20170930 https://www.diariolibre.com
Un retrato en el diccionario
Retrato al óleo de Patín Maceo, obra de Radhamés Mejía.

Manuel Antonio Patín Maceo nació en Santo Domingo el 17 de septiembre de 1895; conmemoramos, pues, el 122 aniversario de su nacimiento. La Academia Dominicana de la Lengua ha honrado su figura y su obra académica. La celebración ha estado presidida por un retrato al óleo de Patín Maceo, obra de Radhamés Mejía, donado generosamente por Mari Loli Pérez de Severino, a cuyas manos llegó en su condición de galerista y coleccionista de arte.

La historia del retrato es digna de su protagonista. Los nuevos administradores del otrora Hotel Comercial, situado en la calle Hostos esquina El Conde, lo encontraron durante una remodelación, arrumbado en un almacén, junto a un antiguo álbum de fotografías.

En torno a la barra del Hotel Comercial, regentada por Juan Chea, se congregaba una tertulia de conocidas figuras capitaleñas. Una tradicional peña, plagada de contertulios intelectuales, abogados, empresarios, arquitectos, escritores y artistas plásticos, germen de movimientos literarios y pictóricos.

La tertulia se celebraba, como lo merecen todas las actividades respetables, con admirable puntualidad, como evoca José del Castillo: de doce del mediodía a diez de la noche, con un receso a la hora de la siesta. Cuando sonaban las diez el chino Chea, armado con un matamoscas, espantaba a los contertulios al grito de «Fuera, borrachos».

Nunca sabremos si el principal aliciente de la peña eran los reputados ajíes rellenos de picadillo de su comedor, de los que se rumorea que eran los mejores del país. Tal vez el éxito se debía a que cada quien tenía su propia botella reservada y marcada con su nombre escrito sobre un trozo de esparadrapo.

En esta tertulia se encontraron Manuel Antonio Patín Maceo y Radhamés Mejía, el autor de su retrato, destacado pintor y escultor. Desconocemos si el retrato fue fruto de un encargo, si fue una obra motu proprio o incluso si se trata de un retrato póstumo, pero, con singular maestría, Mejía logró que del lienzo emane la personalidad de nuestro primer lexicógrafo.

El 12 de octubre de l927 fue fundada la Academia Dominicana de la Lengua, por iniciativa de monseñor Adolfo Alejandro Nouel, arzobispo metropolitano de Santo Domingo. Nuestra Academia quedó integrada por doce miembros: presidida, por Monseñor Nouel, con Alejandro Woss y Gil como vicepresidente y Federico Llaverías como secretario, la formaban, como miembros de número, Cayetano Armando Rodríguez, Manuel de Jesús Troncoso de la Concha, Alcides García Lluberes, Félix María Nolasco, Bienvenido García Gautier y Montebruno, Andrés Julio Montolío, Rafael Justino Castillo y Arístides García Mella, y Manuel Antonio Patín Maceo, que ocupó hasta su muerte el sillón F.

Como un juego literario protagonizado por las fechas señaladas, el 27 de febrero de l932 la Real Academia Española la acoge como academia correspondiente, aceptación refrendada en un acto celebrado en la antigua Casa de España de Santo Domingo, con la incorporación de seis nuevos miembros, entre los que se encontraban Max Henríquez Ureña, Ramón Emilio Jiménez, Enrique Henríquez, Rafael Conrado Castellanos, Juan Tomás Mejía Solieri, y Manuel de Jesús Camarena Perdomo.

Patín Maceo confesaba que él acostumbraba a «mezclar el pensamiento con los latidos de mi corazón». Quizás por eso era un apasionado confeso del Quijote, al que cuentan citaba largamente, y dueño de un particular sentido del humor, destacado por su hijo Enrique y por muchos de los que lo conocieron y fueron sus alumnos, fruto de su visión de la vida y de su conocimiento del ser humano.

Combinando humor y amor al Quijote decía Manengo, como era llamado afectuosamente, que «en el patriotismo (a lo menos en el nuestro) suelen confundirse don Quijote y Sancho Panza; no es raro que el patriotismo se vea trasladado del alma al estómago. Por eso hay que poner a los patriotas de oficio en detenida cuarentena».

