¿Qué pasó con el chele?

La palabra chele que designa nuestra moneda de un centavo parece venir, como otros vocablos del habla dominicana, de la intervención militar norteamericana de 1916. El chele, la moneda de cobre, ha desaparecido de la circulación, aunque la deformación dominicana de shilling permanece en el vocabulario y en diversas expresiones nuestras. Durante una época no muy remota los niños pensaban en cheles; los adultos en pesos.

Esta centésima parte de nuestra moneda no ha desaparecido, ni lo hará nunca, de nuestra economía y aunque no circule físicamente, virtualmente existe. Durante la dictadura de Trujillo llevaba al dorso la palma real símbolo del Partido Dominicano, el que tenía el privilegio de ser el único legalmente autorizado por la tiranía como es costumbre en los regímenes totalitarios.

Durante la España franquista la efigie de Francisco Franco estaba en la peseta con la inscripción: “caudillo de España por la gracias de Dios”; en algunas monarquías constitucionales europeas figura la del monarca como era tradición durante los años de esplendor del Imperio Romano: Julio César, Constantino, etc. La democracia norteamericana honora a Abraham Lincoln en la más simple expresión de su poderosa moneda. Al caer la dictadura trujillista en 1961, la palmita desapareció del chele y fue reemplazada por la imagen de la libertad y más tarde por Juan Pablo Duarte, fundador de República Dominicana y se conserva en el chele acuñado por el Banco Central dominicano que ya no vemos en circulación.

Su ausencia y las diferentes devaluaciones que ha sufrido nuestra moneda desde 1984 a la fecha de hoy ha dado categoría de centavo a 100 pesos. En el vocabulario popular, por ejemplo, cuando se dice “uno y medio”, se esta hablando de 150 pesos. El chele es la cara de nuestra salud económica.

El chele y las monedas inferiores a un peso han tenido que refugiarse en el mundo virtual para sobrevivir. Durante mucho tiempo la víctima de su desaparición física y de las demás denominaciones en metal (5, 10, 25 y 50 centavos) era el consumidor.

¿Cómo así?

Muy simple, pagar con cien pesos un producto valorado en 99, 95, 90 y 50cts., el consumidor perdía el vuelto porque el comerciante no tenía la moneda requerida para completar el intercambio comercial desfavoreciendo al consumidor de a pie si no redondea a favor del cliente.

El menudo pertenece en República Dominicana al mundo del dinero virtual, de la tarjeta de débito inmediato y del desacreditado cheque o la eficaz y complicada transferencia bancaria —cuando el monto de la operación lo amerita. Sólo con estos y otros sistemas de intercambio, el consumidor puede proteger sus cheles.

En los colmados, ventorrillos y comercios de menor envergadura no es tan fácil para el consumidor cuyo vuelto se convierte en un chicle, una menta o cualquier otro producto de los pocos que con la inflación galopante de los últimos años pueden remediar la ausencia de monedas inferiores a un peso “oro”. La misma ley que prohíbe retener el dinero del cliente es la misma que le da libertad de consumo.

El poco respeto que algunos comerciantes manifiestan por el chele afecta considerablemente al consumidor y beneficia, de manera directa, al propietario del establecimiento comercial.

¿Con cheles? Se preguntaría cualquier ciudadano ingenuo.

Así es con cheles. Recordemos aquel joven que por medio de un ordenador y la internet transfirió millones de cheles a su cuenta personal provenientes de miles de cuentas bancarias de diferentes bancos comerciales. Ese hacker norteamericano o europeo, no recuerdo, fue rastreado por su IP y arrestado por la National Security Agence [NSA]. Desde entonces las cuentas bancarias de todo el mundo protegen el chele de ataques de ese tipo.

En el mismo tenor me viene a la memoria una anécdota que circula entre algunos dominicanos a propósito de uno de los exilados dominicanos que fueron intercambiados por el secuestrado agregado militar norteamericano en Santo Domingo en 1970 y que fue a parar a Roma en donde tras ganar una demanda judicial fue favorecido por varios millones de liras, como se llamaba entonces la moneda italiana. Alguien le dijo que eso no era dinero, que la Lira no valía nada. Ni corto ni perezoso el exilado replicó: “Los millones son muchos, ¡hasta de cheles!”.

El Imperio Romano tenía una máxima, que aparece inscrita en el “chele” de Estados Unidos, sus homólogos del mundo actual: e pluribus unum, que, en nuestra lengua, también descendiente del latín, significa algo así como “uno de tantos”. Esa sentencia latina, como todas, tiene una enseñanza: hay que exigir pura y simplemente el menudo que, por ley, le corresponde. El cliente tiene corona de rey si no le falta un chele.

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