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Mikonos

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Mikonos

Cualquier recién llegado bien pudiera exclamar que Mikonos, una de las islas griegas del Egeo, es un pedregal seco donde no se dan ni las malas palabras. Y esa es una perspectiva válida. Ni siquiera produce agua para consumo humano.

En cambio, los griegos, que inventaron un sistema de creencias y de valores, lo explican así: las rocas y piedras que caracterizan la isla son el resultado de una formidable batalla que ocurrió entre los dioses, de manera que Zeus tuvo que lanzar miles de peñones para imponer su dominio y por eso existe ese gran pedregal.

Entre ambas visiones, una preñada de un realismo árido y la otra rica en símbolos organizados en un sistema de valores y creencias, hay una separación que va desde la época de las cavernas hasta donde nació la civilización occidental, o sea Grecia.

El barco se estacionó en el puerto de Mikonos, anclado en el mar, porque al ser tan grande, casi 300 metros de largo, no cabía en el pequeño muelle. Abordamos una lancha que nos transportó al pueblito en medio de un fuerte bamboleo provocado por el fuerte oleaje. De ahí caminamos al autobús para recorrer la isla que solo tiene 86 kilómetros cuadrados. Al primer contacto con su gente nos dimos cuenta que han aprendido a vivir de la mitología, del mito, y de la invención o imaginación.

El pueblo de Mykonos tiene 7,000 habitantes. Las casas son todas blancas con ventanas color azul cielo. No hay edificios y todas las construcciones nuevas deben seguir el patrón arquitectónico tradicional, compuesto por cubos.

Cruzamos la isla de lado a lado y estuvimos en una iglesia cristiana ortodoxa, que es la predominante luego de que hubiera el cisma en la edad media, en 1054. Hubo la separación de la iglesia romana que fue una lucha por el poder, sustentada en interpretaciones diversas. Los ortodoxos son cristianos que no obedecen al Papa, tienen su propio patriarca y no creen en la trinidad del espíritu santo. Y esa iglesia se extendió hasta el este y conquistó lugares tan lejanos como Rusia.

De ahí fuimos a contemplar desde lejos la isla de Delos donde nació el Dios Apolo, hijo de Zeus y su amante Leto, a pesar de la oposición de su esposa Hera para que pudiera nacer ese hijo. De ahí la fama de la isla aunque el oráculo del Dios Apolo se expresaba en Delfos. Y claro, en la antigüedad esos eran lugares de peregrinación y pasión. Sólo hay que pensar que durante siglos perduró ese sistema de creencias. Y esto es lo que da interés histórico y cultural a esta área geográfica.

En este lugar casi nunca llueve pero el agua tuvo que caernos encima y dificultó y acortó la excursión. Aún así estuvo llena de encanto.

Hicimos una parada en una playa llamada Talhassa. Ahí coincidieron varios autobuses del barco. La parada era rigurosamente técnica porque los humanos deben rendir tributo al Dios Orinum y desde luego se formaron colas inmensas para prestar el debido respeto a esa divinidad. Olvidé preguntar como llevaban el agua para poder atender las exigencias de tantos forasteros que visitan la pequeña isla.

La playa es de arena color oro, más que arena piedrecillas diminutas. Y a un lado, en uno de los salientes de la bahía, se encuentran dos promontorios en roca que las mentes fértiles de los nativos llaman las tetas de Venus, aunque pude darme cuenta que una de ellas se quedó sin pezón y no se sabe si alguna vez ambas llegaron a dar leche.

Al regreso hicimos un breve recorrido por el pueblito, cerca del puerto. Sus calles son angostas y llenas de comercios, negocios y restaurantes. A un lado se observan unos molinos que engalanan el paisaje. En otro unas edificaciones cuyas paredes dan al mar, sustentadas en especie de muros de contención, que las presentan como especie de canales de Venecia, sin que sean canales sino fruto de una imaginación fértil.

Los escasos habitantes de esta isla tienen fama de juerguistas y de protagonizar parrandas interminables. Y de verdad que el entorno es propicio para eso.

Dudo que algún día pueda comprobarlo, pero me quedo con la sensación de que el pueblo de Mykonos resume una historia de vida dura y de haber tenido que haber hecho de todo lo habido y por haber al encontrarse en un cruce en que se mezclan todas las rutas, todas las madres y todas las putas. No en vano tiene más de 170 capillas para una población tan diminuta porque, según la guía griega, llamada Olga, mientras más putas y pecadores existan, más capillas se requieren para que pueda haber el perdón general o particular de los pecados.

Es un pueblito encantador y misterioso.