Patín Maceo demostró su patriotismo de alma con la redacción de su obra, que representa, desde nuestro punto de vista, la obra fundacional de la producción lexicográfica dominicana y fundamental para entender nuestra lexicografía hasta nuestros días. Su obra es producto de la toma de conciencia de la autonomía de las variantes del español americano respecto al español peninsular y destaca, entre las restantes obras dedicadas al léxico dominicano, en el mismo periodo histórico e incluso entre algunas posteriores, por su vocación de descripción general del léxico diferencial.

La obra Dominicanismos fue publicada por primera vez en 1940, con los auspicios de la Academia Dominicana de la Lengua. Agotada esta edición, en 1947 vio la luz una segunda. El texto íntegro de esta segunda edición fue el utilizado por la Sociedad Dominicana de Bibliófilos para publicar una tercera en 1989. En esta ocasión se añadió la obra Americanismos en el lenguaje dominicano, que estaba inédita en forma de libro, componiendo ambas el tomo titulado Obras lexicográficas, considerado en su conjunto por los editores como «la base para los estudios contemporáneos del vocabulario y la expresión lingüística de los dominicanos».

Hasta la aparición de la obra de Patín Maceo solo contábamos con el Diccionario de criollismos de Rafael Brito, publicado en San Francisco de Macorís en 1931, y que no deja de ser un glosario más bien rudimentario, compuesto por un aficionado, de usos propios del Cibao, en el que priman los usos fonéticos sobre los léxicos diferenciales.

La obra de Patín Maceo compone, aunque él nunca lo tituló así, un diccionario de lengua dedicado al vocabulario dominicano contemporáneo de su época. Un diccionario restringido que se centra en el estudio del léxico de la variedad dominicana del español, como variante geográfica, al que, a su vez, se aplican distintos criterios para producir la diferenciación dominicanismos y americanismos en uso en la República Dominicana. Así se constituye su obra en un diccionario dialectal con dos partes, claramente definidas: a) las palabras y expresiones, o sus acepciones, que se reconocen como de uso exclusivo de la variedad dominicana; y b) las palabras y expresiones, o sus acepciones, cuyo uso no se considera exclusivo en la República Dominicana, sino que aparecen también en otras variedades del español. Como telón de fondo se mantiene siempre el criterio contrastivo fundamental: los elementos incluidos no deben tener uso en el español peninsular.

Las cifras hablan por sí solas de su trabajo: la obra Dominicanismos está compuesta por 2666 entradas; Americanismos en el lenguaje dominicano incluye 1765 artículos.

Podemos describirlo como un híbrido entre el diccionario de uso y el diccionario prescriptivo. En él aparecen las dos tendencias tradicionales hasta bien entrado el siglo XX en los diccionarios dialectales del español de América: la inclusión de términos y acepciones diferenciados geográficamente y el interés preceptivo de corregir las palabras o giros considerados incorrectos por su falta de apego a la norma que en ese entonces se consideraba directriz: la norma del español hablado en España.

De los 2666 artículos lexicográficos de Dominicanismos, 218 corresponden a artículos que podríamos considerar normativos, lo que representa un 8,17 %. Estamos ante un criterio normativo en una versión particular. No se trata de no incluir usos considerados incorrectos para que no se vean sancionados por el diccionario, sino de registrarlos para hacerlos visibles y proponer su eliminación.

Mariano Lebrón Saviñón, presidente de la Academia Dominicana de la Lengua en el momento de la última edición de la obra de Patín Maceo, pondera el papel de la isla de Santo Domingo en la formación del español americano y, con su agudeza habitual, considera imprescindible esta obra como registro de la aportación dominicana al caudal léxico del español general: «También hemos enriquecido ese español, sonoro y cantarino, con un rimero de vocablos que, incorporados a otra multitud de americanismos, dan un nuevo caudal al habla». Por la triple condición de filólogo, profesor y poeta de Patín, se destaca además la trascendencia filológica de su obra para el estudio del español dominicano y para la conformación de los diccionarios generales de americanismos.

