Qué es y qué no es la desobediencia civil

Si echamos un vistazo serio, profundo y sincero a la realidad nacional, no faltarán motivos para la protesta, el enojo, la indignación y la desobediencia.
La gente está diciendo a gritos las cosas que le duelen y que le preocupan. Fue en este mar de clamores populares que surgió el llamado a la desobediencia civil que hiciera el Movimiento Social, Cívico y Religioso que encabeza el padre Rogelio Cruz, en defensa de la declaración de Loma Miranda como Parque Nacional.
Este llamado a la desobediencia civil no sólo produjo irritación entre los que consideran como necesaria y no perjudicial para el país la explotación de Loma Miranda, sino también temor y perplejidad entre los sectores más conservadores que no defienden lo uno ni lo otro. Llama también la atención la débil respuesta de la ciudadanía ante el llamado que se hiciera a la desobediencia civil. Puede decirse que todas estas reacciones se debieron a la falta de comprensión de lo que en realidad es la desobediencia civil.
No cabe duda de que el concepto resulta confuso, pero no es para asustar. En interés de dotar al mismo de la claridad suficiente para hacer posible su comprensión y su valoración en una justa dimensión, comenzaremos por decir lo que no es la desobediencia civil. La desobediencia civil no es un llamado a la rebelión contra el gobierno. No es una apuesta a la anarquía; no es una invitación a la sedición y a la resistencia clandestina; no es una incitación a la violencia ni a la comisión de actos delincuenciales o atentatorios contra los derechos de los demás.
Entonces, ¿qué es la desobediencia civil? Para salir de la confusión apelaremos a algunas definiciones. Rawls la define como sigue: “Acto público, no violento, consciente y político, contrario a ley, cometido habitualmente con el propósito de ocasionar un cambio en la ley o en los programas de gobierno”. Advirtiendo que los actos de desobediencia civil, entre otras cosas, sólo deben ejecutarse “cuando los grupos políticos existentes se han mostrado indiferentes a las demandas de las minorías, o han exhibido su inconformidad para facilitarlas”.
El mismo Rawls agrega que la desobediencia civil es un acto público, que no sólo se dirige a principios públicos, sino que se comete en público. Debe darse a conocer abiertamente y con el aviso necesario para quitarle el carácter de encubierto o secreto. La desobediencia civil no es violenta, cualquier violación a las libertades civiles de los demás desvirtúa la calidad de la misma. La desobediencia civil debe estrictamente pacífica.
En este mismo sentido se inscribe la definición de Hugo Adam Bedau, que a su vez recoge las características propias de la desobediencia civil: “alguien comete un acto de desobediencia civil, si y sólo si, sus actos son ilegales, públicos, no violentos, conscientes, realizados con la intención de frustrar leyes, programas y decisiones del gobierno, apelando a principios éticos, con aceptación voluntaria de las sanciones y con fines innovadores”. De la misma manera, Carl Wellman reitera que “sólo habrá desobediencia civil si los actos son ilegales, no violentos, públicos y de protesta”.
Queda claro. La desobediencia civil está justificada en un clima de deterioro democrático pero debe cumplir unos requisitos estrictos. La desobediencia busca generar previamente un estado de ánimo y una reacción en la opinión pública que haga visible al legislador la necesidad y urgencia de derogar o reformar la ley o norma en cuestión y atender el punto de vista de los desobedientes.
El término “desobediencia civil” fue utilizado por primera vez por Henry David Thoreau, filósofo y escritor norteamericano, quien en 1848 en su escrito “Del deber de la Desobediencia Civil” justificó su negación a pagar impuestos al Estado como una manifestación de no-cooperación con un Estado que sostenía una guerra colonialista con México, que permitía la esclavitud y que, por tanto, era un gobierno injusto. Y para esta demostración afirmaba: “votar no es suficiente”.
Siguiendo la idea de Thoreau de una “revolución pacífica”, Ghandi y Luther King han ayudado a delimitar este tipo de actuación, enfatizando más el carácter colectivo de la protesta. Hay otros que agregan a la lista de desobedientes e insumisos a Emerson a Tolstoi, a Whitman y a Mandela. En la actualidad se han sumado como métodos de lucha las marchas multitudinarias, de boicots a determinados productos y servicios, de incumplimientos colectivos de normas y decretos; la sentada o inasistencia al trabajo público, las huelgas de hambre y las asambleas de protesta.
La desobediencia civil adquiere todo su sentido como mecanismo de participación dentro de la sociedad civil, orientado hacia la formación y robustecimiento de la opinión pública, provocando la discusión y llamando la atención del sistema representativo para que esta discusión permee los partidos políticos, alcance las instancias legislativas y pueda dar lugar a una nueva ley o la modificación de la existente. Siendo que la desobediencia civil se considera un mecanismo de participación moral y políticamente justificado, los tribunales y los organismos represivos del Estado no pueden tratar al desobediente como un delincuente común.
La desobediencia civil debe ser recurrida como un último recurso, previamente a su organización y realización debe procurarse agotar todos los recursos legales previstos en el ordenamiento jurídico nacional e internacional. Esto sin olvidar que la reticencia del gobierno y de los cuerpos legislativos son elementos que la generan y la potencian. El juego (con el pueblo) que se creó con la “aprobación-desaprobación” de la ley que declaraba a Loma Miranda Parque Nacional, en poco favorece la “obediencia civil”.
El que el llamado a la desobediencia civil que hiciera el Movimiento Social, Cívico y Religioso no progresara, no significa que la valentía cívica para el reclamo y la protesta se haya extinguido. El llamado está “lanzado al viento”, y así como Dios hubo de llamar tres veces a Jonás antes de cumplir su mandato, si el pueblo dominicano no es escuchado, entonces es muy probable que responda al segundo o al tercer llamado para hacer realmente suyo el tema de Loma Miranda y otras urgencias nacionales igual de lacerantes. Comencemos, pues, por escuchar la voz que invita al debate y al diálogo, pero hagámoslo ya.
Diario Libre
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