20171202 https://www.diariolibre.com

En las primeras páginas de los diarios de casi todo el mundo, viral en las redes sociales y objeto de los comentarios más variados, Meghan Markle es la celebridad del momento. Permanecerá ahí por mucho tiempo, pese a que las historias de princesas y príncipes de belleza inimaginable y linaje fuera de toda duda sean ya material exclusivo de publicaciones infantiles. Y de telenovelas, refugio de papanatas y cotidianidad rosada.

Norteamericana y divorciada, así es la futura esposa de Enrique, hijo menor de Lady Di y único hermano de quien algún día ascenderá al trono de la Gran Bretaña. La última estadounidense y divorciada en la Casa de Windsor fue Wallis Simpson, cuyo romance con Edward VIII culminó en la abdicación de este y cuasi exilio en las Bahamas y Francia. Voltear los ojos hacia el otro lado y perdonar no solían cobijarse en el Palacio de Buckingham, mucho menos en la Corte de St James, reacia a una consorte real con dos exmaridos aún vivitos, coleando y quién sabe si dispuestos a compartir algunos secretos de alcoba.

O tempora, o mores, pero al revés de la invectiva de Cicerón. Los tiempos y las costumbres han cambiado esta vez para bien, se deduce del noviazgo con el altar a la vista entre un miembro de la realeza británica y el fruto, exquisitamente bello, de una familia rota, divorciada y, si fuese poco, negra en la estrecha visión racial de los Estados Unidos y a la que unos dominicanos torpes quieren arrastrarnos. De aplaudir que un “sangreazul”, al que los tabloides amarillos catalogaban de chico travieso con buena dosis de cinismo inglés, se haya decidido por una mujer deslumbrante, de otra raza y nacionalidad pero, y he ahí el detalle y no cantinflesco, inteligente, feminista, activista social y consciente de la perfidia norteamericana ante el menor asomo de melanina brava. En el día a día, Meghan Markle tiene muy poco de actriz.

En la prensa española, la novia de Enrique es mestiza; birracial en la británica. ¿Y en los Estados Unidos? Los primeros en sumarla a su número son los afroamericanos, como han intentado ya con la semifinalista del US Open de este año, la talentosa tenista Madison Keys. Negra como Barack Obama, retrato escrito en The New York Post. No hay medias tintas en la tierra de Lincoln, razón de la fiereza con que se trata a todo aquel que abomina de los extremos al catalogar la fisonomía humana y ve más que África y los Cáucasos en la piel. Reconocer tintes raciales y reivindicar la cultura como factor de identificación más importante es un asentimiento a la diversidad, no necesariamente racismo.

Megan Markle es una víctima de esa confusión y extremismo que se ha impuesto en los Estados Unidos, donde pregunta obligada en formularios oficiales es la etnia. Narró hace ya años, antes de que conociera a su futuro esposo, cómo se negó a responder en la escuela a la pregunta sobre su raza. Negra o blanca era, en una opinión suya digna de reflexión profunda, negar la otra mitad, a su padre o a su madre. El padre le mostró el camino que ha recorrido hasta ahora: eres lo que quieres ser. Así se procuró su propia identidad.

Black is beautiful, sí, pero la diversidad y la tolerancia lo son aún más. Sobre todo si media el amor, el piloto que parece guiar a Enrique en su relación con Meghan y que cambió la historia al desviar el curso de Edward VIII. Cursilería nunca, aquel trozo de la Epístola a los Corintios que creo también forma parte del ritual del matrimonio en la Iglesia anglicana: “El amor es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.

Si buscamos razones a conductas en la historia que dejan cortos el rapto de Helena y la Guerra de Troya, Pablo aporta luz: “El amor jamás se extingue, mientras que el don de profecía cesará, el de lenguas será silenciado y el de conocimiento desaparecerá”.

Habrá una feminista en palacio, tal como Meghan Markle se ha definido. Se enroló desde temprano en la resistencia a los estereotipos, al machismo y a cuantas sutilezas o bravuconadas se esgrimen a favor de la pretendida superioridad masculina. En lo adelante, sus palabras y acciones se colocarán bajo otro microscopio, calibrado al mínimo para verificar cualquier asomo de obediencia al canon Palacio de Buckingham.

Su conversión al feminismo viene de lejos, de cuando tenía once años y un anuncio de detergente no pudo lavarle la conciencia infantil. Que aquel comercial proclamara que en todo Estados Unidos la mujer estaba en guerra contra las ollas y sartenes grasientos, le sonaba a clisé. Ciertamente, reproducía el prejuicio de que la cocina tiene sello de exclusividad femenina, refrendado a viva voz por dos compañeros de clase. Enfrentada al mito moderno del ama de casa, Meghan Markle decidió militar en contra, nueva vez con el endoso paterno. Escribió y escribió, a Hillary Clinton, primera dama en ese entonces, y a Procter and Gamble, los fabricantes del jabón líquido, entre otros. Pocas semanas después estaba en el aire una nueva versión del anuncio: “En todo Estados Unidos, la gente está en guerra....”

En el hogar se inoculan las primeras dosis de racismo y machismo, también de vacuna contra estos males de los que no se han librado las sociedades modernas. Si necesitó alguna lección temprana sobre la convivencia racial y el racismo, la tuvo a diario en la relación de su madre negra y padre blanco en una barriada no integrada de Los Ángeles. La insistencia paterna en la verdad birracial debe haber sido decisiva en la firmeza de convicciones que ha exhibido Meghan Markle como activista social y abanderada de la tolerancia y el respeto a la mujer.

Llega al alma un relato suyo, de cuando ambicionaba un conjunto de muñecas Barbie como regalo de Navidad. Había dos versiones, una de la familia nuclear blanca a tono con la ideografía de una sociedad homogénea, desprovista de la vitalidad que aportan el mestizaje y la diversidad. La otra, la familia totalmente negra. El padre resolvió el conflicto. Fusionó las versiones para que Meghan recibiera una muñeca negra con esposo blanco.

Combinadas en proporciones adecuadas, belleza y substancia viajan lejos. Hay en la novia del príncipe Enrique destellos abundantes de ambas, antesala de cambios en la sociedad británica. Habrá acomodaciones en la dinámica de la monarquía, de seguro convenientes luego del paso del huracán Brexit. La apuesta por la modernidad, cauta mas cierta, ha sido una constante en el reinado de Isabel II, abuela del príncipe Enrique. La monarca tuitea y prestó su protagonismo a un corto fílmico en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Londres, en el 2012. Todo tiene un porqué: la cesantía de la realeza en el Reino Unido enlutado por Lady Di fue una imagen tan poderosa como el fantasmagórico padre de Hamlet, en el drama de Shakespeare. ¿Quién hubiese imaginado a la reina parsimoniosa, de vestidos de corte sobrio y cartera que dobla como semáforo protocolar, acompañar en una “misión” a la encarnación de James Bond, al servicio siempre de Su Majestad?

La Casa de Windsor, como el Vaticano, se especializa en descifrar los tiempos y sacar los abrigos y paraguas... a tiempo. A la actriz birracial, activista, norteamericana y feminista, le tocará ganar el Óscar en la vida real.

adecarod@aol.com

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