Su hijo Enrique Patín Veloz acentúa su condición de educador y de amante de la lengua española, combinación que explica muchas de las características de su obra lexicográfica. Escribe su hijo que «su amor a las letras lo llevó a ser poeta y filólogo. Amaba dos cosas por encima de las demás: la belleza literaria y la pureza del idioma. Nadie, entre nosotros, consagró más horas de su vida ni puso más amor que él en la noble tarea de velar por la pureza de nuestro idioma».

La comisión académica designada en 1940 para la evaluación de la obra rindió su informe favorable meses antes de su publicación; en él enumeran las que consideran bondades de la obra (abundancia y autenticidad del material léxico, método, forma de expresión) y ponen el acento en la carencia de obras lexicográficas dedicadas al español dominicano: «La abundancia de palabras y frases del léxico vernáculo que forman el libro; la autenticidad de ellas; el método empleado; la correcta y sencilla forma adoptada; el delicado gracejo con que en muchos casos se disipa la natural aridez de la materia tratada; la fácil concepción que forma el lector de lo que va hojeando y por encima de todo la necesidad que había de un libro de este género, lo hacen harto recomendable a la protección más decidida».

Destacan además la relevancia del aporte de Patín para el conocimiento de los dominicanismos, a los que se considera poco o mal representados en las obras lexicográficas, y del papel de los dominicanos en el buen uso de la lengua española en la República Dominicana, como parte de la comunidad hispanohablante: «Su libro servirá, sin duda, de orientación a todos, y dará a nuestra nación la parte que merece en el enriquecimiento del idioma, que ya ha dejado de ser primeramente castellano y después español, para ser, ahora y más tarde hispanoamericano».

Un retrato en el diccionario
Obras lexicográficas de Patín Maceo, reúne los diccionarios Dominicanismos y Americanismos en el lenguaje dominicano.

El diccionario de Patín es un clásico lexicográfico. Ha dejado de ser una obra de consulta o de referencia para los hablantes actuales, porque no está construido con las características que se le exigen a un buen diccionario en la actualidad, pero continúa siendo nuestro primer diccionario, un clásico que además es de lectura muy entretenida precisamente por lo que la lexicografía moderna critica en un diccionario: la presencia evidente y constante del lexicógrafo. Su personalidad chispea, poco ortodoxamente, es cierto, en sus definiciones, en sus ejemplos y en sus recomendaciones de uso, que llevan incluida, a veces, una pequeña diatriba personal, en tono sarcástico, un boche, dígamoslo en dominicano, en el que aflora su personalidad de Patín:

«AFFMO. Todos los días veo esta bárbara abreviatura de afectísimo y me pregunto cómo es posible que la gente no advierta el desatino. [...] Proscríbase tal barbarismo ortográfico, que tanto desdice de las luces y los sesos de muchos intelectuales».

Ni siquiera la información sobre la etimología de las palabras lo oculta, ya sea con la elección de la adjetivación o con las explicaciones jocosas:

«CACHACHEAR. Verbo imaginario, neutro y defectivo, sinónimo de sobreabundar [...]. ¿Por qué circunstancia habrá nacido este peregrino verbo en el lenguaje dominicano? Averígüelo quien posea más luces que el hijo de mi padre».

Pero, si hay un elemento del diccionario en el que Patín se nos presenta vivamente y en los que se manifiesta con mayor libertad su personalidad, son sus ejemplos. Los ejemplos en un diccionario tienen una intención testimonial (esta palabra se usa) y didáctica (esta palabra se usa así). En muchas ocasiones estos ejemplos adquieren protagonismo sobre la definición, hasta el punto de llegar a convertirse en pequeñas narraciones anecdóticas o artículos de costumbres en miniatura.

