Un personaje de tragedia

Casualidad tal vez: la muerte de Robert S. McNamara, el secretario de Defensa que mejor representó los excesos de la Guerra Fría y la autoproclamada rectoría mundial de los Estados Unidos, ha coincidido con la visita de Barack Obama a Moscú y la suscripción de un acuerdo que reduce sustancialmente el número de ojivas nucleares.
Soplan vientos de cambio, no tormentas imperiales, y la teoría del dominó que modeló la guerra de Vietnam y la amenaza comunista que sirvió de disfraz para aplastar la voluntad democrática de un Santo Domingo en armas pertenecen a la historia, con la posibilidad de múltiples versiones e interpretaciones. Este nuevo acuerdo sienta las bases para un mundo sin amenazas apocalípticas.
La suya fue una secretaría de Defensa tan poderosa como desastrosa, desde 1961 a 1968: Bahía de Cochinos, Vietnam, Santo Domingo. Miles de muertos, miles de millones de dólares gastados en destruir, frustraciones, dolor, calamidades y mentiras. Su legado no pudo ser más tenebroso, y de ahí el bautizo a la guerra de Vietnam, con toda su secuela y heridas que aún no cierran, como la guerra de McNamara.
En la crisis dominicana de 1965, el ex presidente de Ford Motors y posteriormente del Banco Mundial protagonizó junto a Lyndon Johnson una intervención militar tanto o más abusiva que la soviética en Hungría, en 1956, o en la antigua Checoslovaquia, en 1968. En todas, la imposición de la voluntad imperial bajo pretextos huecos. Lógico preguntarse cómo alguien a quien Kennedy consideraba la persona más inteligente que hubiese conocido pudo servir a tantos despropósitos. Cómo una mente tan lúcida, cómo un hombre de racionalidad probada, sucumbió tan fácilmente a los oropeles del poder. Cómo una inteligencia indudablemente preclara se asoció a metas que de antemano sabía inalcanzables. Un ejemplo histórico de deshonestidad personal, intelectual y profesional. Una dualidad compleja que intentó subsanar hasta el final de sus 93 años.
McNamara fue un personaje de tragedia, en todos los sentidos del término. El caso dominicano es ilustrativo, y valga para su mejor comprensión un trozo del obituario publicado en The New York Times: "...En abril de 1965, Johnson envió 24,000 soldados estadounidenses a República Dominicana después de una revuelta contra el gobierno; fue la primera invasión norteamericana en gran escala en América Latina después del 1928.
"En público, Mr. McNamara dijo que el despliegue militar había mostrado 'la preparación y capacidad del estamento norteamericano de defensa para apoyar nuestra política exterior'. En privado, mostraba consternación. La CIA había informado a la Casa Blanca y al Pentágono que los rebeldes eran controlados por revolucionarios cubanos. Pero Mr. McNamara albergaba dudas profundas.
"¿No crees que la CIA pueda documentarlo?", le preguntó Johnson, de acuerdo a las grabaciones de las conversaciones telefónicas en la Casa Blanca el 30 de abril del 1965. 'No lo creo, señor Presidente', replicó McNamara. 'Yo simplemente no creo esa historia'.
"No obstante, Johnson insistió en un discurso al pueblo norteamericano que no permitiría que 'conspiradores comunistas' establecieran 'otro gobierno comunista en el hemisferio occidental'. Esto provocó que algunos periódicos afirmaran que el presidente y el Pentágono sufrían de una 'brecha de credibilidad'. La frase se pegó aplicada a Vietnam".
McNamara no renunció; tampoco lo hizo cuando Johnson ignoró sus observaciones sobre Vietnam y el drenaje de recursos, vidas humanas y ruinas que acarreaba una guerra que de antemano consideraba perdida. Luego se reveló que Johnson decidió patearlo hacia arriba, hasta la presidencia del Banco Mundial, cuando le planteó formalmente negociar el final del conflicto en el sudeste asiático.
