Una mirada personal sobre la Biblia

Desde el cine o desde la imaginación literaria, se han tejido siempre las fértiles conjeturas de los objetos con los cuales nos gustaría enfrentar la soledad y el misterio al quedarnos abandonados en una isla desierta.
Víctor Fleming hizo la adaptación en los cincuenta de La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson, y se recuerdan la de Robinson Crusoe, el célebre naufragio de Tom Hanks, la historia de los cadetes que se quedan varados en una isla desierta descrita en El señor de las moscas, y entre otras que recordamos aquel filme con Harrison Ford y Anne Heche Seis días, siete noches.
En estas y otras cintas, los náufragos han puesto sus vitalidades escondidas, aquellas de las que nunca habían hecho uso, para simplemente sobrevivir en medio de una naturaleza que, en algunos casos, se mostró esquiva, inhóspita, salvaje, y en otras, hermosa y potable para la vida en libertad absoluta, sin tabúes ni cumplimientos de normas sociales.
Lo que, tal vez, en un tiempo fue misterio que abría una amplia interrogación, donde la imaginación se volcaba solícita con decenas de posibilidades abiertas a modo de compañía en la isla desierta a la cual lo enviaba el destino, hoy se resolvería para muchos con la posesión de un teléfono móvil o un IPad que permitiera el contacto urgente con la civilización dejada atrás. Desde luego, con la firme esperanza de que, previamente, alguna proveedora haya dejado caer el Wi Fi por esos predios.
A los escritores nos ha fascinado siempre la hipótesis del abandono en una isla desierta, porque nos sirve para repasar mentalmente cuál es el libro definitivo con el que nos gustaría quedarnos -¿para siempre?- entre las malezas y los arrecifes, las playas y los sorteados meandros de un terreno insular alejado del mundanal ruido. Se trata de un ejercicio intelectual, ni más ni menos. Tal vez ya no existan tantas islas desiertas como para habitar en ellas sin más recursos que los de la soledad, la espera impaciente por el rescate o el simple acomodo a la naturaleza que nos sirva de compañía hasta que la muerte nos separe de ella. Y, además, a la hora de la verdad tal vez no deseemos la amistad, siempre invaluable, de un buen libro, sino la compaña de utensilios que nos permitan salir del fenomenal apuro. He leído en alguna parte que a Chesterton le hicieron alguna vez la pregunta y sorprendió a su interlocutor diciéndole que lo único que se llevaría a esa isla desierta sería un manual para construir veleros.
Carlos X. Ardavín Trabanco es un admirado escritor, establecido como profesor de literatura y cultura españolas en la Universidad de Trinity, en San Antonio, Texas. Desde allí se planteó hacer la añeja pregunta a escritores dominicanos de qué libro se llevarían si les tocase emprender una nueva vida en una isla desierta. Treinta y dos escritores enviaron sus respuestas que acaban de ser recogidas en libro. Los hay que llevarían consigo libros clásicos, de filosofía, poesía, novelas, cuentos, y los hay que dan volteretas sobre la cuestión a modo de ejercicio de literariedad, porque en verdad se hace difícil hacer una escogencia única. Mi respuesta a la inquietud isleña de Ardavín, y que aparece iniciando el libro, fue la siguiente:
Lo ideal sería no quedarse varado, para siempre tal vez, en una isla desierta, sin compañía alguna. Comenzando los ochenta, llegó a la pantalla grande de los cinemas de entonces, muchos ya desaparecidos, el célebre filme La laguna azul (The Blue Lagoon), basada en una novela de Henry De Vere Stacpoole, inolvidable sin dudas para los que entonces apenas estábamos entrando en los treinta. Christopher Atkins (Richard) queda abandonado en una isla tropical junto a Brooke Shields (Emmeline), luego de que zozobrara la pequeña embarcación del padre de Richard y quedaran abandonados a su suerte en aquel espacio paradisíaco del Pacífico Sur. Eran dos púberes que fueron conociendo allí la pasión del amor, mientras fueron creciendo sus sentimientos y sus ardores juveniles. No tuvieron libro a mano, pero sobrevivieron de maravilla, tanto que Emmeline no quería volver a la civilización, a la que al fin regresaron para vivir la vida, sin la maravillosa libertad que disfrutaron en la isla desierta, en aquella escenografía natural tan excitante que la magia del lente de Néstor Almendros logró retratar prodigiosamente que el filme encandiló a todos los que lo vimos más de dos veces, por la belleza de Brooke Shields, la historia de inocencia, pasión y amor que desarrollaron y por el paisaje impactante de aquella isla salvaje.
