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El amor al paisaje local en una epístola de Tomás Hernández Franco

El poeta tamborileño que fue un eterno viajero en virtud de los diferentes cargos públicos y diplomáticos que desempeñó

Del poeta dominicano José Joaquín Pérez (1845 - 1900) se ha dicho que nadie como él supo expresar las emociones nostalgia y melancolía que siente una persona cuando se encuentra lejos de su lar paterno.    Basta sólo recordar el eco nostálgico que se desprende de su más famosa poesía de este género titulada “La Vuelta al hogar”.

Se trata del mismo eco, del mismo tono nostálgico, telúrico sentimiento o amor al paisaje local que entrañan los evocadores versos del Poeta Nacional de Cuba, Nicolas Guillen (1902 – 19899):

«No hay martirio más grande que el hondo desconsuelo,

de suspirar ausente de los paternos lares,

y deshojar la rosa negra de los pesares,

bajo la indiferencia de otro mar y otro cielo»

El poeta tamborileño Tomás Hernández Franco que fue un eterno viajero en virtud de los diferentes cargos públicos y diplomáticos que desempeñó, también supo plasmar en forma magistral la recóndita tristeza que produce la ausencia del suelo nativo. Lo expresa en un poema epistolar también de nostálgico y romántico acento dedicado a su hijo mayor, Tomás Hernández Tolentino, cuando este apenas tenía aproximadamente un año y medio de edad. El texto a que nos referimos, Poema anclado para el hijo viajero es el que se transcribe a continuación:

POEMA ANCLADO PARA EL HIJO VIAJERO (*)

«Tomasito, mi hijo:

Estoy pensando ahora, hoy, en el título de un poema que para ti llevo en el alma desde hace tantos días. Solamente en el título, porque es el título del poema que será para tí, lo único claro, ya hecho, definitivo que hasta ahora poseo. Con otros poemas me ha ocurrido igual. Con muchas otras cosas en la vida, también, pero, algún día te hablaré de todo eso. Ahora se trata del título del poema: Poema anclado, para el hijo viajero. Vuelvo hoy a glosar ese título.

Apenas tenemos una semana mudados a esta nueva casa, que nos es la mía, que no ha de ser tuya: es el número 159 de la Avenida Independencia, en Ciudad Trujillo. Quizás algún día, dentro de muchos años, tú la puedas mirar todavía. Quizás no te deje ningún recuerdo, ninguna huella. Pero ahora, hoy, tú la recorres toda, tambaleante y balbuceador de medias palabras, como si en realidad la extraña casa fuera tuya. Ya sabes en el jardín el sitio de la mata de mangos, ya sabes por donde puedes salir a la calle, por donde pasan los automóviles y los caballos que te apasionan. ¡Te amoldas tan fácilmente, hijo mío, a lo imprevisto, a lo nuevo, a lo casual!

Esa cualidad tuya, o ese defecto tuyo (todavía no lo sé bien) constituye el tema del poema de que te hablo. Eres el hijo viajero. Tienes casi quince meses de nacido. Ni un año y medio, siquieras. Debiste nacer en El Salvador. América Central. Pudiste haber nacido en Costa Rica, pues para allá salíamos. Era casi de rigor que nacieras en México. Pero naciste en La Habana. Pocos meses después, llegamos contigo a tus pies, a esta, a esta ciudad que no es la mía, ni la de tu madre. A los pocos meses pasaste cuatro en Haití ¿A dónde irás todavía dentro de unas semanas, dentro de unos meses? Porque tu vida es la consecuencia de la mía, con la desventaja, para tí, de que viajas como una bomba de jabón en el aire, sin posibilidad de razonar ni tus ausencias ni tus recuerdos.

Por eso sueño un poema anclado, hierro clavado para siempre en la tierra más honda, para tí, mi viajerito infatigable.

Tú no tienes una casa tuya. Al menos, la tuya, la que es la mía y de tu madre, donde yo pasé todos los años de mi infancia, te es todavía, desgraciadamente, casi desconocida. En ella has vivido días solamente, como en todas las otras que has vivido: casas de alquiler, casas de huéspedes, hoteles, aviones.

Me preocupa, hijito mío, todo eso de tí y de todo lo cual tengo yo la culpa.

Hubiera querido verte crecer en tu casa, en esa casa que es mía y de tu madre, la de Tamboril, la única, donde vivieron mis padres y mi madre, tus abuelos, donde también vivieron mis abuelos, tus bisabuelos. Creo que hubiera sido una ventaja para tí, tener tu paisaje, que es, desde que se nace, la manera más exacta y sencilla de tener una patria. Tener algún árbol muy viejo constantemente frente a tus ojos, tener centenares que crecieran al tiempo que tú creces. Oír cada noche, desde tu cuna, el murmullo del mismo arroyo, conocer los nombres de las mismas flores y el canto mañanero de los mismos pájaros. Ver a muchas gentes que envejezcan, casi sin que tú ni ellos puedan darse cuenta y que mueran tranquilamente. Ver a muchos niños de tu edad ir creciendo contigo, saberles las cualidades y los nombres. Y si algún día tienes que viajar realmente, si tienes que alejarte de todo eso, que te lo puedas llevar y que te lo lleves dentro del pecho, muy anclado en el recuerdo, para que nunca puedas olvidar el camino, hijito mío.

¿A dónde tendré que llevarte mañana, pasado mañana, viajerito mío, todavía sin recuerdo y sin paisaje para asegurarte el deseo de retorno? Pienso que ahora, hoy, te es igual estar aquí como en otra parte cualquiera. Y eso es horrible. Todos tenemos en el mundo un sitio en el cual debiéramos estar para siempre, o en el cual, al menos todos quisiéramos estar para siempre. Tamboril, es mi sitio.

El sitio de tu padre. Ojalá lo escojas tú también como tuyo: para querer vivir y para morir. Para tener tu paisaje, anclado dentro de ti.

Es, quizás, todo lo que pienso de ti hoy, en esta tarde de lluvia, en esta casa extraña que no es tuya ni mía y que tú casi conoces ya mejor que yo, por esa maravillosa facultad de adaptación que te proporciona tu carencia de nostalgias, tu incapacidad de recuerdo»

Tomás Hernández Franco

Abril, de 1944

(*) - Transcripción fiel de la versión original,  manuscrita,  publicada o dada a conocer en nuestro país por  el autor del presente artículo, en el diario La Información, Santiago, en fecha 3 de junio del 2000

dcaba5@hotmail.com

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El autor es profesor universitario de Lengua y Literatura dcaba5@hotmail.com