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A 2.50 el hiperrealismo del cubalibre

Este domingo cerró su ciclo en el Bar del Teatro Nacional la obra “A 2.50 el Cubalibre”, del creador del teatro hiperrealista Ibrahim Guerra (Caracas, 1944), quien lleva más de medio siglo trabajando para las tablas.

Juancito Rodríguez, el productor dominicano de la obra, es dueño de un buen ojo para seleccionar obras que a la vez de ser comerciales, la mayoría de las veces llaman a la reflexión. Cuenta también de un tiempo a esta parte con la complicidad de Hony Estrella (dueña de un crecimiento actoral a tener en cuenta, de un tiempo a esta parte) en sus puestas en escena.

La inmensa Olga Bucarelli, la pícara Lumy Lizardo, la eficiente Liz Soto y la muy talentosa Yorlla Castillo completan el cuadro del cabaret El Acuario, donde llueven flores (díganse malas palabras) y llueven risas y también lágrimas, y silencios de una tensión de hielo, y aplausos, y canciones antiguas, léase bolerones de cantina, casi protagonistas de la obra.

Las malas palabras, dicho sea, son coherentes, orgánicas, imprescindibles en cada momento donde son proferidas en la obra.

La libertad con que está asumido el original permite dominicanizar personajes y lenguajes. Y está hecho de modo coherente.

Las transiciones que hace Hony, Blanca Rosa, una cubana muy orgánica, van de lo humorístico al drama y del drama al drama muy profundo, como para congelar los vasos que iban a las bocas. Y nudos en la garganta y lágrimas que se escapan. Y de ahí al humor negro. Y al canto.

Yorlla, La Güevona, hace un monólogo de mucho efecto e inmediato contacto con el público. Gana aplausos en su segundo monólogo.

Lumy es La Sabrosa, y asume el rol más humorístico, su cuerda más vital, como pez en el agua.

Olga Bucarelli, La Caimana, dueña del cabaret El Acuario, está enorme en su papel, rico, lleno de matices, intensa. Una maestra de la actuación.

Liz Soto, La Enredada, sale airosa en la actuación, de vuelta a las tablas.

Al final, tragedia es tragedia, no importa todo lo que hayas reído.

Destaco los matices de la actuación de Hony, la que fue de la risa al llanto y volvió a la risa y otra vez al llanto. Que en general, el tono de las actuaciones estuvo un poco encaramado allá arriba, casi en el grito.

No obstante, se trata de un cabaret para recordar. Que deja abierto un espacio (el bar del teatro) que debería explotarse más.

La música es otro personaje más con bolerazos del ayer, en voz de Blanca Rosa Gil, La Lupe, Antonio Prieto) canta “La Novia”) y Chavela Vargas, quien canta la memorable Macorina, un poema del poeta asturiano Alfonso Camín, precursor de la poesía afroantillana.

Los deslizamientos escenográficos son permanentes, por toda la sala. La idea de esta ‘coreografía’ se debe a Juancito Rodríguez y Johnnié Mercedes.

Aplausos, ovación de pie. Flores y besos al aire. Levantaron vuelo, hasta Santiago, Nueva York y Santo Domingo otra vez, lo que aún no se sabe dónde. Si vuelven, volveré a ver esta obra que le ha dado la vuelta a América Latina. Le invito a que no deje de verla.