Madrid

Las cosas simples calan en lo profundo del alma.
Un día cualquiera del pasado octubre me encontraba en Madrid caminando por las calles y paseos bajo la lluvia intermitente. Pude gozar como un niño el agua que caía, el otoño, cada árbol, la limpieza, la organización, la belleza de esta bonita y atractiva urbe. Y volví a anhelar vivir de nuevo en esa ciudad que me dio tanto habiendo llegado a ella casi como un adolescente y salido como adulto, formado y con sentido de la vida.
Otro día llegamos a Plaza del Callao y caminamos en dirección a la Puerta del Sol. Seguimos a la Plaza Mayor. Había mucha gente y una venta de sellos destinada a filatelistas. Tomamos la carrera de San Gerónimo y la calle Príncipe. Y deambulamos por las proximidades.
En Madrid, contrario a Santo Domingo, se camina mucho. Es una ciudad para que la gente la viva y disfrute en sus pequeños detalles que están en cada esquina, en cada sitio, en las alamedas, bares, en sus comercios, o en la propia gente cuando se entrecruza, tropieza, se miran, se aman, se odian, o simplemente se ven indiferentes como sí no importara que el otro existiera, cuando en verdad importa tanto que nadie se explicaría a sí mismo si no fuera por los otros.
Es un lugar que no puedo dejar de pisarlo con mis pies porque sólo así compruebo en cada instante que sigue siendo tan mía como lo fue hace tanto tiempo. Estos paseos madrileños restauran el equilibrio emocional.
Otro día caminamos por la calle Eduardo Dato. Llena de edificios con grandiosa arquitectura. Arribamos a la Plaza de Chamberí, símbolo del Madrid de antaño. Continuamos por Luchana en dirección a Plaza de Bilbao. Bajamos por Fuencarral, en mi época la calle de las zapaterías. En un momento cruzamos por donde estuvo situado el Hospicio de Madrid, punto lúgubre en que los pobres y los degenerados de la tierra escondían sus vergüenzas entregando a la caridad a los niños nacidos y no queridos, lugar decorado con una puerta gigantesca. Ahora se encuentra allí el Museo Municipal.
De pronto la calle se convirtió en peatonal, y adquirió tintes peculiares. Y así llegamos a la Gran Vía. Salimos y bajamos por la calle paralela a Preciados, que es la Postigo de San Martín. Imponente callejón repleto de edificaciones notables y puestos de ventas populares. Cruzamos al lado del Monasterio de las Descalzas, sobrio y repleto de armonía.
Continuamos y fuimos a salir a la calle Arenal. Fantástica y bella, también convertida en peatonal. Gente abarrotándola, tiendas diversas y bien puestas, y edificios memorables. Al fondo se contemplaba el Teatro Real. De ahí seguimos hacia el Palacio de Oriente en el preciso momento en que tenia lugar el cambio de guardia.
Ninguna ciudad puede disfrutarse si no es horadando su espinazo con los pies cansados, aspirando el aire que la cubre, sintiendo sus olores, constatando su grado de organización y forma de vida, fijándose en las peculiaridades que forman su entorno, contemplando el perfil de su arquitectura que repasa el transcurrir del tiempo, mirando la elegancia y armonía de sus bellas mujeres, embriagando los sentidos y fusionándolos con su espíritu leve, y compartiendo su latido con el ritmo vital propio.
Al atardecer fuimos en carro a la Universidad Complutense. Retorné con emoción a mi juventud y vinieron a mi mente las imágenes de las tensiones que en ocasiones vivíamos cuando la caballería armada dispersaba a los grupos de estudiantes que se manifestaban en el campus. Era la época del generalísimo Franco y de la carencia de libertades.
Entramos al Parque del Oeste, lugar que en las noches acoge a las prostitutas que venden su vientre pero no su alma al mejor postor. Cruzamos al lado de Rosales, teniendo a la derecha la inmensidad de Casa de Campo. Pasamos por el mercado de San Miguel, reconvertido en lugar de tapas, cañas y vinos.
Seguimos al barrio La Latina. Conectamos con Atocha, lugar en que fue demolido el adefesio llamado excalectric, un elevado construido en la época de la dictadura. En su lugar fue colocada la hermosa rotonda y fuente que adornan con singular buen gusto esa plaza.
Caminando no dejaba de pensar en si sobrevivirán al paso del tiempo los horribles elevados de Santo Domingo. Y de preguntarme por qué razón se han eliminado las rotondas y las fuentes, y convertido todo en paisaje agreste, tortuoso y sucio para el caminante, que deja la única opción de sentarse en el carro e integrarse a los tapones interminables. ¿Acaso es en una ciudad así que merecemos vivir, cuando hay otras que enseñan que se puede convivir con un entorno amigable y estimulante a los sentidos?
Eduardo García Michel
Eduardo García Michel