Sicarios
Ahora se les llaman sicarios. Matan por dinero. Sin ningún sentimiento negativo que los ate a sus víctimas. Por eso no sienten remordimiento, ni arrepentimiento. Alguien les pide que mate y lo hacen sin pensar en nada más. Los asesinos tradicionales, al cabo de un tiempo pueden reflexionar, sentir que han hecho mal y hasta pedir perdón o buscar excusas para justificar su crimen. Los de ahora, no. Se ufanan y alardean. Y lo peor es que a ellos se une el tráfico de drogas. Al señalado con el dedo hay que secuestrarlo, torturarlo, matarlo y después descuartizarlo y, como INRI, dejar una nota diciendo a qué grupo pertenece el asesino.
En una entrevista que pasaron por televisión, Popeye, un asesino a sueldo del que fuera el capo más terrible de su tiempo, Pablo Escobar, habla de sus muertos. Lo hizo con una calma digna de estudio psicológico. Soy un asesino, dice a boca llena, y no me arrepiento de lo hecho. Hasta a la mujer que amaba, la maté. Y así estamos, donde lo más terrible y horroroso es algo sin mucha trascendencia. Un asesino nuevo ha crecido dentro de nosotros, se reproduce a cientos en medio del miedo de unos y la indiferencia de los que les han dado vida. La corrupción de policías y funcionarios los abona y los protege. La impunidad los alimenta.
Mientras escuchaba a Popeye relatar sus crímenes con una calma que hace daño, pensaba si, como sociedad, hemos tomado conciencia de este daño. Creo que no, Y lo peor es que muchos de los sicarios son niños y adolescentes que se han criado y crecido pensando que matar por dinero es como comerse un helado. Es una pena. Vivimos en una sociedad podrida, pero que no se ha hecho de la noche a la mañana, sino que un día, alguien mató a alguien por dinero, le dio unos cuartos al que tenía que meterlo en la cárcel y salió libre. Así un día y otro día, hasta llegar adonde hemos llegado. Y ahora nos aterra. Ojalá no sea tarde. Hemos cambiado para mal. El pobre honesto ya no existe, y si lo hay es la excepción que confirma la regla.
Cuando yo era juez, conocí muchos asesinos que al cabo de unos meses de cárcel se veían arrepentidos. Conocí de homicidios que podían caer en legítima defensa y otros premeditados donde reinaba el odio, el rencor contra alguien, y hasta el robo, pero en los sicarios, no. Esos matan sin odio, como quien mata una cucaracha. Los jefes de los carteles no quieren saber de extradición. Aquí en USA, no hay privilegios, y en las cárceles de máxima seguridad las celdas son estrechas, una hora de sol al día, si es que hay sol, porque en invierno no se puede sacar ni la nariz. Decía Popeye que Escobar le mandó a matar a todo el que tuviera que ver con su deportación. No importaba que fuera un Ministro o al mismo Presidente. Con tal de no venir a una prisión donde iba a ser uno más, matar era su meta. Para un capo, estar en una cárcel norteamericana, sin privilegios, es fatal. ¿Y en las nuestras? Ahí se está seguro, con muchos privilegios, mejor que en casa. ¡Dios nos ampare! Denver, Colorado
En una entrevista que pasaron por televisión, Popeye, un asesino a sueldo del que fuera el capo más terrible de su tiempo, Pablo Escobar, habla de sus muertos. Lo hizo con una calma digna de estudio psicológico. Soy un asesino, dice a boca llena, y no me arrepiento de lo hecho. Hasta a la mujer que amaba, la maté. Y así estamos, donde lo más terrible y horroroso es algo sin mucha trascendencia. Un asesino nuevo ha crecido dentro de nosotros, se reproduce a cientos en medio del miedo de unos y la indiferencia de los que les han dado vida. La corrupción de policías y funcionarios los abona y los protege. La impunidad los alimenta.
Mientras escuchaba a Popeye relatar sus crímenes con una calma que hace daño, pensaba si, como sociedad, hemos tomado conciencia de este daño. Creo que no, Y lo peor es que muchos de los sicarios son niños y adolescentes que se han criado y crecido pensando que matar por dinero es como comerse un helado. Es una pena. Vivimos en una sociedad podrida, pero que no se ha hecho de la noche a la mañana, sino que un día, alguien mató a alguien por dinero, le dio unos cuartos al que tenía que meterlo en la cárcel y salió libre. Así un día y otro día, hasta llegar adonde hemos llegado. Y ahora nos aterra. Ojalá no sea tarde. Hemos cambiado para mal. El pobre honesto ya no existe, y si lo hay es la excepción que confirma la regla.
Cuando yo era juez, conocí muchos asesinos que al cabo de unos meses de cárcel se veían arrepentidos. Conocí de homicidios que podían caer en legítima defensa y otros premeditados donde reinaba el odio, el rencor contra alguien, y hasta el robo, pero en los sicarios, no. Esos matan sin odio, como quien mata una cucaracha. Los jefes de los carteles no quieren saber de extradición. Aquí en USA, no hay privilegios, y en las cárceles de máxima seguridad las celdas son estrechas, una hora de sol al día, si es que hay sol, porque en invierno no se puede sacar ni la nariz. Decía Popeye que Escobar le mandó a matar a todo el que tuviera que ver con su deportación. No importaba que fuera un Ministro o al mismo Presidente. Con tal de no venir a una prisión donde iba a ser uno más, matar era su meta. Para un capo, estar en una cárcel norteamericana, sin privilegios, es fatal. ¿Y en las nuestras? Ahí se está seguro, con muchos privilegios, mejor que en casa. ¡Dios nos ampare! Denver, Colorado
Un asesino nuevo ha crecido dentro de nosotros,
se reproduce a cientos en medio del miedo de unos
y la indiferencia de los que les han dado vida.
se reproduce a cientos en medio del miedo de unos
y la indiferencia de los que les han dado vida.
Diario Libre
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