Manuel Seco (2003: 300) exige que «las opiniones filosóficas, religiosas, políticas, estéticas, morales del redactor, sus sentimientos, sus circunstancias personales deben desvanecerse por completo detrás del tejido verbal de sus enunciados definidores». La constante vigilancia de la pluma que exige Julio Casares al lexicógrafo no es una prioridad para Patín y su personalidad está siempre presente:

«LEVENTE. adj. Se aplica al vago y sin oficio: ¡mírenlo!, ¡desgraciao! Ve a trabajar y no andes de levente. (Frases con que regala una sirvienta al atrevido que le dice un pudendo piropo o le da un pecaminoso pellizco al pasar ella por su lado)».

A Patín parecen no preocuparle las restricciones de espacio con las que siempre tienen que lidiar los lexicógrafos. En ocasiones redacta como ejemplo un diálogo completo o un pequeño cuento:

«MÁTENME CON. Frase en que sirviendo de término a la preposición un apelativo de persona o de cosa, indica uno la mucha afición a ellas [...]. Eran tres jóvenes discretas y hermosas, y una vieja ya octogenaria, las cuales en apacible tertulia y acomodadas en sendas mecedoras, tenían por costumbre pasar las primeras horas de la noche. Las jóvenes hablaban de un nuevo invento; de unas pastillas dulces, que chupadas como caramelos, hacían que una mujer saliera encinta. Una era partidaria del nuevo procedimiento que tanto se apartaba del paradisíaco y tradicional de nuestros primeros padres. Otra era de parecer que el amor es necesario en la vida, y que las pastillas lo anulaban; y la otra, tímida e indecisa, decidió, para saber a qué atenerse, solicitar la autorizada opinión de la vieja, quien era toda oídos en este asunto de no escasa importancia para las hijas de Eva y para la especie humana. -¿Qué piensa Ud. mamita? ¿Está con el nuevo procedimiento? – A mí, dijo entonces la vieja, mátenme con el sistema antiguo».

Los artículos de Patín están plagados de referencias culturales concretas que los anclan a un momento histórico determinado y que provocan su pérdida de vigencia con el paso del tiempo, pero que, al mismo tiempo, les aportan ese sabor particular que atrae a los aficionados, como yo, a leer diccionarios. Sucede así con las alusiones al precio de las cosas. Aunque el término siga en uso y la definición siga siendo válida, la inclusión del precio del viaje circunscribe la definición de conchar a un momento histórico determinado y la aleja de una perspectiva general:

«CONCHAR. v.n. Entre chóferes, dedicarse a trabajar en automóvil de los que rinden servicio por diez centavos. Tomar tragos de cinco centavos».

La personalidad del lexicógrafo surge con frecuencia en el uso de adjetivos y adverbios valorativos o depreciativos, que suelen llevar una carga ideológica que nos remite a las concepciones morales, sociales y políticas del lexicográfico:

«EMBURUJARSE. Tener amorosas e ilícitas relaciones un hombre con una mujer y viceversa».

Y qué decir de su recurso frecuente a la ironía. Aunque está reñida radicalmente con la máxima de neutralidad a la que debe aspirar la definición lexicográfica, la implicación del autor gracias a la ironía es evidente en algunas de sus definiciones y en muchos de sus ejemplos:

«MACANA. (Amér.). f. Garrote grueso de madera dura y usado con mucha gracia por la policía.

CHEMBA con CHEMBA. loc. adv. En erótico deleite. Si hay dos novios, lo que no es raro, que se besan, lo que tampoco es raro, suele decirse que están chemba con chemba».

Nuestro recordado y admirado Mario Lebrón Saviñón afirmaba que «fue Patín Maceo el que con mayor autoridad llegó al recinto donde nuestra habla debía preservarse en su prístina brillantez, porque él era en aquel momento, y lo fue hasta su muerte, el primer gramático y filólogo de nuestra Patria y uno de los más destacados en nuestro mundo hispánico».

Gracias a Mari Loli Pérez de Severino su retrato ha encontrado su casa y nos alentará a todos a seguir profundizando en el conocimiento y la defensa del buen uso de nuestra lengua común.

Un retrato en el diccionario
Miguel Solano, María José Rincón, Bruno Rosario Candelier y Rafael Peralta junto al retrato de Manuel A. Patín Maceo.
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