Esta pandemia ha sacudido todo, en todos los aspectos. Los sectores más afectados han sido la salud y todas sus variantes, así como los diversos componentes de la economía. En esas dos áreas, el COVID-19 ha sido demoledor y ha cambiado nuestras vidas de una forma que no vamos a olvidar en lo que nos resta de existencia.

Además de la salud y la economía, con sus múltiples manifestaciones incluidas, esta desgracia global ha azotado sin piedad al sector educativo, que viene a ser, desde mi perspectiva, el tercer gran afectado. La peligrosidad del virus ha obligado a que busquemos respuestas a preguntas como, ¿damos las clases presenciales?, ¿hacemos las clases virtuales?, entre muchas otras.

Las interrogantes son muchas y cada país ha intentado responderlas con sus propias fórmulas. Ninguno, hasta ahora, ha podido cantar victoria y la idea de volver a un curso escolar normal sigue sin cuajarse y nadie parece tener la varita mágica para materializarla.

Desde mi perspectiva, y no soy educador ni político, declararía el año escolar perdido y pondría el sistema a preparar las aulas y las escuelas, física y tecnológicamente, para recibir en condiciones óptimas a estudiantes, maestros y personal de apoyo a partir de agosto, como si la pandemia estuviera vigente. Arrancaría el año como si fuera agosto de 2020 y echaría el reloj atrás. Eso daría claridad a los padres sobre qué hacer con sus hijos en los próximos meses, evitaría el pago de costosos gastos escolares y obligaría al Estado a embarcarse en el más grande proyecto de renovación educativa de su historia, el cual incluiría escenarios para solventar escuelas privadas, pagar al personal escolar público y preparar realmente el sistema para recibir a los estudiantes, sea en aulas físicas o virtuales.

Suena a una locura, lo sé, pero les aseguro que si sacamos todo lo que se ha gastado hasta ahora en inventos y lo que se gastará los próximos meses, la diferencia en costos no sería descomunal y, en lugar de estar batallando por abrir escuelas, estaríamos enfrascados en una lucha para abrirlas en agosto, listas para enfrentar cualquier pandemia, sea esta o la siguiente.

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