20180310 https://www.diariolibre.com

Ha cambiado el discurso, trabajo ha costado. Al empuje de fuerzas concertadas, la roca se ha movido, y en España las mujeres han dado una lección escuchada y presenciada por muchos a todo lo largo y ancho del mundo. Sorpresa para todos, incluidas las organizadoras de las manifestaciones en que han participado centenares de miles de personas repartidas por toda la geografía española.

Que la huelga fuese o no la campanada ideal para llamar la atención sobre la causa femenina, corresponde a lo nimio. Importa que las trincheras del machismo y del conservadurismo hayan cedido, reconocimiento tácito y abierto de que recorremos trechos de un buen camino, de que la igualdad de género necesariamente es razón de todos. La violencia machista, la discriminación y la mentalidad patriarcal quedan cada vez más al descubierto. Poco a poco, pero sin pausa, se extiende el criterio de que en materia de respeto, derechos y democracia, el sexo no cuenta. Muchas voces cantan al unísono y ni siquiera el eco desentona.

Falta mucho. Llenan de espanto las noticias que llegan de las entrañas de África y narran la fuerza de la discriminación contra las mujeres. En Armenia, recién leí, nacen más niños que niñas. Desterrado el azar, el aborto por razón de género se ha convertido en un instrumento eficaz para desequilibrar los sexos. Sin ir más lejos, en nuestro patio se asienta un machismo de raigambre profunda y que afea las ganancias democráticas conquistadas con tanta lucha. La violencia contra la mujer y el número de crímenes típicamente machistas constituyen motivos sobrados para mantener la alerta. Añádase un sistema educativo en que la cuestión sexual se rige por normas de religión.

Como en este y otros temas, las percepciones siempre cuentan. El hogar, la familia, los valores aprendidos se coligan en las referencias indispensables para entender que diferencias físicas y biológicas no se transfieren a sociales. El otro o la otra y el yo forman una asociación indisoluble como sujeto y objeto de los mismos derechos. Es este el indiscutible punto de partida para erradicar la subjetividad viciada en la relación entre los dos géneros. Y para entender que la igualdad es sinónimo de tolerancia, de cultura democrática, de práctica de la libertad.

Al igual que otros, carezco de motivos para identificar el Día Internacional de la Mujer como una celebración especial, aislada del resto del calendario. Como recordatorio, sobra. Innecesario porque mi individualidad y práctica colectiva han estado y siguen marcadas por el otro signo. Si la suerte existe y la buena fortuna se desparrama como la gracia en la tradición cristiana, bendecido estoy porque ha habido y hay mujeres en la primera línea de mi experiencia profesional y personal.

En mi primer empleo pagado apenas entrado en la mayoría de edad, me tocó una jefa. Aquella mujer que dirigía Rahintel, Olga Bonilla de Catrain, no reclamaba igualdad: la practicaba con un aplomo digno de elogio. Femenina, elegante y con aires ciertos de gran señora, ejercía su liderazgo en un mundo de hombres. Hasta los asistentes administrativos o secretarios, entre los que me contaba, éramos de Marte. Se ganó una admiración que no abate; su trato hacia el muchacho de mandado que era yo, me enseñó que la igualdad no es mera cuestión de género sino un convencimiento que se tiene o no, porque en ese apartado las medias tintas huelgan.

Cuando ingresé de lleno al periodismo, las redacciones de los diarios solían ser territorio masculino. Pocas mujeres destacaban en una profesión cuyo ejercicio, se pensaba, requería “virtudes” varoniles. La impronta que dejaron algunas colegas en esos años de asomo a la democracia luego de abril de 1965, allanó el camino para un equilibrio entre ellos y ellas en las redacciones de la radio y la prensa escrita.

Inmodestia ninguna, la mejor etapa de mis muchos años de periodismo se corresponde con la presencia de mujeres en los puestos de vanguardia de los medios que dirigí. La solidaridad, seriedad y responsabilidad les eran naturales. Con la misma facilidad ejecutaban los encargos más difíciles sin que jamás les oyera oponer reparo alguno por razón de sexo. Con ellas fluían sin meandros la comunicación e identificación en el tipo de periodismo que exigían los tiempos, el compromiso social incluido.

Si libre de prejuicios, la relación laboral con las mujeres se me antoja más fácil. Quizás porque en nuestro país las embarga la certeza, apuntalada por una tradición machista que lentamente se agota, de que deben esforzarse más que el hombre para lograr algún tipo de reconocimiento. El esfuerzo, sin embargo, nunca estuvo aislado del talento. Reconozco con orgullo que he trabajado con periodistas de alto vuelo, algunas aún en ejercicio, otras fuera de la profesión o en áreas corporativas.

De todas aprendí y recibí un apoyo innegable. Compresión y estima combinados alimentan el liderazgo en todos los campos, más en el periodismo donde hay tareas delicadas cuya culminación exitosa las dudas dificultan. Se queda sin afinar una investigación periodística o se deja intacto el nudo gordiano que impide destrabar la noticia.

Sin necesidad de un 8 de marzo, pero sin disputar la valía de una fecha para alistar refuerzos en una campaña que implica batalla diaria, reconozco cuánto de mujeres hay en el mejor inventario de mi vida. Nunca han sido un recuerdo, sino parte inseparable de una vivencia con la misma fecha de caducidad que el yo. Mi fortuna ha continuado y superado el abandono que de mí ha hecho el periodismo. A cuenta de mi dicha y buena suerte, en el reducido catálogo de amigos a quienes verdaderamente aprecio, figuran tantas o más mujeres que hombres, y casi todas con las que he compartido responsabilidades en los medios.

Aprendí años ha que el espíritu de competencia corre paralelo con el afán de superación. Luego, ambos se interceptan en el cruce llamado búsqueda de la excelencia. Entre hombres, competir despierta con frecuencia lo peor que llevamos dentro. Obligada la zancadilla; a mano, la daga de Bruto o el veneno de los Medicis. En las pocas veces en que he chocado con mujeres en mis años profesionales, siempre he visto venir el aviso del jab pese a que la sutileza es nombre femenino. Claro está: el micromachismo ha hecho de la competencia un juego de muchas trampas para la mujer.

Mi buen hado tiene la persistencia de esas mujeres que marcharon el jueves en España. En mi calendario diplomático, mis embajadas han sido territorio de la casi exclusividad femenina. He tropezado con talentos escondidos, diamantes en bruto y mañas que vienen con la maldad del clientelismo. En la carrera hacia la meta que es el adelantamiento de los intereses del país, las mujeres han corrido siempre con ligereza. Con ellas me he entendido a satisfacción cabal, salvo las excepciones que siempre habrá para confirmar la regla.

Si argumentos me faltasen para convencerme de cuán iguales son las mujeres a nosotros los hombres, de cuánta razón asiste a quienes luchan contra el acoso femenino, ven en las violaciones un crimen de lesa humanidad, descreen de la sempiterna magia masculina y se llenan de espanto cuando un bípedo reclama superioridad siendo un tonto, la buena suerte que se ha empeñado en seguirme como escudo contra las tentaciones machistas. De mis cinco hijos, cuatro son mujeres. ¿Podría ser más suertudo o necesitar el Día Internacional de la Mujer para convencerme de lo que rutinariamente me salta a la vista?

adecarod@aol.com

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