Un dios taíno castigó a los cristianos

  • LECTURAS historia y memoria por Frank Moya Pons

El miércoles 29 de junio de 1502 llegó Cristóbal Colón a la incipiente ciudad de Santo Domingo sin que las autoridades coloniales lo estuvieran esperando.

Colón había sido desterrado de la isla Española dos años antes por el Juez Pesquisidor Francisco de Bobadilla, después de una investigación que arrojó numerosas acusaciones contra Colón y sus hermanos por su gestión política y administrativa mientras éstos gobernaron la isla entre 1493 y 1500.

Durante más de quinientos años la documentación de esa pesquisa judicial estuvo perdida, hasta que recientemente fue encontrada en el Archivo General de Simancas, en España, por la archivista Isabel Aguirre, quien la suministró a la historiadora sevillana Consuelo Varela, a resultas de cuyo análisis ha resultado la publicación de un sorprendente libro titulado "La caída de Cristóbal Colón: El Juicio de Bobadilla", publicado en Madrid hace apenas tres años.

Después de leer las deposiciones de los testigos contra los hermanos Colón, deja de sorprender que Bobadilla haya apresado al Almirante y lo haya enviado engrillado a España junto a sus hermanos, en octubre del año 1500.

Al llegar a la Española Nicolás de Ovando, el sustituto de Bobadilla, recibió las informaciones recogidas por Bobadilla y escuchó de varios informantes testimonios nada favorables al Descubridor de las Indias.

Por ello, cuando Colón hizo escala en Santo Domingo, en el curso de su cuarto viaje a las Antillas, Ovando "no se alteró nada", según cuenta su hijo Hernando en su "Historia del Almirante" que recoge numerosas noticias de primera mano de aquel periplo por las islas del Caribe y las costas de Centroamérica.

 "Habiendo ya entrado en el puerto, envió el Almirante a Pedro de Terreros, capitán de uno de los navíos, para hacerle saber que tenía de mudar aquel navío; y que así por esto, como porque él esperaba que viniese una gran tormenta, deseaba entrar en aquel puerto (en el río Ozama), para guarecerse; advirtióle que en ocho días no dejase salir la armada (en que viajaría Bobadilla se regreso a España), porque corría mucho riesgo".

"Pero el comendador no consintió que el Almirante entrase en el puerto (a pesar de que Colón tenía autorización de los Reyes para hacerlo), y mucho menos impidió salir la armada que partía para Castilla, la cual era de veintiocho navíos, y debía llevar al Comendador Bobadilla, que había preso al almirante y sus hermanos, a Francisco Roldán y a todos los otros que se habían sublevado contra él, de quienes habían recibido tanto mal."

"A todos lo cuales quiso Dios cegarles los ojos y el entendimiento para que no admitiesen el buen consejo que les daba el Almirante. Yo tengo por cierto (continúa narrando Hernando Colón, su hijo) que esto fue providencia divina, porque, si arribaran éstos a Castilla, jamás serían castigados según merecían sus delitos; antes bien, porque eran protegidos del obispo Fonseca, hubiesen recibido muchos favores y gracias;"

"y por esta causa (Ovando) facilitó su salida de aquel puerto hacia Castila; porque, llegados a la punta oriental de la Española, una gran tormenta los embistió de tal manera que sumergió la nave Capitana, en la cual iba Bobadilla con la mayor parte de los rebeldes, e hizo tanto daño en los otros navíos que no se salvaron si no es tres o cuatro de todos los veintiocho."

Como Colón no pudo resguardarse en la ría del Ozama, apenas pudo pasar la noche allí y se vio obligado a salir con sus naves a buscar refugio hacia el oeste y lo encontró en el puerto de Azua, pero en el camino las ráfagas de la tormenta le hicieron pasar un malísimo tiempo a su hermano Bartolomé y al Capitán Terreros, tanto que cuenta Hernando Colón que estuvieron a punto de naufragar, pues les cogió la noche siguiente en el camino, pero al final se salvaron. La nave de Colón no tuvo mayores dificultades en llegar a la ensenada de Azua, llamada hoy puerto viejo.