El personaje de tragedia emerge vigorosamente de sus memorias en 1995, "In retrospect: the tragedy and lessons of Vietnam" (En retrospectiva: la tragedia y lecciones de Vietnam); su contribución (1999) en "Argument Without End: In Search Of Answers To The Vietnam Tragedy" (Discusión sin final: en busca de respuestas a la tragedia de Vietnam), y sobre todo de las entrevistas del 2004 para el documental "The fog of war" (La niebla de la guerra).
La metamorfosis es total, espoleada quizás por una conciencia que al fin había logrado desatarse de los amarres del poder y aceptar la responsabilidad derivada de políticas erradas y en desapego evidente de los principios que les servían de falsa cobertura. Pero también de la altivez intelectual y de la certeza de la inmunidad frente al error. El personaje entona un mea culpa público que desde entonces no se extinguiría en sus labios, pero que no logra justificar las contradicciones evidentes en su conducta: opuesto a la guerra, a la intervención en la República Dominicana y, sin embargo, aferrado a un cargo cuyo desempeño conllevaba una mordaza a su conciencia en una práctica constante de amoralidad.
McNamara muta en Macbeth, carcomido por el sentimiento de culpa y remordimientos por acciones para las cuales no hay redención posible. También hay brujas en su mente, turbada por la muerte no de uno sino de muchos Duncans. Fingir pena, sentencia Shakespeare por boca de Malcom, es un acto que el hombre falso acomete fácilmente. Tal vez no sea ése el caso del contrito ex secretario de Defensa. Lo retrata fielmente el tormento de Macbeth cuando se pregunta si los océanos de Neptuno borrarían la sangre de sus manos, para responderse inmediatamente, en un reconocimiento angustioso de lo horrendo e irremediable de su crimen, que más bien las aguas verdes se tornarían rojas.
Incluso muerto, la absolución le está vedada al secretario de Defensa más poderoso del siglo XX, como lo juzga The New York Times al destacar que su agencia llegó a emplear más de tres millones de personas y controlar casi el 50 por ciento del presupuesto de un Estados Unidos que no estaba en guerra formal. Las crónicas de los medios, casi sin excepción, encierran una sentencia punitiva. En la reseña de su vida y circunstancias de persona pública sobresale la doblez que signó sus actuaciones.
Su laberinto existencial se asemeja al de Rodión Romanovich Raskolnikov, el estudiante asesino de la vieja usurera Alena Ivanovna en "Crimen y castigo", la portentosa novela sicológica de Fiedor Dostovieski.
Raskolnikov planea el asesinato de Ivanovna convencido de que su superioridad intelectual le concede el derecho a colocarse por encima de la ley. En su razonamiento, la víctima pertenece a la legión de marginados, de habitantes del charco social. Matarla está de por sí justificado y encaja perfectamente en el orden moral que su arrogancia ha diseñado. En el caso de Macbeth, el asesinato tampoco importa y toda preocupación se reduce a las consecuencias.
McNamara concebía sus estrategias bélicas y acciones, como la Operación Mangosta para asesinar a Fidel Castro, al margen de instancias morales. Importaban los resultados y qué tanto contribuían éstos a lograr la meta, al designio superior: la prevalencia norteamericana. Ganar la partida e imponer una concepción y organización particular del mundo justificaba los medios. Maniqueísmo total en la pax americana.
Las ansias de poder perdieron a McNamara y, al igual que Macbeth y Raskolnikov, escogió libremente su desgracia, lo que explica también el porqué de sus fantasmas y arrepentimiento. La ambición rompe el saco, o para decirlo con la elegancia de Erich Fromm, es un hoyo sin fondo que obsesiona al hombre con un esfuerzo interminable para colmar necesidades para las cuales nunca hay satisfacción. Incontenible, la ambición extingue cuanto toca y, de paso, también al ambicioso.
Del pedestal de la arrogancia, Raskolnikov cayó al suelo de la humildad con la aceptación de la culpa como paso indispensable para su redención personal. También McNamara, con una diferencia trascendental: Macbeth, Raskolnikov, Ivanovna y Duncan, con sus crímenes, pasiones y yerros humanos pertenecen a la ficción. El personaje McNamara está anclado en una realidad que aún provoca escalofríos, por lo menos éticos.
