Travesía trasatlántica con R.L. Stevenson

Me embarqué con Robert Louis Stevenson, el apreciado autor de La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, en Glasgow, Escocia, en 1879, en un buque de transporte de emigrantes de travesía trasatlántica, rumbo a New York.

Al cerrar el 2018 emprendí varios viajes virtuales, atrapado por las páginas seductoras de viajeros señeros que anotaron sus impresiones en libretas de notas, llevándolas a letra impresa para deleite de lectores ávidos de conocer nuevos mundos. Como en mi caso, viejo “marinero en tierra”, al igual que Neruda, acuartelado en su casa barco de Isla Negra, rodeado de timones, astrolabios, mascarones de proa y restos de naufragios, tal el tablón que le servía de tope de escritorio para escribir sus odas elementares, barcarolas y demás composiciones poéticas –“Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos”.

Me embarqué con Robert Louis Stevenson (Edimburgo, 1850-Samoa, 1894), el apreciado autor de La isla del tesoro y El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, en Glasgow, Escocia, en 1879, en un buque de transporte de emigrantes de travesía trasatlántica, rumbo a New York, repleto de sujetos seducidos por la idea de realizar el “sueño americano”. Viajé junto a él –quien iba al encuentro de la norteamericana Fanny Osbourne, su futura consorte a quien había conocido en Francia- en segunda clase para garantizar un mínimo de confort e interactuar a la vez con la masa proletaria que se aglomeraba apretujada en los entrepuentes ocupados por la tercera clase.

Predominaban escoceses e irlandeses, junto a algunos ingleses y americanos, “un buen puñado de escandinavos”, uno o dos alemanes y un ruso. La mayoría por encima de los 30, “hombres de familia tronzados por la adversidad, jóvenes avejentados, personas que habían vivido tiempos mejores”. El panorama en Inglaterra era entonces el de fábricas cerradas y huelgas. “Éramos un cargamento de seres rechazados, los borrachos, los incompetentes, los débiles.”

Acudí discreto a los encuentros del escritor con personas de todos los pelajes, perfiladas magistralmente. Muchos pertenecientes a las clases trabajadoras, profundamente resentidos con las clases altas (“todos odiaban a los terratenientes y a los dueños de las fábricas”) y el sistema político (“la forma de gobierno”, los impuestos, el ejército, “aborrecían a la Iglesia”). “De ahí que la cura de todos los males fuese la revolución”, que de algún modo se disipaba con la válvula de escape migratoria. Una oportunidad de poder “salir adelante” en la tierra de promisión con que se identificaba a América.

En El emigrante por gusto se describe el régimen de alojamiento y la alimentación del pasaje conforme categorías, mencionándose tocino, jamón, huevos, manteca, galletas, bolachas de avena, pan de especias y el infaltable te, como provisiones llevadas por los propios viajeros para asegurar el avituallamiento, particularmente en el caso de los de tercera que cargaban además su vajilla y ropa de cama. Stevenson, al viajar en segunda clase, disfrutaba de una “inequívoca superioridad en lo que a dieta de a bordo se refiere”.

Entre las ventajas consignadas figuraba la opción de escoger en el desayuno entre café y té, aunque irónicamente ambas bebidas “eran pasmosamente parecidas”. La primera se distinguía al paladar por un “regusto a rapé”, mientras que la segunda tenía sabor “a guiso hervido y a paños de cocina”. Con el café podía echarse a dormir tras su ingesta en tanto el té lo mantenía bien despierto, “prueba concluyente de que al menos existía cierta disparidad química entre ambas”.

“En lo que atañe a los comestibles a la hora del desayuno, recibíamos un glorioso trato de favor, ya que además de las gachas de avena que eran comunes a todos, nos servían un poco de estofado al estilo irlandés –algo de carne, patatas y cebolla en salsa espesa-, unas veces algo de pescado y otras pastelillos de carne picada o de pescado troceado. La comida principal, a base de sopa, ternera asada, tocino hervido y patatas, creo que era común a los pasajeros del entrepuente y de la segunda cabina. Tan sólo oí el rumor de que nuestras patatas eran de calidad superior. Dos veces por semana, los días en que tocaba pudding, en lugar de galleta a palo seco nos daban una alforja rellena de pasas a la que daban el nombre de pudding de ciruelas.”

“A la hora del té se nos servían tasajos de carne procedentes de las sobras del salón de primera; a veces les daban la forma relativamente elegante de croquetas o pastelillos individuales, pero por norma general eran meros huesos de pollo o restos de pescado...; a pesar de los pesares, todos teníamos demasiada hambre como para no tragarnos el orgullo, y nos precipitábamos con avidez sobre estos despojos. Esto, además del pan, que era excelente, y la sopa y las gachas, que tampoco estaban nada mal, formó la totalidad de mi dieta a lo largo de la travesía, de modo que, con la salvedad de los tasajos de carne y la comodidad de una mesa, lo mismo me habría dado ser un pasajero del entrepuente sin más.”