Según Hernando, "el Almirante no había corrido peligro por haberse acercado a ella, como sabio astrólogo (y astrónomo) que conocía el paraje de donde podía venirle daño. Por cuyo motivo, podían bien culparle los que le aborrecían, de que había producido aquella tormenta por arte mágica para vengarse de Bobadilla y de los demás enemigos suyos que iban en su compañía, viendo que no habían peligrado alguno de los cuatro de su armada, y que de veintiocho que habían partido con Bobadilla, uno solo, llamado la Guquía, que era de los peores, siguió su viaje a Castilla y llegó salvo con 4,000 pesos de oro que el factor del Almirante le enviaba de sus rentas; a Santo Domingo volvieron otros tres, que se salvaron de la tormenta, maltratados y deshechos".

 Esta es una de las primeras noticias de la ocurrencia de huracanes en las Antillas escritas por los europeos y, como se ve, su interpretación está envuelta en consideraciones religiosas y mágicas pues entonces no se conocían sus causas y, al igual que para explicar otros fenómenos naturales, la gente normalmente acudía a consideraciones mágico-religiosas al no entender leyes naturales que hoy nos resultan familiares.

Los españoles no eran los únicos que veían la mano de la providencia en la ocurrencia de los huracanes. Los indios taínos también lo hacían y, dadas sus concepciones animistas, los ciclones eran un fenómeno producido por causas espirituales, por lo que algunos cronistas e historiadores han supuesto que eran entidades divinas. En otras palabras, que un ciclón era un dios, y la palabra "huracán" era el nombre que ellos daban a este dios.

Ahora bien, sobre el origen de la palabra huracán hay en nuestros días un debate que no ha sido zanjado pues unos suponen que es voz maya, puesto que, por una parte, está mencionada en el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, mientras que cronistas tan autorizados como Gonzalo Fernández de Oviedo, Pedro Mártir de Anglería y Bartolomé de las Casas la identifican como perteneciente al lenguaje taíno.

Según Oviedo, "Huracán, en lengua desta isla, quiere decir propriamente tormenta tempestad muy excesiva; porque, en efecto, no es otra cosas sino grandíssimo viento é grañidísima y excesiva lluvia, todo junto ó cualquiera cosa destas dos por sí."

En el mismo capítulo de su Historia Natural y General de las Indias, Islas y Tierra-Firme del Mar Océano en que Fernández de Oviedo ofrece esta definición, también describe con muchos detalles el impacto y los efectos de dos terribles huracanes que pasaron por la ciudad de Santo Domingo, uno el 3 de agosto de 1508, y el otro el 10 de julio de 1509.

Del primero, "descían los indios que otras veces solía aver huracanes; pero que no avía jamás acaecido otro tan gran ni tan semejante en su tiempo, ni se acordaban aver oído ni visto cosa de tanto espanto é trabajo en sus días ni en los de sus passados."

Mártir de Anglería, por su parte, describe otros huracanes, y habla particularmente de uno de los primeros, anterior a los mencionados anteriormente, que golpeó la isla en junio de 1494, y fue conocido por los habitantes de La Isabela, en el norte de la Española.

Según este cronista, "a estas tempestades de aire, que los griegos llaman tifones, dan los indígenas el nombre de "huracanes", y aseguran que en la isla de que hablamos se producen frecuentemente, aunque nunca tan violentos y furibundos, pues ningún ser viviente había visto en su tiempo, ni oído de sus mayores que un torbellino semejante, capaz de arrancar los árboles más grandes, se hubiese abatido sobre la isla, ni constaba tampoco que el mar hubiese experimentado allí tempestad alguna".

 Sobre el origen de la palabra huracán queda mucho de qué hablar todavía.

Sobre el origen de la palabra huracán hay en nuestros días un debate que no ha sido zanjado pues unos suponen que es voz maya, puesto que, por una parte, está mencionada en el Popol Vuh, libro sagrado de los mayas, mientras que cronistas tan autorizados como Gonzalo Fernández de Oviedo, Pedro Mártir de Anglería y Bartolomé de las Casas la identifican como perteneciente al lenguaje taíno.

20090801 http://www.diariolibre.com

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