Soplan vientos de cambio, no tormentas imperiales, y la teoría del dominó que modeló la guerra de Vietnam y la amenaza comunista que sirvió de disfraz para aplastar la voluntad democrática de un Santo Domingo en armas pertenecen a la historia, con la posibilidad de múltiples versiones e interpretaciones. Este nuevo acuerdo sienta las bases para un mundo sin amenazas apocalípticas.
La suya fue una secretaría de Defensa tan poderosa como desastrosa, desde 1961 a 1968: Bahía de Cochinos, Vietnam, Santo Domingo. Miles de muertos, miles de millones de dólares gastados en destruir, frustraciones, dolor, calamidades y mentiras. Su legado no pudo ser más tenebroso, y de ahí el bautizo a la guerra de Vietnam, con toda su secuela y heridas que aún no cierran, como la guerra de McNamara.
En la crisis dominicana de 1965, el ex presidente de Ford Motors y posteriormente del Banco Mundial protagonizó junto a Lyndon Johnson una intervención militar tanto o más abusiva que la soviética en Hungría, en 1956, o en la antigua Checoslovaquia, en 1968. En todas, la imposición de la voluntad imperial bajo pretextos huecos. Lógico preguntarse cómo alguien a quien Kennedy consideraba la persona más inteligente que hubiese conocido pudo servir a tantos despropósitos. Cómo una mente tan lúcida, cómo un hombre de racionalidad probada, sucumbió tan fácilmente a los oropeles del poder. Cómo una inteligencia indudablemente preclara se asoció a metas que de antemano sabía inalcanzables. Un ejemplo histórico de deshonestidad personal, intelectual y profesional. Una dualidad compleja que intentó subsanar hasta el final de sus 93 años.
McNamara fue un personaje de tragedia, en todos los sentidos del término. El caso dominicano es ilustrativo, y valga para su mejor comprensión un trozo del obituario publicado en The New York Times: "...En abril de 1965, Johnson envió 24,000 soldados estadounidenses a República Dominicana después de una revuelta contra el gobierno; fue la primera invasión norteamericana en gran escala en América Latina después del 1928.
"En público, Mr. McNamara dijo que el despliegue militar había mostrado 'la preparación y capacidad del estamento norteamericano de defensa para apoyar nuestra política exterior'. En privado, mostraba consternación. La CIA había informado a la Casa Blanca y al Pentágono que los rebeldes eran controlados por revolucionarios cubanos. Pero Mr. McNamara albergaba dudas profundas.
"¿No crees que la CIA pueda documentarlo?", le preguntó Johnson, de acuerdo a las grabaciones de las conversaciones telefónicas en la Casa Blanca el 30 de abril del 1965. 'No lo creo, señor Presidente', replicó McNamara. 'Yo simplemente no creo esa historia'.
"No obstante, Johnson insistió en un discurso al pueblo norteamericano que no permitiría que 'conspiradores comunistas' establecieran 'otro gobierno comunista en el hemisferio occidental'. Esto provocó que algunos periódicos afirmaran que el presidente y el Pentágono sufrían de una 'brecha de credibilidad'. La frase se pegó aplicada a Vietnam".
McNamara no renunció; tampoco lo hizo cuando Johnson ignoró sus observaciones sobre Vietnam y el drenaje de recursos, vidas humanas y ruinas que acarreaba una guerra que de antemano consideraba perdida. Luego se reveló que Johnson decidió patearlo hacia arriba, hasta la presidencia del Banco Mundial, cuando le planteó formalmente negociar el final del conflicto en el sudeste asiático.
El personaje de tragedia emerge vigorosamente de sus memorias en 1995, "In retrospect: the tragedy and lessons of Vietnam" (En retrospectiva: la tragedia y lecciones de Vietnam); su contribución (1999) en "Argument Without End: In Search Of Answers To The Vietnam Tragedy" (Discusión sin final: en busca de respuestas a la tragedia de Vietnam), y sobre todo de las entrevistas del 2004 para el documental "The fog of war" (La niebla de la guerra).
