20171229 https://www.diariolibre.com

La vida emocional de un ser humano empieza tan pronto nace, es decir, antes de que tenga conciencia de su nombre y apellido. Empero, ya entre los 6 y 8 meses de vida el niño comienza a responder volteando la carita cuando escucha a padres, hermanos y otras personas que sonriendo lo llaman “José”. Antes de cumplir su primer año aprende que “José” y él son lo mismo. Esa ‘igualdad’ entre él y “José” que el infante descubre, fue lo que ayudó a la famosa psicóloga Melanie Klein, hace 50 años, darse cuenta de cómo se establece la “relación objetal” de madre/hijo. Sin embago, a partir de los 3 años el niño interioriza el porqué lleva nombre y apellido, de aquí que asocia sus nombres con su identidad como individuo diferenciado de papá, mamá y los demás hasta que llega a la adultez. Y en la medida en que ambos padres y hermanos mayores creen y cuidan sus identidades nominativas, el niño y el adolescente aprende a proteger la simbología y significado emocional de los nombres que lo identifican como miembro de una familia y de una comunidad. Hoy se sabe que el hecho de que los adolescentes y jóvenes caigan en actividades criminales tan frecuentemente, está de alguna manera relacionado con su desconocimiento de qué valor tiene su identidad envuelta en la significación social de los apellidos que llevan ellos y sus progenitores.

Partiendo de esta breve explicación es que he propuesto y lo reitero que un niño de padres desconocidos puede darse en la India o en China porque esos países tienen cientos de millones de habitantes, pero no en la República Dominicana con apenas 10 millones. Que si se busca con empeño a los familiares de esos niños abandonados, es muy alta la probabilidad de que aparezca alguna tía, abuela o hermano que los identifique como su pariente. Ahora, si después de un año o dos de búsqueda no aparece algun pariente, entonces solo así vería justificado lo que propone la JCE.

Dr. Pedro Mendoza

psicoterapeuta familiar

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