Repetir tal vez la historia de Emmeline y Richard, con todos los años que ahora no podemos restar, sería maravilloso. Pero, hemos de colocarnos en el caso de si nos quedamos abandonados en una isla, sin más compañía que un libro, que es la única posibilidad que se nos concede para no estar totalmente solos. Yo no tengo vacilación alguna en el libro que escogería: la Biblia.
Tengo tres razones para esta selección. En primer lugar, la palabra griega "biblia" significa libros o los libros (así, en plural), de modo que aunque siempre se le considera un solo libro, y como lectura continuada lo es, yo me estoy quedando en esa isla desierta no con un libro, sino con una verdadera biblioteca. En segundo término, por la razón anterior, yo estaré en posesión de 73 libros, los 46 del Antiguo Testamento y los 27 del Nuevo Testamento. Aclaro que estoy adoptando la tradición de los católicos y los ortodoxos, que es para todos los fines la que más me conviene y atrae, pues los judíos, al igual que los protestantes restan siete libros y solo se quedan con 39 de la antigua Alianza. De modo que habré de elegir para mi nueva vida en la isla desierta los formidables libros de Baruc, Tobías, Judit, los dos de los Macabeos, el bellísimo Eclesiástico y el de la Sabiduría, que son los que desdeñan judíos y protestantes. En último término, soy creyente y lector diario de la Biblia, por lo que me será de grata compañía tener conmigo la Palabra de Dios, del Génesis a Malaquías, y del Evangelio de Mateo al Apocalipsis de Juan, en esta incierta estancia isleña, de soledad obligada.
Explico ahora mi razón intelectual, si se quiere, una razón intelectual de creyente. La Biblia es la evocación del pasado de la fe y el testimonio vivo de la gloria de Dios. La sabiduría divina se expresa en toda su dimensión trascendente, ofreciendo al hombre la oportunidad excepcional de conocer la palabra de Yahvé y la normativa de encuentro con su misericordia, vigente hasta nuestros días. La lectura diaria en una isla desierta, como hoy en la isla poblada, crea un contacto permanente con la historia de la salvación humana frente a todas las contingencias, al tiempo que expone la praxis para entender, valorar y practicar sus enseñanzas.
Depósito sagrado de la revelación profética, las Sagradas Escrituras confirman la dimensión sobrenatural del hombre y transmiten la herencia salvífica desde la amorosa providencia a la que el hombre es incorporado como destinatario central de la fe.
La Biblia es la suma de un pasado de presencia de Dios, imbricado fielmente con la realidad permanente del hombre y sus virtudes, del hombre y sus percances, del hombre y sus dilemas. Y es, al mismo tiempo, Dios revelado hacia el futuro, hacia el destino del hombre, hacia su fin ulterior, hacia su fin real. Dios comunica un conocimiento de sí, y al mismo tiempo, levanta los andamios de las verdades sobrenaturales, de los misterios de la fe, del devenir de la fe, de la razón de la fe. Dios como presencia y como unción, como revelación y como determinación del porvenir. Dios como esencia y como poder, como justicia y como luz, como verdad y como iluminación.
La Biblia nos congrega a los creyentes en su regazo de salvación para mostrarnos los caminos de la felicidad eterna, de las reglas para la obtención de esa felicidad, pero sobre todo, de la inmensa misericordia de Dios y del valor de su inspiradora presencia.
Desde la historia, la Biblia es la narración de un tiempo y también de una heredad. Es la filosofía del devenir, desde los episodios que la construyen y la trascienden. Y es la manifestación sensible de la evidencia divina, a través del documento, de la profecía, de la andadura de los hombres y mujeres que intervienen en su composición. En fin, las Sagradas Escrituras, como decía San Agustín, son "más dulces que la miel y más nutritivas que cualquier otro alimento".
Me quedo pues con esta superba biblioteca de 73 libros infinitos (empastados en un solo tomo), que me servirán para reclamar a Dios su misericordia, a fin de que elimine mi soledad en esa isla desierta y, en la medida de lo posible, me devuelva como Emmelin y Richard al mundo de la civilización, más áspero y menos dulce y gozoso tal vez, pero al fin y al cabo, nuestro mundo.
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(Recomendamos adquirir "Los libros de la isla desierta" (Escritores dominicanos reflexionan sobre su libro predilecto). Carlos X. Ardavín Trabanco, Editor. Editorial Santuario: 2013/ 177 pp).
www. jrlantigua.com
Diario Libre
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