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Prohibición exportaciones frutas y vegetales

Sucedió así.

Después de años de estudios para identificar los sectores con potencial exportador, fue poniéndose de manifiesto que había un nicho importante en el mercado internacional de frutas y vegetales, que se podía aprovechar, con la condición de que se construyera mayor fortaleza institucional, y se hiciese un trabajo persistente y serio en lo relativo a controles fitosanitarios, inocuidad, trazabilidad, control de plaguicidas y pesticidas.

Los productores, entusiasmados por el potencial que se abría a sus ojos, decidieron pasar por un proceso de asimilación de tecnología, inversión de capitales, selección de plantas, organización productiva, conocimiento del mercado, obtención de financiamiento, y formación.

Fue así como, con mucha dedicación, las exportaciones dominicanas al mundo de frutas, legumbres y hortalizas se situaron en alrededor de los US$300 millones.

De esas exportaciones, las de aguacates y mangos a los Estados Unidos llegaron a alcanzar montos que se aproximan a US$20 millones al año dentro de importaciones de ese país en esos rubros que superan los US$2,000 millones; es decir, un mercado con potencial inmenso para su explotación.

Y como las exportaciones de vegetales a los Estados Unidos llegaron a superar los US$30 millones, dentro de importaciones totales de cerca de US$3,000 millones; o sea, un mercado también inmenso para su conquista.

El país, pues, se encontraba en ruta de aprovechar en mayor medida las oportunidades que brindan mercados internacionales crecientes.

Pero, de manera aparentemente fortuita ocurrió lo que hace tiempo se presentía: la suspensión súbita y “temporal” de las exportaciones de determinados vegetales y frutas al mercado de los Estados Unidos, en razón de la detección de la mosca del Mediterráneo en las cercanías del Aeropuerto Internacional de Punta Cana.

Esas moscas bien pudieron haber viajado por jet en las alturas en asientos de primera clase y posarse en las tierras cálidas de la costa del este, pródigas para el turismo. O pudieron abordar otras rutas volando a baja altura, ¡quién sabe! Lo importante es que están aquí y también que el aviso afortunadamente lo dieron las autoridades dominicanas, lo cual genera credibilidad.

En todo esto ha quedado claro que la pelota de la competitividad internacional no puede jugarse a “mano pelá”. A pesar de las buenas intenciones, ha predominado la ya antigua fragilidad institucional, la displicencia en la valoración de lo que es importante y lo que no lo es, y la vacilación en la aplicación de prácticas sanitarias necesarias, imprescindibles, pero no asumidas con eficiencia como tales.

Ahora, con el daño hecho, no proceden ni las lamentaciones ni las soluciones aparentes. Ojalá que no se conviertan en siembra de ilusiones los anuncios de que hay países dispuestos a comprarnos las frutas adobadas con esa mosca. No, por favor. Aún si no lo fueran, la solución es enfrentar el problema en profundidad y erradicar la plaga.

Habrá que compensar a los productores, pues asumieron un reto, confiando en la solvencia del Estado para dotarlos de la infraestructura imprescindible, entre la que se encuentra la fitosanitaria.

Es tiempo de reforzar el trabajo serio, que lo ha habido, e iniciar una transformación radical para convertir la salubridad humana, animal y fitosanitaria en una prioridad real, viva en el quehacer cotidiano.

Y hay que hacerlo ya, porque buena parte del potencial de crecimiento de la economía descansa en la expansión de las exportaciones, que deben multiplicarse exponencialmente. Y porque la salud de los dominicanos lo merece.

No es posible seguir conviviendo, por ejemplo, con la roya en el café; ni con la bacteria transmitida por el insecto que está aniquilando los cítricos; o la sigatoka y la enfermedad que derrite las matas de plátanos; o la que daña las plantaciones de lechosas. O, cambiando la perspectiva hacia el reino animal, la brucelosis en las vacas; la anemia infecciosa en los equinos, entre otras. Es increíble que todo esto suceda sin que la alarma se encienda y se activen los mecanismos para frenarlas y desterrarlas. No, no debería ser posible, pero lo es.

Y, ¿cómo no va a serlo, si los propios seres humanos están al garete contagiados y sufriendo con las epidemias nuevas y viejas (chikungunya, cólera, dengue, malaria, rabia, influenza), sin que nadie se preocupe por detectar, aunque se sepa, de dónde vienen, y no se emprendan acciones decisivas para erradicarlas.

Por eso, al comprobar que el panorama electoral se convierte en lo único relevante, y que el bullicio político amenaza con transformarse en circo romano, y que el hecho de ser candidato o modificar la Constitución para reelegirse se impone como meta sacrosanta e irrenunciable, conviene hacer un alto y espacio a la reflexión.

Y proclamar: es hora ya de menos política partidaria y más decisiones que impulsen el cambio social y económico en busca de un futuro menos incierto y mejor.