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Los pronósticos en economía

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Los pronósticos en economía

“Los sistemas humanos, tales como los de las economías, son sistemas complejos, con todo lo que eso implica. Y recordemos que los sistemas humanos no son hechos de arena, rocas, copos de nieve, y todas esas cosas que se comportan de manera impredecible en los sistemas naturales. Ellos están hechos de personas: seres auto conscientes que piensan, hablan, y tratan de predecir el comportamiento de los demás –y quienes continuamente se adaptan a los esfuerzos que cada uno hace para predecir el comportamiento del otro, añadiendo cada vez más nuevos cálculos y nueva complejidad”. Gardner y Tetlock, 2011

Son muchos los chistes mordaces que se hacen sobre la capacidad predictiva de la economía y de los economistas. Y la verdad es que dado el pobre récord de los pronósticos económicos hay que admitir que en general esos chistes son razonables. Las frecuentes y sistemáticas revisiones de esos pronósticos que los organismos internacionales -FMI, OECD, CEPAL, entre otros- están obligados a realizar son un reflejo de las dificultades que encierra el arte -algunos lo llaman ciencia- de anticipar la conducta humana en el campo económico. En su ensayo

What’s wrong with expert predictions?

(2011), Gardner y Tetlock reseñan que Kenneth Arrow, quien posteriormente ganaría el Premio Nobel de Economía, cuando se desempeñaba como un joven estadístico en la segunda guerra mundial notó que los pronósticos mensuales que los militares hacían acerca de las condiciones del tiempo eran en realidad completamente inútiles, y le advirtió a su superior para que no los utilizara. La respuesta que recibió, narran los citados autores, fue la siguiente: “El Comandante General está bien consciente de que los pronósticos no son buenos; sin embargo, él los necesita para los fines de la planificación”.

Esa misma actitud parece ser la que domina el sentir de las empresas y de los gobiernos que dedican una gran cantidad de recursos humanos y financieros a los fines de descifrar el futuro, a pesar de que los pronósticos son más inútiles cuando precisamente son más necesarios. Me explico: si las condiciones económicas permanecen igual, el pronóstico no tiene ninguna complicación. Ahora bien, si esas condiciones sufren un cambio drástico y repentino -en el lenguaje de los economistas, una «ruptura estructural»- es casi imposible que el pronóstico pueda anticiparlo. En gran medida, la demanda de pronósticos está asociada con la necesidad de anticipar esos cambios que pudieran significar la quiebra para una empresa. Todavía se le reclama a los economistas y a los organismos internacionales la incapacidad para predecir la ocurrencia de la crisis financiera internacional que se desató a partir de 2007.

Pues bien, con el propósito de medir el grado de certeza en los pronósticos de expertos en las áreas de economía y ciencias políticas, así como analistas de las unidades de inteligencia y periodistas, Philip Tetlock condujo un experimento -reseñado en el ensayo anteriormente citado- con cerca de 280 expertos que voluntariamente registraron sus predicciones alrededor de un conjunto de temas seleccionados. El experimento se tomó varios años en su implementación y los expertos hicieron unos 28,000 pronósticos. Una vez transcurrido el tiempo se tabularon los resultados en donde aparecían dichos pronósticos y lo que realmente ocurrió. El resultado no podía ser más desconcertante: el pronóstico de los expertos fue ligeramente mejor que simples respuestas aleatorias. Sin embargo, las respuestas de los expertos fue de peor precisión que una simple extrapolación automática de los datos. Lo cierto es que si fuera una tarea fácil hacer pronósticos con niveles rentables de certeza, mercados financieros como Wall Street hace tiempo que hubieran desaparecido.

Pero, ¿por qué es tan difícil hacer pronósticos en economía? Por la sencilla razón de que la economía deriva su complejidad de la naturaleza humana que le es inherente. Y esa naturaleza es sensible a la diversidad de estímulos -reales o imaginarios- que condicionan la conducta de los seres humanos en el ámbito económico. Como apuntan Gardner y Tetlock, “nada es seguro hasta que no ocurre”. Esto no significa que los pronósticos económicos no tengan utilidad. El punto es ponerlos en una perspectiva de mayor humildad en consonancia con la imprevisibilidad de la conducta humana, independientemente de lo sofisticados que sean los métodos econométricos utilizados para su formulación. En reiteradas ocasiones, los economistas caen en la tentación de creer que la sofisticación de los métodos formales puede recoger con certeza la cambiante realidad económica, quedando atrapados -con frecuencia- en un ‘formalismo’ sin sustancia.

Gardner y Tetlock nos recuerdan el mensaje Socrático de que el camino de la sabiduría se inicia con el reconocimiento de la ignorancia, algo difícil de vender en un mundo de negocios ansioso por descubrir lo que le tiene reservado el futuro, y dispuesto a pagar por un buen pronóstico, ignorando en ocasiones que el economista que hace ese trabajo pudiera tener en realidad una licencia para equivocarse con autoridad.