Mientras en República Dominicana se habla de vacunación, recuperación de la economía, estudios de cine y las tres causales del aborto, un escándalo de grandes proporciones se ha mantenido subyugado por años en la estructura del Ministerio de Educación: los libros de texto que se usan en las escuelas no han sido reeditados, en algunos casos desde 2004, y las últimas reimpresiones se dieron hace un lustro.

Que los maestros tengan que dar clases con textos cuya información no es actualizada en casi 15 años es una desgracia, pero el escándalo se hace mayor cuando la República Dominicana, desde 2013, consiguió el logro ejemplar de dedicar el cuatro por ciento de su Producto Interno Bruto (PIB) al tema de la educación.

Ése es un gesto que pocos países en el planeta pueden darse el lujo de tener y aquí se consiguió, pero parece que esos recursos no van dirigidos a lo más esencial de cualquier sistema educativo, que es que los estudiantes sepan leer y escribir.

Leer y escribir, si se enseñan bien, formarán una población capaz de pensar, entender e interpretar lo que la realidad le pone por delante, permitirá tener ciudadanos difíciles de engañar y seres humanos con un juicio valorativo sólido e independiente.

Claro, cada una de esas posibilidades representa una amenaza para los entarimados corruptos que gobiernos y capital privado se han dedicado a montar en muchos de nuestros países, donde el abandono de la esencia de la educación pública, privilegiando la cosmética por encima de la sustancia, han hecho estragos en las últimas generaciones.

Leer, pero leer la información incorrecta o incompleta es una forma errática de enseñar. El presidente Abinader debería dar un golpe de mesa y ordenar que el Ministerio de Educación licite la compra de libros de texto nuevos, revisados y con calidad para todos los estudiantes del sistema público, porque leer en una tablet o una computadora jamás será lo mismo que la relación entre el papel, la tinta y el ojo.

Este es un tema de prioridad nacional, porque en sus entrañas República Dominicana se juega la capacidad de juicio de varias generaciones y la decisión debería ser obvia, porque niños sin libros son niños sin saber.

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