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Éramos afortunados

Éramos afortunados. Teníamos 10, 12, 15 años, y éramos libres de salir a la calle. Podíamos jugar con los vecinos y visitar a los primos en bici. Escondernos de los pesados. Ir cada día un poco más lejos, fuera del barrio o del pueblo.

Crecíamos engañosamente independientes. Teníamos privacidad cuando la necesitábamos. Había ratos, muchos o pocos, que nadie se preguntaba dónde estábamos, con quién, qué hacíamos.

Nuestros hijos han crecido sin libertad de movimiento. No saben lo que es salir de casa a deambular, y volver a la hora de la cena. Rara vez están solos, consigo mismos. Hay que llevarlos y traerlos a donde quiera que tengan o quieran ir.

Nos ocupan el día, pero antes que eso lo que importa es que han perdido la libertad, la autonomía. La independencia.

Nuestros nietos crecerán en una ciudad sin aceras ni calles con comercios ni parques con farolas y bancos. Saldrán del garaje en el carro, pasarán por encima de la acera (con suerte no habrá otro carro parqueado ahí), y se desmontarán en otro garaje o parqueo. Los espacios públicos los verán y usarán en el extranjero.

Aceptar la decadencia de la ciudad como inevitable no es justo para los que vienen detrás. Las ciudades y los pueblos evolucionan como sus habitantes lo deciden. Pero hay que proponérselo.

La clase media se queja de los impuestos. Pero lo que está perdiendo es algo más que dinero. Es su hábitat.

IAizpun@diariolibre.com