Mc. - Encuesta
Que nadie se llame a engaño: las encuestas políticas, como de cualquier otra índole, no son el oráculo de Delfos, pero ayudan a tomar el pulso a lo que la gente siente. Por eso ayudan, o deberían hacerlo, a mirar con ojo crítico la "realidad". Poner en duda la fiabilidad de sus datos, denostar a sus patrocinadores, son recursos insensatos que a nada conducen, salvo al desperdicio de las pistas que ofrecen incluso a los desfavorecidos de sus resultados.
La encuesta publicada ayer por este periódico, puntos más, puntos menos, confirma las preferencias electorales de la población obtenidas por la Penn, Schoen & Berland recientemente. La emocionalidad política de los perjudicados justifica el instintivo rechazo de los datos. Como también la euforia de los casi seguros vencedores. Mas, la racionalidad obliga a conducirse de otra manera.
El país está en crisis y, según los especialistas en la árida ciencia de la economía, todavía no hemos tocado fondo. El pronóstico del futuro sigue siendo reservado, pese a la firma del acuerdo con el FMI y la disciplina pública a la que obliga. Las salidas de largo plazo no son políticas, en sentido lato, como lo pretenden quienes proclaman que el cambio de gobierno será la panacea redentora.
Lo que de momento importa, dirán, es ganar las elecciones. Ya en el gobierno, los saberes acumulados desplegarán su potencialidad para hacer el milagro de devolver a la economía su vitalidad perdida, y a la conducción del Estado la sobriedad que tanto echa en falta. Ojalá, por el bien de todos.
Pero lo que despunta en esta campaña electoral no es precisamente la templanza que necesitamos para enfrentar el reto, sino el manejo espurio de la esperanza, la descontextualización de los datos, las comparaciones infantiles entre un ayer edénico y un hoy infernal, respondiendo a la vacuidad con vacuidad, como si el intervalo estuviera vacío.
Y no está vacío. Peor aún, su repleción contiene los deshechos de una sociedad de cómplices. Está lleno de las permisividades históricas de un Estado genuflexo frente a los llamados "poderes fácticos". Lleno de las excrecencias de un poder económico rentista que ha contribuido, con creces, a pervertir a la clase política, y que ahora, fariseo, se lava las manos para quedar libre de culpas. Y todos tan campantes.
Porque es también ese país gobernado desde siempre por las elites corruptas, desde el Palacio y desde su extrarradio económico, al que hay que recomponer y elevarle los índices de fiabilidad. Hasta ahora, y al respecto, sólo hay silencio.
Pero volvamos a la encuesta DL-Gallup: hay un dato del que posiblemente nadie o muy pocos hablen: el 37.5% de los ciudadanos y ciudadanas votará por el que considera el menos malo de los candidatos. ¿Latencia crítica? Crucemos los dedos.
La encuesta publicada ayer por este periódico, puntos más, puntos menos, confirma las preferencias electorales de la población obtenidas por la Penn, Schoen & Berland recientemente. La emocionalidad política de los perjudicados justifica el instintivo rechazo de los datos. Como también la euforia de los casi seguros vencedores. Mas, la racionalidad obliga a conducirse de otra manera.
El país está en crisis y, según los especialistas en la árida ciencia de la economía, todavía no hemos tocado fondo. El pronóstico del futuro sigue siendo reservado, pese a la firma del acuerdo con el FMI y la disciplina pública a la que obliga. Las salidas de largo plazo no son políticas, en sentido lato, como lo pretenden quienes proclaman que el cambio de gobierno será la panacea redentora.
Lo que de momento importa, dirán, es ganar las elecciones. Ya en el gobierno, los saberes acumulados desplegarán su potencialidad para hacer el milagro de devolver a la economía su vitalidad perdida, y a la conducción del Estado la sobriedad que tanto echa en falta. Ojalá, por el bien de todos.
Pero lo que despunta en esta campaña electoral no es precisamente la templanza que necesitamos para enfrentar el reto, sino el manejo espurio de la esperanza, la descontextualización de los datos, las comparaciones infantiles entre un ayer edénico y un hoy infernal, respondiendo a la vacuidad con vacuidad, como si el intervalo estuviera vacío.
Y no está vacío. Peor aún, su repleción contiene los deshechos de una sociedad de cómplices. Está lleno de las permisividades históricas de un Estado genuflexo frente a los llamados "poderes fácticos". Lleno de las excrecencias de un poder económico rentista que ha contribuido, con creces, a pervertir a la clase política, y que ahora, fariseo, se lava las manos para quedar libre de culpas. Y todos tan campantes.
Porque es también ese país gobernado desde siempre por las elites corruptas, desde el Palacio y desde su extrarradio económico, al que hay que recomponer y elevarle los índices de fiabilidad. Hasta ahora, y al respecto, sólo hay silencio.
Pero volvamos a la encuesta DL-Gallup: hay un dato del que posiblemente nadie o muy pocos hablen: el 37.5% de los ciudadanos y ciudadanas votará por el que considera el menos malo de los candidatos. ¿Latencia crítica? Crucemos los dedos.
Diario Libre
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