Rosas y otras tantas rosas en prisión
Conocí a una Rosa, en La Victoria, cuando yo era Ayudante del Fiscal Julio Ibarra Ríos, en Santo Domingo. Nos hicimos “amigas” y me contó que había llegado a la Capital desde un pueblo muy lejano de manos de un muchacho que le había despertado los ardores de pasión y en respuesta le entregó su virginidad y de paso su inocencia. Que aprendió a abrir las piernas y dejarse hacer todo lo que él quería, lo cual podía proporcionarle la comida junto a su madre y a sus hermanitas. Que llegó a la capital de manos de aquel muchacho quien la vendió a un turista con tanta edad que parecía su abuelo.
En una de nuestras tantas conversaciones me dijo que ese viejo era un pervertido, incapaz de descubrir un veta de ternura en su corazón, y ya tan reseca como su piel tostada a fuerza de tanto sol y salitre que había en su pueblo y en cualquier calle por donde caminaba, le hacía no ver lo que le pasaba en su propia alma. Y que ese viejo pervertido le ofreció una buena cantidad de dinero a fin de que ella hiciera un triángulo sexual con otras dos mujeres y él le tomaría fotos. Y llegaron a un hotel de tercera categoría. Ella, aunque en el fondo de su corazón no quería hacer aquello, el dinero le hacía pensar en su libertad y volver a su alejado pueblecito. No podía impedir que otras dos manos, más las de él, entraran en su cuerpo y las bocas en su sexo. Su cuerpo manoseado le daba ganas de llorar pero no lo hacía.
Él no cumplió con su promesa. Ella trató de abandonarlo llevándose tan solo sus dieciocho años con el recuerdo de los insultos, las babas del viejo borracho como cicatrices que le quemaban todo, la iniciación en las drogas a las que él le había obligado, pero al salir de aquel hotelito asqueroso y pervertido llegó la policía con una querella de robo, y Rosa fue a dar a la cárcel donde la conocí.
Ya había perdido el deseo de vivir. Y me contó también que si el viejo le hubiera dado fidelidad y buen trato, ella habría seguido con él aunque no lo quería. Pero estas historias de rosas no tienen un final feliz. Esas rosas usadas, compradas, chantajeadas, maltratadas, de las cuales hay muchas en las cárceles dominicanas, no tienen un dragón, ni un príncipe azul que las rescate. Si Rosa todavía está viva me imagino que no sabrá que la recuerdo. Puede ser que esté a unos pasos de mí y me mire con la mirada baja. Deseo que haya encontrado una esperanza aunque pequeña que le ilumine los ojos y le dibuje una sonrisa.
Ligia Minaya
Ligia Minaya