Desconfinamiento no es congestionamiento

El Gobierno dominicano ha dispuesto lo que ha dado en llamar desescalada, es decir la vuelta gradual a las actividades productivas tras una relativa meseta estadística de contagios y muertes por efecto de la Pandemia COVID-19. La olla de presión social de los sectores económicos, incluyendo a pequeños medianos negocios y cuentapropistas no resistía más, al tiempo que las recaudaciones tributarias e indicadores económicos macro, se empezaban a debilitar

Esta desescalada podría, sin embargo, ser tomada con alguna ligereza y desenfado por el grueso de población. Históricamente, podríamos enumerar episodios de colectiva euforia o relajamiento festivo tras períodos de abstinencia obligada, enfermedad, estados de sitio, catástrofes y otras contingencias experimentados en muchos pueblos y sociedades a lo largo de siglos. Desde las crónicas de la plaga de Atenas durante la guerra del Peloponeso; la peste antonina (viruela) entre el año 165 y 180, que causó al menos 7 millones de muertos en la cuenca mediterránea que albergaba apenas a 75 millones de habitantes; la peste negra, en 1348, que mató probablemente al 40% de la población europea; la verdadera guerra bacteriológica a base de sarampión, gripe y fiebre tifoidea entronizada por los españoles contra la población amerindia que mató al 90% de los aztecas e incas; la llamada gripe española, desde el fin de la primera guerra mundial, que mata entre 50 y 100 millones de personas, más que las dos guerras mundiales juntas; el VIH a partir de la década del ’80; el ébola, a partir de 1995. En todas ha habido una relanzada social, que sólo en los tiempos modernos, las vacunas han podido justificar... relativamente.

La cierta probabilidad, el peligro real, de acuerdo a connotados epidemiólogos es el surgimiento de nuevas oleadas del Covid-19, a escasas semanas o meses de este primer asalto, en función directa del relajamiento de los protocolos de distanciamiento físico, higiene y protección de nariz, boca y manos por toda nuestra población por tiempo indefinido, hasta que el virus encuentre en nuestro país, y en el resto del mundo su consunción natural o por efecto de vacunas, aún no disponibles.

La oportunidad de impedir un nuevo recrudecimiento viral depende, primeramente de nuestra responsabilidad social al asumir el respeto por la salud de nosotros mismos y de nuestros semejantes, entre los que están incluidos nuestra familia y amistades. Lo siguiente, es que las autoridades del orden y seguridad ciudadanas, junto a las judiciales, mantengan y fortalezcan efectivas, ejemplares sanciones, sin excepción o favor alguno, a quienes ignoren o incumplan tales protocolos.

Cabe suponer que una parte de la población puede pretender ignorar las advertencias y los protocolos que se han elaborado para lograr la vuelta gradual y por fases, a una relativa normalidad, la que nunca alcanzaremos plenamente si no atemperamos nuestra impenitente vocación a la rebeldía pasiva que mueve a muchos de nosotros a inclinarnos a correr riesgos, desoír y confundir en nuestras mentes enclaustradas el desconfinamiento gradual con la permisividad alegre para re-congestionarnos, violando los protocolos de distancia, higiene y protección facial.

Recordemos, por las experiencias recientes y las no tan cercanas, que las embestidas pandémicas de enfermedades virales, ocurren por oleadas. Así, la peste negra tuvo una duración total de 20 años en varias arremetidas con pausas, hasta inmunizar a la población restante; la llamada gripe española, que inició en la primavera y verano de 1918, tras amainar, tuvo una segunda oleada, la más mortífera, en septiembre de ese mismo año y una tercera ola, en marzo de 1919, que finalmente colocó a los sobrevivientes en nivel relativo de inmunidad, lo suficiente como para que la influenza subsumiera en niveles imperceptibles.

Al decir del autor Luca Paltrieri: “Nos encontramos ante una encrucijada cargada de incertidumbres: Que esta crisis pandémica, se manifieste en primer lugar como una crisis de la decisión política (¿salvar al sistema de salud o salvar el crecimiento?) es emblemático de este cortocircuito que el virus ha creado entre circulación y crecimiento. SARS-Cov-2, como lo hemos visto, viaja sobre los mismos circuitos que aseguran el funcionamiento de la economía del crecimiento, pero para detener el virus es necesario detener la circulación, lo que significa amenazar el crecimiento.”

Ejemplo debemos tomar, para no caer, en el enfoque dado por Suecia, que aplicó la política de laissez faire –dejar hacer- en el tratamiento de la pandemia, sin restricciones de circulación, para que la enfermedad alcanzara a la población a fin de nivelar y subir la resistencia, y ha tenido que deshacer tal enfoque e iniciar a toda marcha las medidas de aislamiento y confinamiento como resultado de la infectividad y espantosa subida de contagios y muertes, por COVID-19. Por su parte Chile, más preocupado por las insurrecciones sociales, ha aplicado el enfoque de recomendaciones gubernamentales de llamado permanente a la profilaxis individual a ser administrado por cada individuo en función de su condición socioeconómica.

Como nos señala el académico Gustavo Bustos, es preciso, en consecuencia, (en atención a esta crisis pandémica) tanto en la teoría como en la práctica, transformar, por amor al otro, nuestros afectos en potencia insurreccional, en un conjunto de bifurcaciones hacia un nuevo contrato político cuyo sistema inmunológico nos permita descifrar modos radicales de curvar, una y otra vez, las trayectorias sociales de nuestra existencia.

¿Debemos continuar creciendo y prosperando ante los embates de las apariciones virales y bio-fenómenos adversos? Rotundamente sí. Aunque siempre tomando en cuenta el célebre adagio de Boulding: “Aquel que cree que un crecimiento exponencial puede continuar indefinidamente en un mundo finito es o un loco, o un economista”. Productividad, siempre en función incontestable de nuestra salud.

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