Concluye el escritor observador las consideraciones sobre su régimen de alimentación de a bordo: “De haberme servido gachas otra vez por la noche, me podría haber sentido agradecido por el trato. Tal como eran las cosas, con unas cuantas galletas y un poco de whisky con agua antes de acostarme, mantuve el cuerpo en buena disposición y el ánimo a la altura de las circunstancias.”

El trato ofrecido por la tripulación y la dinámica desarrollada durante la travesía de 10 días, se intercalan en la obra con la caracterización de personajes singularizados por sus rasgos sobresalientes.

Stevenson compartió con el irlandés Barney, cochero privado que cargaba su propio te, mantequilla y huevos, aprovechando para preparar los alimentos la cocina dispuesta en el barco para los pasajeros. Afable, bailador y cantante, un católico a carta cabal. Se relacionó con otro irlandés, casado con escocesa, pescador de temporada acomodado, quien enfermó de fuerte indigestión. Viajaba para visitar a un hermano radicado en América.

Interactuó con el contramaestre inglés, ferviente patriota y conservador, que aborrecía a los obreros y sus huelgas “egoístas”. Igual con Orfeo, un violinista incansable que animaba en la cubierta las veladas dedicadas a cantar y bailar gigas, aires marineros y danzas escocesas. Otro, el Tuerto, “a medias irlandés, a medias americano”, se daba aires de aristócrata, moviéndose en los ambientes cual si fuera pieza de bisutería.

Halló una pareja de padre e hijo, éste músico y limpiador de planchas del barco. El primero trabajador de estaño y latón, fabricante de marcos para cuadros, lastrado por la esposa alcoholizada a quien debió abandonar. Sociabilizó con un ruso adinerado, de buenas maneras, educado y buen conversador. Asimismo con MacKay, ingeniero escocés fracasado en varias empresas, apasionado de los motores de vapor, de fuerte sesgo materialista que despreciaba el valor de la literatura pese a su formación erudita. Para quien “la producción, sin perjuicio de los licores, era su dios y su guía”.

Travesía trasatlántica con R.L. Stevenson

Algunos polizones destacaban en este cuadro de navegación a ratos atormentada, como el parlanchín Alick, un maquinista de oficio que alardeaba haber pertenecido al Real Regimiento de Ingenieros con operaciones en el escenario de las Indias Orientales, vestido con traje de tweed de elegante confección. Atrapado por la tripulación y forzado a realizar oficios en el barco, como el de raspar la pintura de los camarotes, para costear su boleto de viaje.

Sin descartar las condiciones socioeconómicas generales que presionaban la emigración, Stevenson –agudo observador hijo de un próspero ingeniero escocés que no compartía su enfoque más liberal- encontró en sus experiencias registradas en este viaje, tres causas individuales que incidían en la motivación de emigrar: bebida, holgazanería e incompetencia. Razonaba, ante los frecuentes testimonios de alcoholismo con los que le tocó lidiar en el viaje, que como consecuencia de la emigración, cambiar del escocés Genglivet al bourbon americano, calidad aparte, no haría la diferencia en la suerte de un beodo. Por tratarse el whisky, al fin.

Stevenson llegaría a New York, alojándose en Reunion House, una posada modesta atendida por Mitchell, su amable propietario. Llovía a cántaros y su ropa pagó las consecuencias de tanta agua. Una cena decente, que compartiría al igual que la habitación con Jones, un compañero de viaje, se convirtió en meta deseada. En las averiguaciones del lugar adecuado lo remitieron a comedores comunes que no llenaban sus expectativas gastronómicas. Hasta que pudo dar con un restaurante francés, donde disfrutó de una buena cocina, vino y café galos.

En la ciudad, corto de tiempo, pues partiría hacia San Francisco en tren atestado por los recién llegados en los barcos de la inmigración atracados en los muelles newyorkinos, fue a los bancos, a las oficinas de correos, a comprar los tickets del ferrocarril. Visitó editores y libreros, así como a un cambista de moneda extranjera. Este le interrogó “como si fuese un comisario de la policía francesa”, indagando sus generales y algo más. Cortés, lo envió acompañado de un mozo a una librería, donde obtuvo buen descuento.

Partiría rumbo a California en recorrido en tren de 12 días, una experiencia que retrata en Across the Plains, crónica de viaje publicada en Longman’s Magazine en 1883. Hasta su muerte en Samoa en 1894, escribiría febrilmente novelas, cuentos, poesía, relatos de viajes, ensayos, acreditándose como uno de los escritores más influyentes de lengua inglesa. Apreciado por Chesterton, Conrad, Wells, Kipling, Greene, así como por Borges, quien lo estimó como un maestro y “amigo”.

Acudí discreto a los encuentros del escritor con personas de todos los pelajes, perfiladas magistralmente. Muchos pertenecientes a las clases trabajadoras, profundamente resentidos con las clases altas (“todos odiaban a los terratenientes y a los dueños de las fábricas”) y el sistema político (“la forma de gobierno”, los impuestos, el ejército, “aborrecían a la Iglesia”).

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