Sobre las confesiones de un pequeño filósofo
En estas noches en que la institucionalidad ha rodado por el suelo y el firmamento se ha tornado lúgubre, buscando reparación espiritual me puse a releer un libro delicioso, cuyo autor es Azorín, titulado “Confesiones de un pequeño filósofo”.
Cuenta Azorín que “en los pueblos sobran las horas, hay ratos interminables en que no se sabe qué hacer, y que, sin embargo, siempre es tarde. ¿Por qué es tarde? ¿Para qué es tarde? ¿Qué empresa vamos a realizar que exige de nosotros esta rigurosa contabilidad de los minutos?”
En mi infancia y en mi pueblo de Moca, la agenda estaba llena de nada. El reloj de la iglesia Corazón de Jesús, con su esfera ancha y luminosa, marcaba cada media hora y cada hora con campanadas que resonaban a varios kilómetros de distancia. Y eso dejaba en el subconsciente la sensación de que el tiempo se nos iba, y contrastaba con el vacío existencial en que se vivía.
Azorín dice que “esta idea de que siempre es tarde es la idea fundamental de mi vida… Y que si miro hacia atrás, veo que a ella le debo esta ansia inexplicable, este apresuramiento por algo que no conozco, esta febrilidad, este desasosiego, esta preocupación tremenda y abrumadora por el interminable sucederse de las cosas a través de los tiempos.”
A mí, en contraste, ni las campanadas estridentes, ni la luz de la esfera del reloj que se contemplaba desde la lejanía, lograron insuflarme inquietud, desasosiego ni apresuramiento. Estaban ahí como cosas, como los demás también estábamos. Era posible la convivencia mutua. Desde pequeño empecé a creer, mecido por la suave brisa y quietud del valle, en contacto con su tierra negra profunda, que no son las cosas externas, sino la fragua interna, lo que permite moderar las angustias, controlar el desasosiego, hacer pausa cuando la prisa es grande.
Recuerda Azorín con nostalgia el observatorio situado en su colegio en el pueblo de Yecla, España. Refiere que “una noche subí yo también; era una noche de primavera; el ambiente estaba tibio y tranquilo; lucían pálidamente las estrellas; se destacaba, redonda y silenciosa, en el cielo claro la luna. Hacia ella dirigimos el tubo misterioso; yo vi un gran claror suave, con puntos negros, que son los cráteres extinguidos; con manchas blancas, que son los mares congelados. Y entonces, en esta noche tranquila, sobre el reposo de la huerta y de la ciudad dormida, yo sentí que por primera vez entraba en mi alma una ráfaga de honda poesía y de anhelo inefable.”
Nunca subí a un observatorio lunar porque en mi pueblo no lo había. Pero si sentí muchas veces brotar en mi pecho la poesía insuflada por la contemplación en las noches estrelladas de la luna llena exuberante, que colgaba caprichosa sobre la verde y hermosa huerta del Cibao, en contraste con las sombras de las amapolas que flotando sobre los cafetales insinuaban su esplendor radiante.
Me encanta Azorín cuando se refiere a la materia inerte, por ejemplo cuando asegura que “yo creo que el alma del universo, esta alma profunda y poderosa, tiene sus irradiaciones en las cosas. Tenedlo bien presente: no hay ninguna cosa vulgar, como no hay ningún ser despreciable. Todas las cosas llevan un reflejo del alma universal.”
¿Tiene alma el universo? Sé que las cosas vibran y sienten, ríen y padecen, pero esconden su sentimiento. Es verdad, no hay cosas vulgares. En cambio, disiento de Azorín, puesto que observo que en esta época abundan los seres despreciables, algunos carcomidos por la opulencia, los más por la arrogancia y petulancia. Las cosas brillan por su sencillez; en muchos seres fulgura el engreimiento y la doblez.
Dice Azorín que “los sitios en que se deslizaron nuestros primeros años no se deben volver a ver; así conservamos engrandecidos los recuerdos de cosas que en realidad son insignificantes.” Pero yo, cuya casa de infancia fue consumida por el fuego, que tampoco tengo el nido de protección que formaban las casas de los abuelos, cuando regreso a mi pueblo siento el desasosiego de no poder tocar los que fueron mis recuerdos, porque se que ya para siempre no estarán.
Relata Azorín que en su colegio de Yecla, regido por los curas, empleaban cada día cinco horas de clase y cuatro horas y media de estudios en la biblioteca. Nueve horas y media en total. Y que el tiempo allí le parecía interminable.
En mi pueblo no se llegaba a tanto, ni mucho menos. Apenas cinco horas de clase, de ocho a una del día. Y luego la tarea en la casa, a opción de cada cual, aunque en la escuela de la señorita Virginia había que demostrar al día siguiente que la labor se había hecho bien.
El resultado en el caso de Yecla fue Azorín, escritor universal. En el mío es el de un aprendiz, con profundas carencias y limitaciones, que apenas empieza a vislumbrar que es en las cosas sencillas donde se refugia la grandeza.
Eduardo García Michel
Eduardo García Michel