La metamorfosis es total, espoleada quizás por una conciencia que al fin había logrado desatarse de los amarres del poder y aceptar la responsabilidad derivada de políticas erradas y en desapego evidente de los principios que les servían de falsa cobertura. Pero también de la altivez intelectual y de la certeza de la inmunidad frente al error. El personaje entona un mea culpa público que desde entonces no se extinguiría en sus labios, pero que no logra justificar las contradicciones evidentes en su conducta: opuesto a la guerra, a la intervención en la República Dominicana y, sin embargo, aferrado a un cargo cuyo desempeño conllevaba una mordaza a su conciencia en una práctica constante de amoralidad.
McNamara muta en Macbeth, carcomido por el sentimiento de culpa y remordimientos por acciones para las cuales no hay redención posible. También hay brujas en su mente, turbada por la muerte no de uno sino de muchos Duncans. Fingir pena, sentencia Shakespeare por boca de Malcom, es un acto que el hombre falso acomete fácilmente. Tal vez no sea ése el caso del contrito ex secretario de Defensa. Lo retrata fielmente el tormento de Macbeth cuando se pregunta si los océanos de Neptuno borrarían la sangre de sus manos, para responderse inmediatamente, en un reconocimiento angustioso de lo horrendo e irremediable de su crimen, que más bien las aguas verdes se tornarían rojas.
Incluso muerto, la absolución le está vedada al secretario de Defensa más poderoso del siglo XX, como lo juzga The New York Times al destacar que su agencia llegó a emplear más de tres millones de personas y controlar casi el 50 por ciento del presupuesto de un Estados Unidos que no estaba en guerra formal. Las crónicas de los medios, casi sin excepción, encierran una sentencia punitiva. En la reseña de su vida y circunstancias de persona pública sobresale la doblez que signó sus actuaciones.
Su laberinto existencial se asemeja al de Rodión Romanovich Raskolnikov, el estudiante asesino de la vieja usurera Alena Ivanovna en "Crimen y castigo", la portentosa novela sicológica de Fiedor Dostovieski.
Raskolnikov planea el asesinato de Ivanovna convencido de que su superioridad intelectual le concede el derecho a colocarse por encima de la ley. En su razonamiento, la víctima pertenece a la legión de marginados, de habitantes del charco social. Matarla está de por sí justificado y encaja perfectamente en el orden moral que su arrogancia ha diseñado. En el caso de Macbeth, el asesinato tampoco importa y toda preocupación se reduce a las consecuencias.
McNamara concebía sus estrategias bélicas y acciones, como la Operación Mangosta para asesinar a Fidel Castro, al margen de instancias morales. Importaban los resultados y qué tanto contribuían éstos a lograr la meta, al designio superior: la prevalencia norteamericana. Ganar la partida e imponer una concepción y organización particular del mundo justificaba los medios. Maniqueísmo total en la pax americana.
Las ansias de poder perdieron a McNamara y, al igual que Macbeth y Raskolnikov, escogió libremente su desgracia, lo que explica también el porqué de sus fantasmas y arrepentimiento. La ambición rompe el saco, o para decirlo con la elegancia de Erich Fromm, es un hoyo sin fondo que obsesiona al hombre con un esfuerzo interminable para colmar necesidades para las cuales nunca hay satisfacción. Incontenible, la ambición extingue cuanto toca y, de paso, también al ambicioso.
Del pedestal de la arrogancia, Raskolnikov cayó al suelo de la humildad con la aceptación de la culpa como paso indispensable para su redención personal. También McNamara, con una diferencia trascendental: Macbeth, Raskolnikov, Ivanovna y Duncan, con sus crímenes, pasiones y yerros humanos pertenecen a la ficción. El personaje McNamara está anclado en una realidad que aún provoca escalofríos, por lo menos éticos.
Las ansias de poder perdieron a McNamara y,
al igual que Macbeth y Raskolnikov, escogió
libremente su desgracia, lo que explica también el
porqué de sus fantasmas y arrepentimiento.
al igual que Macbeth y Raskolnikov, escogió
libremente su desgracia, lo que explica también el
porqué de sus fantasmas y arrepentimiento.
Aníbal de Castro
Aníbal de Castro