una ganga que vale de por sí la membresía.
En 1966 fui a vivir a Chile hasta 1971. El hábito del baño diario y prolongado me trajo problemas en una pensión, en la cual me reclamaron un pago adicional por el consumo de gas del calentador. Aparte de Dial, Palmolive y otras marcas, Fillo Nadal me recomendó Le Sancy, un cremoso huevo blanco lanolinoso con toque de almendra y arraigo en la tradición chilena. Excelente. Otro muy popular era Sapolio, un limpiador multiuso efectivo. Al regresar a Santo Domingo hice costumbre de almorzar en casa de mi abuela. Allí el tío Mané Pichardo -médico sanitario con décadas de experiencia en América como funcionario de la Oficina Panamericana de la Salud- me confesó que se bañaba con jabón de cuaba, el más potente antiséptico existente en el mercado. En los hogares de clase media se empleaba para lavar la ropa y se le asignaba al servicio doméstico. Mi madre, más indulgente, le entregaba Kinder, el mismo que se colocaba en los lavamanos.
Siguiendo el consejo del tío Mané inicié mi experiencia con el jabón de cuaba -usado profusamente en los moteles. Alternándolo por aquello de la resequedad de la piel. Es mi favorito en el lavamanos. Muy efectivo en las partes pudendas, especialmente en tiempo de humedad y calor extremo cuando la fungosidad ataca. Los fabricantes locales innovaron hace décadas agregándole miel y lograron ensanchar su radio en el aseo personal. Los franceses tienen su equivalente en el Marsella, que compro en Carrefour y que tiene las opciones con miel o aceituna y limón. César Iglesias lo fabrica localmente, al igual que Hispano, su cuaba emblemática. En cambio jabón Candado -"lava la ropa y la limpia más" cantaba la guarachera Celia Cruz en un jingle en Cuba- que producía la Sociedad Industrial Dominicana, al igual que Kinder, es ahora elaborado en Centroamérica por la multinacional Unilever, que adquirió a final de los 90 las operaciones manufactureras jaboneras de Mercasid. Con Lavador, una marca de Colgate-Palmolive, pasa lo mismo. Sólo Hispano y Sunami, de la Fabril de Santiago, se producen aquí. Lavafino es otra cuaba centroamericana.
Dove -paloma, símbolo de la paz adoptado tras las dos guerras mundiales- fue lanzado por Unilever en 1957 como un jabón clínicamente probado para piel seca y sensitiva. Una pastilla ovalada deliciosa, cremosa y humectante, que deja en el cuerpo un delicado olor a lanolina. Con razón mi madre Fefita la prefería para tomar su baño, al que le daba todo el tiempo necesario para refrescarse y sentirse cómoda, alternando con Irish Spring, puro limón y olor a prados del Ulster. En sus últimos días le dio por el jabón de creolina, que al igual que el fenol del Salvavidas tiene vigorosa función desinfectante y germicida. "Me siento limpia y fresca" decía ufana cuando le llevaba mis favoritos chinos Bee & Flower de sándalo, ginseng y rosa.
José del Castillo Pichardo
José del Castillo Pichardo