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Respeto, prudencia y delicadeza en el uso de la lengua

La gente debe tener cuidado al expresarse sobre otros

Cuando yo cursaba estudios de licenciatura   en la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), recuerdo que uno de mis profesores que había   estudios lingüísticos y filológicos en Francia, nos contó que recién llegado a esta nación europea, en la tarde de un domingo cualquiera, por fijar su mirada en una pareja que ardientemente o con pasión desbordada se besaba en un parque público, fue momentáneamente detenido por agentes policiales. Se le acusó de violar el derecho a la intimidad.

¿Por qué le sucedió eso a mí siempre recodado y maestro?

Sencillamente, porque junto con su ropa y demás pertenencias, también metió en la maleta y se llevó a París, el subdesarrollo, el aldeanismo, la cultura de vecindario, el suburbio y el barrio de la República Dominicana. Se trata del mismo aldeanismo y subdesarrollo mental que hace ya varios años mostró un famoso periodista y comentarista radial, cuando tronó muy preocupado, porque el padre del niño que la Lic. Jenny Berenice, entonces fiscal del Distrito Nacional, hasta ese momento no se conocía.

¿Qué le importaba a ese comunicador quién era o quién no era el progenitor de la tierna criatura de la eficiente funcionaria judicial o de cualquier otra mujer que haya decidido concebir hijos al margen de una relación formal?

Minucias de esa naturaleza solo llenan las agendas de las mentes mediocres y de las comadres de barrios. Lo que sí importaba y tenía valor era la felicidad que sentía la jubilosa madre cada vez que besaba, abrazaba y sostenía entre sus brazos a su adorado retoño. Lo demás no es más que chismes de "mala monta"

 Por conductas lingüísticas parecidas a la del impetuoso  comentarista, en una ocasión , escribí un artículo titulado “Preguntas, afirmaciones y otras indelicadezas expresivas”, texto que por considerarlo de interés, nos permitimos compartir de nuevo con nuestros amables lectores:

Preguntas, afirmaciones y otras indelicadezas expresivas.

 «Si lo que usted va a decir no es más hermoso que el silencio, entonces cállese» (Proverbio chino)

 En la universidad tuve una alumna que era muy flaca, extremadamente flaca. Sus amigos, compañeros de estudio y hasta sus propios familiares no la dejaban en paz:

“¡Dios mío, qué esqueleto!“, “¡Tú te ves fatal!”, “¡Muchacha, ponte a comer para que engordes!”, “¿Pero es el Sida que tú tienes?, eran sólo algunos de los flechazos articulatorios que diariamente recibía la brillante estudiante de mercadeo.

 Tengo un amigo que es gordo, extremadamente gordo. Su figura se ha convertido en el blanco predilecto hacia el cual van dirigido los siguientes dardos o proyectiles expresivos:

 “¿Y cómo tú conseguiste toda esa gordura?”, “¿Cómo cuántas libras tú pesas?”, “¡Tú te ves horrible con toda esa manteca!”, “Cuando paras, yo quiero un marianito”, “¡Muchacho, ponte a correr pa que baje esa panza!”, “Ese arroz como que te está aprovechando...”

Tuve una compañera de trabajo en cuyos años de noviazgo, la presión y el asedio de amigos y relacionados la tenían casi al borde del siquiatra. Preguntas como las que siguen, con amargura sin igual, tenía que escucharla durante las     veinticuatro horas del día:

 “¿Cuántos años tú tienes de amores?”, ¿Y es que ustedes no se piensan casar...? “Tú y tu novio ya son casi hermanos”, “¿Y qué es lo que ustedes esperan…? 

 Mi amiga por fin contrae nupcias. De inmediato se prepara para convertir en realidad el gran sueño de su vida: tener un hijo, sueño que jamás pudo materializar, debido a que cada vez que paría, sus criaturas nacían muertas. Su inmenso dolor parecía multiplicarse y su depresión se tornaba cada vez más crónica desde el mismo instante en que su tímpano era martillado con frases como estas:

 “¡Muchacha, los hijos hay que tenerlos!”, “Un matrimonio sin hijos no es matrimonio…”, “Ponte en tratamiento pa que para…”, “Te vas a volver una viejita y no vas a tener un hijo…” 

Obviamente que no hay que ser especialista en el tratamiento de la conducta humana  para imaginarse el negativo efecto que expresiones como las preindicadas generan en la mente de quien desea tener un hijo, pero no puede.

A otro de mis amigos le sobra edad para casarse, pero permanece soltero o “solterón”, como peyorativamente prefieren llamarlo algunos. Ha optado él por disfrutar una vida bohemia o practicar el amor de los marineros, quienes, al decir de Pablo Neruda, “besan y se van / en cada puerto dejan un amor / y no vuelven más”. Por adoptar semejante conducta, hasta mi “enllave” llegan casi a diario los más diversos, odiosos e indelicados puyazos verbales:

 “¿Ya te casaste…?”, “¿Y para cuándo lo vas a dejar…? “¡Ese tipo es como raro o alguna maña debe tener…! “Ese es un picaflor…”, “Ese carajo debe ser ‘pájaro’…”, “Es un bohemio que le gusta estar con una hoy y otra mañana… “¿A qué le temes…?”

 Los anteriores son sólo cinco de los tantos casos de indelicadezas o imprudencias en que suelen incurrir muchos hablantes dominicanos en el uso cotidiano de lengua, a las cuales podríamos agregar preguntas no menos necia del tipo: ¿Cúantos tu ganas?, ¿Cuál es tu edad?, etc. Se trata de conductas verbales típicas de sociedades poco desarrolladas, matizadas por evidentes rasgos aldeanos o en las que late el alma del suburbio y la cultura del vecindario. En ese tipo de sociedades, cuando de la vida personal de los demás se trata, todo se indaga, todo se informa, todo se pregunta. Y en vez de actuar como el sabio, se procede como el necio:

El sabio utiliza la lengua con sumo tacto, prudencia y sentido común. El necio, en cambio, actúa con torpeza, irrespeto, imprudencia y ligereza.

 El sabio sabe qué, dónde y cuándo hablar. El necio no mide lo que dice, esto es, habla de todo, en todo momento y en cualquier lugar.

El sabio, por sabio, sabe cuándo debe callar. El necio, por torpe, nunca calla y “dice todo lo que se le viene a la boca”, restándole así efectividad al acto comunicativo. Olvida este que la esencia de una efectiva comunicación consiste en callar lo que no se debe decir y decir lo que no se debe callar.

Olvidan los necios, en fin, que en el uso de la palabra hay que ser lo más cauto o medido posible, muy especialmente en el instante en que haya que emitir una opinión o formular una pregunta; pues de lo contrario, podría ocurrirnos lo mismo que a la famosa mona curiosa de que nos habla la muy aleccionadora fábula de la literatura cubana: por sus reiteradas y necias preguntas, la muy imprudente mona siempre tenía problemas o vivía en permanentes conflictos con los demás animales.

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura.

dcaba5@hotmail.com

TEMAS -
  • lengua
  • respeto

El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura